miércoles, 6 de febrero de 2008

IX: Together in Paris - Oui Oui

Por fin llega el tan anhelado sábado. Salgo de casa en busca de un cajero electrónico y aparentemente el servicio falla una vez más. Compro una Coca-Cola, símbolo de la independencia en la adultez, pues por fin se puede desayunar con gaseosa sin que la mamila esté recordando los múltiples males estomacales. Igual ya los tengo. El termómetro callejero marca menos un grado, pero mi pierna/pernil aún no se congela. Será el exceso de barrera protectora, llámese gordo, llámese oleocobertura. Tomo mi maleta y parto a la estación de buses. Apenas comienza una de las muchas etapas del viaje.

Durante dos horas cabeceo e intento no morir de dolor de cuello. Imposible, las ansias aumentan más y más. Llego a Bilbao, casa del Guggenheim, pero apenas veo por la ventanilla del bus una ciudad lejana, camino al aeropuerto. Tendré que volver, pienso. El sonido del candado pegando en el metal me devuelve al bus de 60 puestos. Solo somos dos. El aeropuerto parecía vacío. Realmente lo estaba. A pesar de ser uno de los aeropuertos internacionales más importantes del norte de España, no tiene la circulación que uno se imaginaría. Imprimo mi tiquete en una sala de pasajeros y aprovecho para hablar con el papilo, que por algún extraño motivo, estaba conectado muy a las cinco y media de la mañana.

Pido agua, me dan Evian. Pago tres euros por el líquido vital europeo. Bebo mi último sorbo de agua fina y veo Paris desde la ventanilla. Qué emoción. Por fin veré a la "torre infiel" (así la llama mi papá) y al marinero de boina con camiseta de rayas y sugerentemente gay que me hablará como Pepe Le Pú (no lo encontré). Tengo en mi bolsillo algunas instrucciones para llegar al bote que me llevará por el Sena –el río, no el servicio nacional de aprendizaje- mientras festejamos la boda de Natalia y Thomas.

Siento que conozco Paris de toda la vida. Subo a los metros y ni miro la dirección. Sigo mi instinto con afán de llegar, a pesar de tener casi dos horas de ventaja. Salgo de la estación y el olor a agua reposada me anuncia que estoy donde debo estar. A mi espalda la Torre Eiffel resplandece. Me la imaginaba más grande, pienso. Sososo. Si no está a la altura de Monserrate, para uno bien criollo, no está tan alto; después de ver el Magdalena, ese tal Sena es un charquito para andar remando en chalupa. Comentario guiso de quien siempre compara todo. Mi colombianeidad está a flor de piel. Por fin encuentro gente en Port Debilly, después de caminarlo de un lado al otro mientras arrastro de mala gana mi maleta, y les pregunto si vienen al matrimonio de los Belmont (apellido de la bella pareja). No solo he llegado a mi destino, sino que lo he hecho de primera. Guardo mis cosas, acicalo mis fauces y procedo a esperar a mi galán. Juan, mi vecino de toda la vida, mi hermanito colombiano (ja!) venía de Londres también al evento nupcial. Lo veo caminar por el puerto y salgo a su encuentro. Me hace mucha falta, él y todo el combo. Toda la familia, todo lo local, todo lo vernáculo. El abrazo se siente muy familiar. Entramos a por champaña y nos acomodamos en las sillas para adelantar el cuaderno. Risas y salsa. Qué falta me hacías, Negrito.

Después de las copas y los canapés subimos al salón dispuesto para la cena. El menú impreso sobre la mesa avecinaba francachela y comilona. Cinco servicios que incluían patés, frutas, pescados, quesos, chocolate, galletas deleitaron esta jetica estudiantil con sabores propios de la vida que me merezco. Mientras, avanzamos por el Sena y de lejos veo el Notre Dame, la estatua de la libertad, monumentos y edificios milenarios que hacen de París, una de las ciudades más históricas y menos destruidas de Europa.

Salimos del salón y volvemos a bajar. Ahora nos recibe una Mini-TK con luces y ritmos cross-over que iban de lo franchute a lo tropical en un abrir y beber de cervezas. Pasa la noche entre el dancin y la risa. Se nos antoja seguirla y camino a los Campos Elíseos; paso por la llama de Lady Di, el punto exácto donde ocurrió el accidente vehicular que terminó con su vida y la de su acompañante. unos metros más adelante: un coche incrustado en un paradero de buses. Continuamos la caminata por una zona de muchos bares con guapos franceses que hablan en un idioma que me es ajeno. Espero que no por mucho tiempo.

Llegamos a casa a primera hora del día. Margarita, una amiga de Natalia, y su esposo nos ofrecieron su hogar y todo su cariño durante nuestra estadía. Nos llevaron desayunito, nos dieron colombian coffee y nos colaboraron con todo lo que estuvo en sus manos. Salimos temprano a recorrer la ciudad. Después de un largo trayecto en metro y algo de andar a pie, llegamos al Sagrado Corazón. Qué bonito se ve Paris desde allí arriba. El frío no fue impedimento para disfrutar del momento, tomar algunas fotos y prender unas velitas por todos ustedes. Por la salvación de sus almas perdidas.

De vuelta al piso, la zona es hermosa. La arquitectura, los puestos de crepes, los apostadores en la calle y las miles de tiendas de souvenirs inundan las calles parisinas en las que se escuchan todas las lenguas y se ven todas las delicias. Y no hablo de comida. El didáctico de Juan optó por no colaborarme con el lenguaje, y gracias a él, los pobres nativos tuvieron que interpretar mis múltiples muecas y sonidos de trompita estirada que no emitía ningún sonido decente. Solo mueca y señalamiento de carta. Parecía tarada. Cantar Mapecopí, tema musical ochentero cantado por un crío de apenas tres años, Jordi, no fue suficiente nunca para perfeccionar mi francés.

El lunes pasa tranquilo y nutritivo. Dejamos nuestras maletas en la estación de trenes para poder andar un poco más ligeros. Visitas varias, comidas nativas. Después del medio día, el regreso y la despedida serían inminentes. Tras el almuerzo, el helado y el café con el mesero deliciosito, corremos a la estación para cada quien continuar con su ruta de vuelta a casa. Me siento extraña. Una vez más me despido de alguien a quien quiero como un hermano. Tomo el tren con el ojo encharcado y hago mi tránsito al aeropuerto. Recojo las migas como Hansel y Gretel, recordando el camino de vuelta y llego con tiempo para tomar mi avión. Llego a Bilbao, algo estresada, pero logro tomar el último bus a Pamplona. Diez minutos antes de llegar a la casita, me llaman a avisarme que tenía que mandar un trabajo antes de media noche, así que me dispongo a hacerlo a mi llegada. Lo envío a las tres de la mañana.

"Quédate, junto a mi…", tarareo la canción de Anastasia, veo las fotos aún en mi cámara, doy gracias por todo lo maravilloso que me da la vida cada día, y prometo, pronto muy pronto, volver a Paris.

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