lunes, 1 de noviembre de 2010

LI: JUANDAVÍ

Y creo que me odió por muchos años. Y creo que se burla de mí, a diario. Creo que me huye, de cuando en cuando, porque hace parte de su personalidad neurótica para solo, solo, poder extrañarme un poquito más. Ese es mi anhelado Juandaví, mentado amigo de marras que conocí por allá en el 86, en las tardes de ese Parque Central, escenario de juegos y escondites de una infancia entre cinco torres.



Él y su hermano Aivan, tenían la sudadera gris ratón de raya amarilla a los lados y un lindo escudo a juego, que hacía más que evidente su pertenencia a ese colegio con nombre de prócer gringo y del que se han graduado mis grandes amigos, compañeros de juegos de infancia, primeros amores secretos de un extraño –y prematuro- despertar adolescente y grandes amigos con los que siempre se puede contar ahora que ya somos personas serias y menos hormonales.

Intercambio de monareta y nuestros hermanos mayores lo negociaban. Tú y yo solo nos mirábamos, como quien entiende que el más viejo manda y en estos casos de relevante transacción juguetera, mejor no mostrar debilidad ante el oponente. Y pasaron los años viéndote de lejitos, con ese culito empinadito enfundado en la sudadera gris ratón que se iba volviendo por sí sola más amarilla que gris, con el paso del año escolar.  Crecimos y ya no te vi más. Tu torre frente a la mía, pero ya no estábamos en el mismo lugar.

Juanito, tú y yo no hacíamos grandes migas, principalmente, porque eras tan arisco como ninguno que te conozca ahora, podría pensar. Escondidito donde nadie te viera, no abrías la boca, mirabas con cara de desconfiado y eras capaz de permanecer sentado toda una noche sin si quiera chistar, eso sí, observándolo todo, analizándolo todo. Una tarde de este nuevo siglo te llamé para que me ayudaras con un trabajo de mi postgrado en Periodismo, ese mismo que tú harías un año después, en tu incansable esfuerzo por estudiar lo mismo que yo, y ahí comenzó mi amor profundo, puro y desinteresado por ti. Me mostraste un mundo desconocido, que más allá de un buen reportaje periodístico, me ha dejado a grandes personas que gracias a ti he conocido y que ahora llenan con miles de colores ese lienzo que es mi vida, el mismo que tú pintas con garabatos desde hace ya más de 20 años.

Creo que nuestra extraña amistad hermanada con esa relación masoquista mutuamente legitimada me permite seguirte queriendo aunque pases de mí cada vez que se te da la regalada gana, me regañes cuando te canto o te cuento chistes malos, no me hagas ni caso por el skype y pases de mis mensajes o mis llamadas. Pero ésto apenas comienza. Acá estamos, después de muchos años, bebetas, pijamadas, comelonas, enfermedades, despechos, uno que otro viaje por el viejo mundo, secretos qué guardar, videos y fotos de nunca publicar. Muchas horas de skype, dedicatorias públicas musicales y de amor eterno via facebook y una frustrada relación sentimental virtual. Si es que me conoces muy bien. Hoy, que es tu cumple 31, quiero decirte que te quiero y que quiero quererte muchos más años de los que ya han pasado. Y quiero que sean muchos, muchos más a tu lado. Porque simplemente me haces muy feliz.

No hago esta crónica más larga so pena de que te quejes, por quincuagésima primera vez, de que me extiendo demasiado. Aunque, cariño mío, esta historia, después de casi un cuarto de siglo, apenas comienza. Nos falta mucha tela por cortar y bien lo sabes. Y acá estaré para seguirte aguantando tu agridulce genio que empalaga y cómo no, para seguir viendo el mundo bizarro que ya me has enseñado tantas otras veces, a través de tus ojitos y en tu compañía, morenazo mío.



Te amo Olafito!



Madrid, 31 de octubre de 2010

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