Me gusta sentir los rayos del sol en la mañana. Me asomo, cierro los ojos y sonrío. Veo los tejados de esta ciudad en color ladrillo que contrastan con el típico blanco de casi todas las fachadas. Reviso que en las ventanas cercanas nadie me esté mirando. Entre el sentimiento de persecución y la vergüenza de que me vean la cara de inspiración mañanera, prefiero seguir pensando que este ático, elevado del resto, me protege del mundo entero. No muy lejos, ahí está, imponente, la torre de Telefónica donde hasta hace poco trabajé. Su reloj, alumbra en rojo de noche y de día, con suerte, me recuerda que no puedo quedarme ahí, estática, porque el tiempo corre sin pedir permiso. Y de eso, de tiempo, es de lo que últimamente poco tengo.
Y me preparo un café colombiano. Y me siento a trabajar. Desde muy temprano comienzo a lidiar, uno por uno, con todos los marrones que me caen encima, desde que decidí aceptar este trabajo y soportar, por sobre todas las cosas, no ir a casa en navidades, que es lo que más me duele. Llevo las comunicaciones de un musical infantil con uno de los personajes animados más famosos de la televisión norteamericana. No, no es Mickey Mouse. Es una de esas series que, he de confesar, nunca he visto. Pero trabajo es trabajo, y así las cosas, me he convertido en la coordinadora de comunicación de un tinglado de muchas fuerzas, muchos egos, muchas piezas. Mi misión es, básicamente, hacer que todo dios en España sepa que habrá un musical para las navidades y se acerquen a comprar entradas.
Piezas publicitarias, medios de comunicación, entrevistas, coordinación de publicaciones y temas editoriales, acuerdos con patrocinadores y comunicación interna, entre otras maricaditas, ocupan mis días y cómo no, mis noches. Me he entregado de lleno a mi trabajo, como no puede ser de otra manera, y como si fuera poco, sigo con la consultoría en comunicación y, de cuando en cuando, traducción y edición de textos para un portal web.
Esto no se traduce en otra cosa que en tener poco tiempo para todo. Y para nada. Noviembre trajo consigo los cambios más drásticos del año: me he mudado, he cambiado de trabajo, me he ido de retiro, me he reencontrado con grandes amistades de antaño, mi gran amiga mexicana ha decidió irse de vuelta a su patria y, como si fuera poco, contraatacaron 4 o 5 ex, porque si señores, cuando aparece uno, nunca aparece solo. Tienen que joder en camada. Y no, papi, no estoy considerando volver con ninguno. El cangrejeo no es lo mío.
Total, que soy esclava del laburo. Pero no importa, porque me gusta lo que hago y me permite vivir bien. Ahora vivo sola en un ático que mi amable amiga Diana me cedió por unos meses en lo que decido, como toca cada tanto, qué hago con mi vida. Si me quedo, si me voy. Ya he perdido la cuenta del número de mudanzas en estos 3 años. La consultoría la terminaré este diciembre. El musical tiene sus días contados, una vez el bicho marino, salga a las tablas. Y yo sigo buscando, sigo tratando. Tantas veces he estado en esta situación que creo que ya ni me estreso, al fin y al cabo, la vida siempre me sorprende. Y así voy, viviendo uno a uno estos días de invierno que me recuerdan el precario estado de mis huesos y la necesidad imperativa de tomar un segundo para respirar y escribir. Para cargar la energía de vez en cuando.
Muero por descansar en una playita caribeña, con meseros en tanga que traigan cocteles sin parar. Muero por ver a la familia, estar con los amigos, pasar, después de mucho tiempo, una navidad en casita. Lo he cambiado todo y a veces no sé si he tomado la mejor decisión. Pero me siento bien, tranquila y lo mejor, útil y feliz por hacer lo que me gusta, siempre lo mejor que puedo y con amor, como la mamila enseñó.
Oscurece en Madrid. A pocas manzanas, el reloj en rojo ya marca el final de este fin de semana lleno de grandes emociones. Solo espero que mañana salga el sol, para cómo no, sonreírle a su energía. Espero que nadie me vea. Espero tomar un café y seguir mi trabajo con los rayos a mi espalda mientras salgo a la calle a lidiar con el frio y el tráfico madrileño de la mañana. Desde mi ventana, lo veo todo, lo siento todo, lo quiero todo y soy feliz.
Madrid, domingo 28 de noviembre de 2010
5 comentarios:
Eres una berraca! Y eso siempre paga dividendo... Muchos besos desde el frio londinense... (y mas o menos en las misma que su merced)
No desechez la opción del cangrejo, sobretodo del hermitaño, aquel que carga su casa todo el tiempo. Sigue buscando tu sitio en el mundo, espero que cerca a nosotros; pero hazlo tranquilamente, sobre todo tómate tu tiempo, que mientras seas feliz .... que afán. Te queremos y extrañamos mucho.
Divina ventana, divino ático, y divina INQUILINA. Te quiero!!! Bstos.
Cada día con su afán... como bien dices mi Capu. Qué haría sin tus crónicas, solo me haces extrañar más esos días por allá... Se te extraña como siempre y aquí te espero prontito. Besos!
Nautica querida: gracias por tus palabras y ánimo con ese frio!
tioH: sabes que siempre los llevo conmigo...también los quiero y los extraño mucho mucho! Y no, lo del cangrejeo no es negociable! (salvo casos excepcionales que realmente ameriten)
Evita: Divina tú! que estás ahí siempre que te necesito!
Rosarita: capu mia, también te echo mucho de menos....ven pronto! muak!
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