jueves, 7 de febrero de 2008

X: No más Farc

El motivo no era otro que sacar un visado más. Esta vez, por culpa del Máster, tenía que hacer un visado de tránsito pues el viaje a Washington es con parada en Londres. Traté de cuadrar el viaje para el lunes 4 de febrero, pues tenía en mente la marcha mundial contra las FARC.

Así fue, sopena de tener que preparar los papeles respectivos en tan solo una tarde. Las ventajas de las nuevas tecnologías de la comunicación nos permiten estar más cerca de todos y de todo. Qué maravilla. Certificados bancarios, cartas de amor, chismes de amigos, mensajes de aliento. Todo está a tan solo un click.

Llego al consulado de Reino Unido en Madrid sin extractos bancarios y corro por las calles cercanas al Paseo de Recoletos buscando una papelería con servicio de Internet. Imposible. Solo abren después de las diez, pero mi cita de las nueve y media no me da tiempo. Voy con cara de perro arrepentido y la amable brasilera políglota que me atiende me da un ligero chance de ir a por la impresión. A por, si señores, frase que como muchas otras, se me han pegado en esta tierra del jamón ibérico. Vuelvo rápidamente con ansias de clasificar a la hora y lo logro. Requisas varias, que son parte del protocolo básico del colombiano y por fin llego a la sala de espera. Tras veinte minutos que acompaño con una buena lectura, "el niño con el piyama de rayas", me llaman para recibir mis papeles y tomarme todas mis huellas digitales, aunque les faltó la de la uña encarnada del pie. Una fotico de más y por favor espere en la sala a que la llamemos. Esto, no sin antes dejar mis certificados bancarios encima de todos los ochenta mil papeles de más.

Pasa media hora y por fin, tras haber visto 15 negaciones de visa de 20 aspirantes, tiemblo cuando me llaman. De seguro Rexona me abandona. Veo tras la ventana blindada mi visa autorizada y siento que no soy una patihinchada más. Pero cómo, si siendo estudiante de tan prestigioso Máster nada me queda grande, pienso. Ni modo, fui una de las pocas afortunadas. Eso, es apenas obvio si se tiene en cuenta el precio de la visa, que como aclaran constantemente, no es retornable en caso de negación. Salgo del enorme edificio sintiendo que Europa es mía. Camino por Alcalá hasta Gran Vía y paro en un cafecillo a tomarme el consabido café de la mañana. De los mejorcitos de la zona, por cierto. Camino, camino y camino. Veo vitrinas, gente de todas partes. Prostitutas que inundan las calles circunvecinas, ejecutivo encorbatado, turista de cámara fotográfica. Entro a las tiendas y miro tendencias. Mi análisis de moda no se queda solo en eso y termino haciendo algunas compras. Lo siento papi, ya verás el extracto del banco. Es imposible estar en Gran Vía y no entrar a ningún lugar. Peor aún, comprar.

Me encuentro con un amigo colombiano, también estudiante, y adelantamos el cuaderno mientras almorzamos muy a las cuatro de la tarde. Nos apuramos a llegar a la marcha que tendría lugar en Plaza Mayor a las seis de la tarde. Tenía muchas ganas de ir. Pero no sabía lo que me esperaba. La entrada al lugar es un pasillo peatonal lleno de locales con artículos a la venta que solo evocan la cultura española. Disfraces, toros, botas (de las de manzanilla), camisetas y artículo vario que espero no recibir nunca, pues no sabría dónde lucir.

Se abre ante mis ojos un panorama doloroso. Emocionante, pero doloroso. Cientos de colombianos y de personas de muchas otras nacionalidades, incluyendo venezolano vario, hacían presencia con camisetas tricolor y muchas otras blancas con lemas que incitaban a manifestarse contra la guerra. Banderas erguidas. Pensé en los puestos de pinchos de carne de niño perdido con papa salada en la punta por solo mil pesos y en los altos palos de algodón de azúcar. Miro alrededor y veo a un paisa vendiendo banderas. Obvio, era un encuentro de colombianos, por algún lado debía de haber alguno aprovechando la ocasión. Caía la tarde y tras un día soleado, no hacía mucho frío. Varias personas se acomodaban en una gran tarima, dispuesta con sonido y pantalla gigante con las imágenes en directo de las manifestaciones en Bogotá, Medellín y Cali.

Qué sensación de patria me inunda, no me queda más que contener el llanto. Nunca se siente uno tan colombiano como cuando está fuera. Muy mal, pero así fue. Mientras avanzo al centro, escucho acentos que hace rato no oía. Nacionales y allegados gritaban con ahínco "no más Farc", "libertad", "queremos paz". Me uno al grito que se pierde fuera de las murallas de la Plaza Mayor. Veo cámaras de los medios de comunicación, periodistas españoles con cara de ansia de noticia más que de emoción. Huyo de ellas. Veo la emoción y siento a mi patria cada vez más cerca. Cambiamos de spot y logramos ubicarnos en un mejor lugar. Tenemos mejor vista. Leen la carta de Ingrid a dos voces, una de mujer, otra de hombre. Se me erizan hasta los pelos del…….tobillo y nuevamente se me asoma la lágrima en el arco del ojo. Qué dolor. Muchos estaban ahí por ser directamente afectados. Todos lo hemos sido de una forma u otra.

Se reparten velas con olor a jabón chiquito, pero su luz hace contraste con la noche que cae. De fondo, la canción de Juanes interpretada por un cantante español. Su guitarra nos puso a cantar a todos. Bueno, esto, porque a la entrada de la plaza repartían copias con la letra de las canciones que se interpretarían. "Solo, le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente…". La doña argentina nunca hubiera pensado la fuerza de sus letras. Palabras van, palabras vienen. Pancartas inundan el espacio. Caras de gente conocida, que no veía hace tiempo, me abrazan con solidaridad. Emoción al tope. Nada qué hacer, amo a mi patria, a mi país, a mi gente. Siento un compromiso inmenso por volver y darle a mi país todo lo que ya me ha dado. Así lo haré. Tarde que temprano.

Vuelvo a Pamplona con el ojo chiquito y el corazón arrugado. Es la una de la mañana y por fin vuelvo a mi lugar seguro. A mi hogar actual. Ese que cambiará dentro de poco. Me sigo sintiendo afortunada de mi libertad, de mi sensación de poder llegar a cambiar una situación que aunque nos hace más fuertes y nos duele, también nos hace pensar qué tan afortunados somos de tener todo lo que tenemos.

NOTA: Hoy en el Facebook vi las fotos de todos mis amigos que estuvieron en las marchas de Bogotá, Barranquilla, Frankfurt y Estados Unidos y me sentí feliz. Feliz porque sí podemos, feliz porque somos más, feliz porque al fin estamos haciendo lo que como ciudadanos debemos.

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