jueves, 3 de abril de 2008

XI: AVIestANCAdos - La real guerra de las colas

Se abre el sol dominguero de fin de marzo y es el día en el que debo abandonar la casa de papá y mamá para volver a la Madre Patria. Las ganas no son tantas, pues el amañe es máximo en el rico ambiente familiar, llena de cariños, gustito vario, regalos y comida vernácula. El ojo aguado, el dolor del cuerpo producto del guayabo por la fiesta de mi hermanita la noche anterior y la pata hinchada, no me permiten sentirme bien. Qué difícil es dejar el espacio donde uno se siente más seguro. Hogar dulce hogar.

Después de muchas semanas sin escribir, hoy lo retomo. Difíciles días dejando atrás Pamplona y sobrellevando inestabilidades amorosas del prójimo en Washington, a más de las clases, el turismo y mis muchas responsabilidades, me habían restado toda fuerza para plasmar en estas pocas letras, lo que ha sido este mes y poco en mi vida.

Como le sucedió al pobre Viktor Navorsky, Tom Hanks en La Terminal, pasé varios días inmersa en el aburrido mundo aeroportuario. Apenas un día antes de viajar me enteré que mi trayecto sería con escala en Cali –ojo la bajada para volver a subir- pero pensé que una hora de espera no le haría daño a nadie.
Mi computador estaba en emergencias médicas cibernéticas y el técnico no alcanzó a llevarlo a la casa, motivo por el cual, a más de salir con hora y media de retraso, tuve también que esperar casi hasta la salida del vuelo por el "ordenador".

Afortunadamente con el corre-corre de mi papá y tras varios minutos de angustia, todo salió como debía salir. Tras la primera larga cola del viaje en migración, llegué casi de largo al avión. Requisas mil, producto de mi vestimenta dominical que era apenas lo que representaba mi precario estado de ánimo. Me esculcaron hasta el tuétano. Por fin aterrizamos en Cali y se llena el avión de oriundos. Amague de despegue, nada. Una vez más, nada. Pasan 2 horas y nada. Por fin, algún iluminado decide que el avión no puede cruzar el Atlántico – aunque si pudo sacarnos de Bogotá-, y deciden bajarnos del pajarraco. El desorden es total, nadie da explicaciones de nada, nadie dice nada. Mencionan fallas mecánicas, pero antes de bajarnos del avión ya habían bajado a tres pasajeros y desde afuera vimos cómo la Policía Antinarcóticos rodeaba el avión. No me sorprende, la gente que viaja de sandalia y chancleta plástica, superaba con creces el desmadre de mis tenis.

Pasan dos horas en un bochorno que antoja un cholado, sin que hubiera mucho cash colombiano para adquirirlo, y nadie informa nada. Por fin toman una lista de pasajeros que necesitaban hospedaje y nos dan salida al calor de las siete de la noche en Cali, donde, había solo un bus parqueado para 250 pasajeros. Información errónea, datos cruzados y nuevamente, la masa de pasajeros del vuelo 014 sigue instrucciones sin instrucción. Llegamos por arte de birlibirloque al Intercontinental y hacemos una cola más. Nos asignan habitación y nos invitan a "pasar al buffet", que cinco cocineros han improvisado para la enfurecida manada. Cenamos y a dormir.

Bueno, eso pensamos hasta que, se les antojó hacer un llamado general muy a las dos y media de la mañana para levantarnos. Bajamos al café, otra cola, salimos a tomar el bus, otra cola. Bajamos del bus, otra cola, llegamos al aeropuerto y, otra cola. Estuvimos de pie por más de dos horas. Otra cola y nos entregan un bono de 300 dólares para reclamar en tiquetes de Avianca –como si quisiera saber algo de esa aerolínea del demonio-. Migración, otra cola y obvio, la mejor de todas, la de la Policía, donde nos quitaron hasta los zapatos, nos sacaron todo de los maletines de mano y por cierto, le tomaron rayos equis a las más tetonas. Y que conste que yo no estaba en el combo. Así que ya se imaginarán. El vuelo sale por fin a las ocho de la mañana y para nuestra fortuna, no es el mismo avión. Le expongo mi caso a una azafata que medio me escucha y luego de explicarle mis "contactos" me ofrece una cortesía de vinos y quesos de los que "regalan" en primera clase. Bueno, a ella la debo sacar de mi listado de los más odiados.

Llegamos a la una de la mañana hora local y, para quienes no teníamos conexión con Avianca, entre otros porque Avianca no vuela para Coruña, fuimos "tirados" a nuestra merced en la Terminal 4. A los demás, los llevaron a pasar la noche en un hotel. Otros tantos se quedaron en Madrid. Entre las terminales 1, 2 y 4 transcurrí mi madrugada, averiguando, buscando, pidiendo ayuda. Nada. No pasaba nada.

Muy a las seis desistí de la validación de mi conexión perdida y por fin se me hace el milagrito con una llamada a Bogotá que resuelve la compra de mi tiquete por Internet, cuya diferencia es de 3 a 1. Obvio, los papilos terminan siendo siempre mi salvación. Vuelo a las 10 de la mañana, llego a Coruña, taxi a Arteixo, boto la maleta, como algo después de 24 horas de inanición y quedo estampada entre colcha y sábana. Ahora pernocto en un hotel que me queda a 10 minutos caminando de la "empresa".

De esta descriptiva historia tenemos varias moralejas: i) en Avianca, son unos animales; ii) si dices que eres periodista, te quieren emborrachar; iii) si viajas a Madrid, que sea desde Bogotá; iv) si haces conexiones, que estén todas en el mismo tiquete y v) si tienes siliconas y chanclas, eres más proclive a tener que pasar por los rayos x.

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