martes, 28 de septiembre de 2010

XLVIII: FOBIA

Creo que soy xenofóbica. No estoy muy segura, pero creo que estoy comenzando a padecer de ese terrible mal. Selectivamente, he comenzado a detestar ciertos comportamientos relacionados con algunos colectivos de distintos nacionales, al tiempo que se abre mi consciencia a una coyuntura en la que por distintos motivos, reconoce que todos lo somos, aunque queramos ocultarlo. Así que me sienta mal, pero vamos, al menos lo admito públicamente. También soy lactofóbica y podofóbica, si es que eso existe. No soporto ver la leche o cualquier líquido blanco que se le parezca y los pies de la gente me impresionan de sobremanera y me ponen muy nerviosa. Si me tocan los míos propios, peor aún. Mato y como del muerto. Detallitos que no son propios de mi reciente condición adquirida de post-soltera, sino de males de antaño que se han ido reforzando con el paso de los acontecimientos y la edad.

Lo de la xenofobia, si es que así se le puede llamar a mi mal recién adquirido, es lo que más me preocupa, pues, evitar ver líquidos blancos y no fijarme en los lirios dorados del personaje del frente en el metro o en la calle, no afecta a nadie en lo más mínimo. Recuerdo alguna vez que le pregunté a un amigo colombiano que vive en Barcelona, si era racista y me respondió tranquilamente con un “no, pero…”, seguido de una explicación en la que me ponía por ejemplo que si se tiene que subir a un medio de transporte público y escoger al lado de quién sentarse, casi-casi que prefiere un acompañante para rozar el codo, que sea blanco y español.

En serio, con la mano en el “considere”, cuántos no hacemos esto consciente o inconscientemente en más de una de nuestras actividades diarias. No importan dónde estemos, siempre habrá alguien a quien consideremos “diferente”. Si a esto le suman vivir en un país con una afluencia de más de 10 millones de inmigrantes en un término no superior a 10 años, en una sociedad tan particular y diferente al resto, y que además sufre de una grave crisis económica y por ende, laboral, ya me dirán cómo se siente cuando uno es el sujeto receptor de detalles matizados de xenofobia.

Permanecer en este país no es fácil. Lo sé yo y lo saben todos los inmigrantes que me rodean. A veces parecemos bichos raros, pues hablamos, actuamos, reaccionamos y somos diferentes. Nuestro bagaje cultural nos ha impregnado de tantas costumbres tan variopintas que aún hoy, después de casi tres años, no me permiten aprehender esta cultura del todo y hacer entender, a la gran mayoría, que la diferencia es una condición positiva, más allá que un obstáculo.

Aunque, yo misma estoy comenzando a caer en este círculo vicioso del irrespeto y la intolerancia por la diferencia, quisiera no ceder ante tal presión. Quisiera poder trabajar y vivir sin que mi “nacionalidad” no escogida sea un inconveniente. Tampoco la del prójimo. Quisiera hablar un lenguaje universal que fuera comprensible a todos. Quisiera que ni el color de mi piel ni mis ojos rasgados fueran una característica diferenciadora. Pero no, el mundo no es así, y si vemos las noticias del día a día, el mundo se cae a nuestros pies, si no por catástrofes ambientales, por guerras entre seres humanos que se libran precisamente por eso, por la intolerancia a la diferencia.

Así las cosas, este sentimiento de impotencia se ha incrementado, además de auto-cuestionado, pues algún funcionario de tercer nivel ha decidido no concederme la autorización para trabajar como estudiante en la Fundación, tras dos meses de larga espera y de ruina financiera. La decepción ha sido mayúscula y aunque me costó varias semanas de tristeza y depresión, pude cerrar ese capítulo llevándome como siempre, lo mejor de cada empresa: grandes personas. También me llevé el aprendizaje de no dar más de lo que cada quien se merece, pues al final, poco se agradece.

Como siempre voy preparada para lo peor, tramando múltiples salidas, traía entre manos una oferta para trabajar en una nueva agencia de comunicación, en la que ofrecieron hacerme mis papeles para solicitar mi permiso de trabajo y todo el apoyo que necesitara para quedarme, con una buena oferta laboral. En octubre cumplo tres años en este país y ya puedo acceder a la residencia, por lo cual, la oferta me cae como anillo al dedo y he decidido aceptarla. El próximo 16 de agosto comenzaré a trabajar, llevando el área de comunicación y eventos. Un reto enorme que seguro me costará sudor y lágrimas, pero que también me dará grandes satisfacciones.

Sigo mi camino e intento no encontrar en mi condición de extranjera, una excusa para no seguir adelante. No quiero formar parte de eso que tanto detesto para mí misma. Todavía hay gente que sí apuesta por la diferencia y que la considera, más que un problema, una gran ventaja. Este es un pequeño gesto que me ha devuelto la esperanza y que me impulsa a la autocorrección.

Y aquí voy, caminando con pasos de bebé, a la espera de que los líquidos blancos no me den tanto asco, los pies no me parezcan una malformidad extendida de la pierna y que eso que nos hace culturalmente diferentes sea la fortuna de nuestra propia esencia.



Madrid, durante los primeros de un agosto caluroso de 2010

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