lunes, 7 de septiembre de 2009

XXXI: A LA ESPERA DE UN MILAGRO

XXXI: A LA ESPERA DE UN MILAGRO

Corría, creo yo, el año 1993 allí en la paradisíaca isla de Aruba. Los papilos nos habían llevado de paseo, para conocer varias islas del Caribe, a bordo de un crucero mágico de esos que salían en Puerto Rico y tras poco más de una semana, te devolvían allí mismo, solo que más bronceado, con varios kilos de más y con escasos dólares en el bolsillo.

En una caminata de esas que son tan buenas al atardecer por el downtown, en pleno centro turístico y comercial en Oranjestad, papá Valencia me tomó de la mano y me hizo entrar a un local. Algo raro para mí, pues solo veía relojes que brillaban demasiado, producto de los múltiples focos, espejos y vidrios estratégicamente ubicados para ello. Señaló la vitrina y acto seguido, la vendedora sacó un modelito que parecía ajustarse a las necesidades de una fémina púber. Él mismo me lo puso en la muñeca y creo que mis ojos, que ya conocen achinados, quedaron completamente abiertos al ver semejante joya rodeando mi no tan esquelética muñeca. Me dijo: “Cuídelo, jovencita. Es fino”. Yo procedí a darle un beso de agradecimiento en su mejilla y él a pasar la tarjeta de crédito. Creo que es uno de esos momentos de adolescencia que recuerdo con mucho gusto porque sentí que por fin era lo suficientemente responsable y crecidita para cargar semejante tesoro, cuando aún no me dejaban ni ver la tele más allá de las ocho de la noche y las visitas de los “intrusos” pajuelos se recibían con estricta supervisión de un adulto.

Ese reloj, un Tag Heuer plateado, me ha acompañado fielmente segundo a segundo desde entonces. Ninguno ha podido reemplazarlo pese a su brillo y su valor. Éste es especial. Éste, que ha sobrevivido a varios atracos, a una que otra borrachera, al olvido en lavamanos variopinto, es el mismo al que hace unas semanas el segundero comenzó a correrle cada cinco segundos; éste mismo que ahora se ha parado y pretende avanzar escasos tres minutos por cada hora. Ya lo he dejado en el cajón y no puedo evitar pensar si es una señal de esas metafísicas de que mi tiempo se ha agotado.

Mañana se cumple un mes más y en mi caso, un mes menos. Presiento que esta experiencia que ya va para dos años está llegando a su fin y me niego a aceptarlo. Familiares, amigos, conocidos, compañeros del trabajo me preguntan constantemente qué voy a hacer, pero en medio de la nebulosa mental que me sugiere el simple hecho de decidir sobre mi futuro, prefiero simplemente esperar un milagro. La lucha constante de la razón y el corazón me está volviendo loca. Sé que debería volver y sé que tengo más cosas allí en Colombia que aquí. Pero aquí he encontrado la paz y la tranquilidad que nunca antes sentí. Porque he encontrado algo que tenía perdido desde hacía ya tiempo: A MÍ.

Echo de menos muchas cosas y si me voy, seguiré echando de menos entonces las de aquí. Es una sensación de ambivalencia que todo el que se haya ido lejos y amañado aunque fuera tan solo un poco, puede entender a la perfección. Es parecida a esa impotencia que produce irse a la cama el último día de las vacaciones a sabiendas de que quedan 11 meses más por delante para las próximas; aunque todos en el fondo sepamos que la vida vacacional permanente, ya no sería nunca lo mismo porque entonces nos aburriríamos de eso. Pero siempre querremos un día, al menos uno más. Cinco minutos más de sueño. Tres más en la ducha caliente. Dos más de ese beso apasionado de despedida. Diez más del abrazo de mamá. Creo que nos gusta lo que nos es más escaso. Aquello que, claramente, no podemos tener más, pero que nos gusta porque nos hace felices, o simplemente, porque sí.

Papá Valencia no para de preguntarme cada tarde en el Skype si compra el tiquete ya o si seguimos esperando. Recibo mensajes y preguntas todo el día que no me dejan, como he intentado los últimos meses, pretender que esto no me pasa y que no he de decidir nada importante. Que solamente vivo en una Madrid veraniega, pasando mis días en el trabajo y mis tardes por ahí. Obvio, la realidad de fondo es otra. Por más que lo intento, mi “yo” responsable no me permite sacar esa decisión ni un solo segundo de mi cabeza. La temida “crisis” golpea fuertemente a las empresas españolas y quedarse parece ser muy difícil, máxime si ya no cuento con el apoyo de mis queridos mecenas a partir de octubre. Los jefazos me han ofrecido que me quede unos meses más, en las mismas condiciones, pero con la promesa de que tan pronto las cosas mejoren, mi situación cambiará. Solo sé que mi futuro no puede depender de Wall Street o del Ibex y de ahí que abogue por algo un poco más concreto y que quiera, después de un año, algo mejor, algo más.

Me sorprende que al parecer, nos inunda esa imperiosa necesidad de leer en la prensa de mañana gran titular que anuncie que hemos salido de la tal crisis para comenzar a decidir. Los afortunados que hemos nacido al otro lado del charco, allí en el patio trasero de los grandes, sabemos que la crisis no es un impedimento para salir adelante y cumplir nuestros sueños. En el hoy, en el ahora. Porque no hay nada más allá. Y creo que eso mismo es lo que me lleva a pensar que me merezco ampliar mis horizontes, aprender nuevas cosas, cambiar de entorno y eso sí, cobrar lo que vale mi trabajo. Aquí o allá, en el fondo me da igual, porque ahora que sé quién soy y qué quiero, presiento que podría vivir en cualquier lugar del mundo. Siento que puedo volver a Colombia y ser feliz. Pero siento que quisiera quedarme en España y continuar con la vida que tanto me gusta. Es decir, ya ni sé si prefiero querer lo que siento o sentir lo que quiero. Solo sé que no quiero comprar un tiquete aéreo porque presiento que ese es el paso definitivo. Después de eso, no habrá retorno. Aunque sé que siempre podré volver, tengo muy claro que el proceso sería otro. Otro muy diferente a este que me hace hoy en día tan feliz. Pensativa, preocupada, agobiada por llegar a fin de mes, pero feliz.

Por más que quiero, no logro concederle mi corazón y mi razón a una sola, a Bogotá o a Madrid. Continúo a la espera con la idea de que otra vez, como por esta misma época hace un año, tal cual pasó cuando terminaba en Ecomoda, un arriesgado nuevo jefe me llame y me diga que me quiere en su equipo. O que el actual no me deje ir embelezándome con una buena oferta. Ese día iré a un representante autorizado a cambiarle la batería a mi reloj. Mientras tanto, con mi muñeca al desnudo, sigo disfrutando mis días y mis noches. ¡AH!, se me olvidaba, y esperando un buen milagro…

Amanecer del 31 de agosto de 2009, en Madrid.

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