HOJAS AL VIENTO
Ha llegado el otoño. Atrás quedan los días soleados y los calores insufribles. He cambiado mi atmósfera de turbina por una ciudad gris que llora sus cielos cada tanto. El ventilador, mi mejor amigo del verano, funge de perchero y el abanico, protagonista del verano y ya algo roto, seguramente vaya a parar al bote de la basura en el próximo cambio de bolso.
Esta semana ha traído consigo las grises nubes y el repelente frío que invita a guardar las sandalias por un año más. Mi alma se inunda de miles de ideas no tan alegres y el cambio de clima no favorece a mis ya frágiles pulmones. Unos ataques de asma, algo nerviosos, algo ambientales, han desechado toda posibilidad de dormir una noche de largo. Entre la tos, los sueños raros y los malos pensamientos, mis días parecen noches y las noches, meras pesadillas del día a día.
En medio de esta resaca sin haber bebido, de este malestar de despertar sin haber dormido y de esta hambre habiendo comido, ha llegado ese momento en mi vida en el que no quería estar. No solo ese momento en el que recuerdo el frío que vendrá, sino también ese momento, esa fecha, esa situación en la que me veo obligada a decidir qué diantres hacer con mi vida, con mi destino.
Los milagros no parecen ocurrirle a los atormentados espíritus que pierden toda esperanza con el paso del minutero. Y más, si a estas alturas, ni el minutero funciona. Ya lo avecinaba unas cuantas letras atrás: solo esperaba un milagro. Un milagro que por falta de fe, de devoción o simplemente de ese realismo mágico que evoca mariposas amarillas, no se dio y no se da. Y así las cosas el tiempo se me agota, y gota a gota lo veo pasar con las manos atadas a mi espalda, cada día más de prisa.
Anoche leía algunas crónicas de esas del mero comienzo, de mi arribo a Madrid. La alegría de llegar a una ciudad nueva y de embriagarme con sus muchos encantos. La ansiedad de comenzar un nuevo trabajo y de asumir nuevos retos. Un futuro incierto, un buen ánimo que ahora solo me sorprende. Y que a buenas, me motiva.
Hoy, después de muchos días en la consabida “inmunda”, por fin he despertado queriendo querer. Quise salir de cama y quise ir a trabajar. Quise ver la cara de todos esos que en un año han sido mi familia inventada. Quise respirar el tufillo mediático que recorre los pasillos de "la empresa" y sentirme viva y útil. Quise hacer chistes pendejos y quise cantar una que otra tonada, pese a mi terrible voz mañanera. Quise beber café de la paupérrima cafetera y comer galletas María que no saben a nada. Recorrí uno a uno esos pasos que durante un año, cada día, segundo a segundo viví y sí, señoras y señores, estoy satisfecha.
Cierro este ciclo con la felicidad que solo da el trabajo bien hecho, el reconocimiento, el agradecimiento y por qué no, el poder culminar una etapa que mucho me costó. Sudor y lágrimas, peleas con la parentela, ausencias y falencias. Risas, resacas, excesos y pocos pudores. Dejo elementos visibles y perdurables en la dirección a la que pertenezco, aquella que apenas parece estar en creación, en constante invención.
Hoy ingresó la persona que ha de reemplazarme, allí en mi silla, en el pleno centro de la movida, allí en ese puestito que hice tan mío como del que lo quisiera. Comienzo a pasar el testigo de un aprendizaje, de una convivencia, de una de tantas hazañas. Y me siento bien. Creo que mejor de lo que esperaba, aunque no puedo dejar de llorar cada vez que me entra el mal de amores por un oficio que amé con locura. Pienso en mi despedida y sufro con la tristeza de un amor inconcluso, pero siempre me reconforta saber todo lo bueno que la vida traerá, tal y como siempre lo ha hecho, porque de eso, señoras y señores, la señora vida sí que sabe.
Poco a poco me hace cada vez más ilusión volver al terruño, volver a ver tantas caras tan queridas y dejar que en casita me consientan como solo ellos saben hacerlo. Así las cosas, pronto se dará luz verde para la compra de un tiquete que selle en definitiva el fin de esta recolonización que se ha extendido por más tiempo del originalmente pensado. Es mi tercer otoño en la querida España cañí. Y ya casi, parece ser la hora de que estas hojas con todas sus tantas letras vuelen por ahí, sin destino fijo, a donde las lleve el viento con su dulce soplo. Igual que me llevará a mí.
Madrid, 17 de septiembre de 2009
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