Voy en esa silla que he hecho como una extensión de mi misma. Soporta todo el peso de días sin dormir, de una cabeza ciega en pensamientos, de mis ojos sin llorar. Llevo el corazón arrugado. Hace apenas unos minutos me he ido de esa ciudad que he hecho tan mía, de esa Madrid que llevo y llevaré siempre en mi corazón. El avión sube y baja entre los cielos de la península ibérica. Intento conciliar el sueño pero tantas emociones me relegan a la ambigüedad del querer y la realidad. Una realidad que no he podido hacer diferente, pues pese a haberlo intentado, presiento que mi destino me ha llevado a otros parajes, que igual, siento muy míos, sin que el estar en uno me impida echar de menos al otro. Siempre ha sido igual.
Miro las nubes blancas tras ese vidrio grueso. Dejo mucho detrás. Debajo están todos aquellos que me han hecho tan feliz. Me invade la melancolía. Quisiera llorar para sacarlo todo, pero me es imposible. Siento tristeza, pero también ganas de volver a casa, de volver a comenzar.
Un whisky y a dormir. Así no tengo que pensar más. Difícil, pero lo logro. Al menos hasta el servicio del primer aperitivo. Todo se decidió a última hora sin casi quererlo. La decisión debía ser rápida, pues de otra forma, infringiría esos designios políticos que llevan a cumplir los plazos temporales, que no siempre corresponden a los vivenciales. Vamos, que se me vencía mi visado y así las cosas, no podía jugar con la posibilidad de futuras excursiones al territorio ibérico. Si a eso se le suma el cansancio mental y físico, la falta de una oferta laboral aceptable y un estado de salud, según lo s galenos, algo precario, estaba claro que no había mucho qué pensar. Y sí mucho qué decidir.
Y así las cosas, muy en la madrugada del domingo, compré mi tiquete, el único que quedaba en esa semana para intercambiar por millas de mi tarjeta viajera. Era el mío y todo se dio para que así fuera. Anuncié en casa mi decisión y a los amigos más cercanos y me dispuse a la infeliz tarea de desarmar palmo a palmo, todo lo que había acumulado al mejor estilo Diógenes en estos años de vida española. Y me quedé con solo tres maletas, tras desechar lo inservible, regalar lo decente y conceder lo necesario.
Hago cuentas de lo que he hecho en estas breves horas que he tenido para decir adiós, de todas aquellas personas con las que me di un abrazo de despedida con la promesa de volvernos a ver, de sus palabras de cariño y de aliento, pero una fuerte turbulencia me devuelve a la realidad. Y allí voy, en ese avión de Avianca, no en el mítico 011 que tanto menta mi querido Papilo, pero sí en el 015, ese que aterriza en la cálida Cali. Tomo mi taza de café en la mano para evitar que se derrame. Los dos señores que ocupan las sillas de adelante van atormentados con el zarandeo. Yo con mi propia existencia. Pero saco fuerzas de donde no las tengo y me animo al pensar en todo lo positivo que la vida traerá de aquí en adelante.
Me calmo un poco. Duermo con el meneo del avión. Duermo con un espíritu débil que necesita hacerse fuerte. Duermo con la tranquilidad de volver a casa y de saber, que allí, podré sanarlo todo. Duermo con la sonrisa del último beso, del último abrazo. El último, por ahora, pues, llevo claro, que he de volver a reencontrarme con ese mundo que me hizo tan feliz y del que no quiero alejarme del todo nunca.
Ya vamos llegando. Más turbulencia. Mi ansiedad no me deja descansar. Aún quedan algunas horas para llegar a casa. Por fin aterrizamos. Es Cali. Coqueteo con el asistente en el mostrador de Avianca y logro colarme dos vuelos antes del que me había sido asignado. Es un milagro, me ahorro tres horas de espera. Veo al Papilo esperar ansioso en el Puente Aéreo de Bogotá, entre la lluvia y la multitud. Un beso, un abrazo y corro por el pesado tráfico capitalino a hacer lo propio con mis hermanos y mi mamá.
La ducha caliente y la cena revitalizadora no me quitan la turbulencia del alma aún. Resuena en lo más profundo de mi corazón, pues un poquito de él se me ha quedado allí. Gracias por todo lo que me habéis dado, ensañado. Por todo lo compartido, lo vivido. Amanecerá un nuevo día, con buenos vientos, con buena mar. No importa cuánto tarde, porque tengo tiempo de sobra para esperar por todo lo bueno que la vida me brindará. Y que no quepa la menor duda.
2 comentarios:
Marce ¡¡¡ Leo Tu Blog y cada vez reafirmo que eres una mujer Berraca,.. y buena escritora , senti lo mismo cuando deje madrid... adoro madrid , vivi tantas cosas , me cambio la vida , todo se lo agradezco a Dios y a madrid que sentado en un parque con 3 euros en el bolsillo y un pasaje de metro, reflexione tantas tantas veces.. que ahora pienso diferente... siempre segui tu blog .. Un abrazo PINKY
Como dicen en tu querida Barranquilla: "quien lo vive, es quien lo goza". Un abrazote Pinky querido! ;)
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