jueves, 30 de septiembre de 2010

XLIX: QUEJARSE MENOS, AGRADECER MÁS

Vuelve y juega. Parece una jugarreta de la vida, siempre por esta época, siempre en septiembre. Este carácter cíclico me llena de grandes momentos de humor. Del irónico, por supuesto. Es un constante envío de mensajes que parecen no haber sido entendidos y que la vida vuelve y pone en escena para ver si esta vez sí se capta la idea. Que no lo entendiste, pues toma, toma un poco más.

He revisado adrede toda mi cronología recolonizadora para lograr recortar un poquito de aquí y agregar un poquito allá, y así, poder hacer públicas las casi ya 50 crónicas que he escrito en estos tres años de andadura por el viejo mundo. He sacado muchas conclusiones, he visto mi propia evolución personal (y hasta gramatical). He echado de menos la casita y a esas personas que por distintos motivos, han entrado y salido de mi vida, así, sin más. He reído, he llorado, me he emocionado. He pensado y he criticado. Pero lo más relevante por ahora es que he confirmado mi terrible sospecha sobre el mes de septiembre: con el final del verano y el comienzo del otoño, siempre, siempre, vienen cambios que no necesariamente he solicitado en mi retahíla de oraciones y bendiciones nocturnas.

Sin contar en el 2007 la espera de mi primer viaje, en el primero me mudé de Coruña a Madrid, cambié de trabajo y por ende, de casa. En el segundo, dejé “la empresa” y por poquito, he de volver a Bogotá. Al final, las cosas siempre se han resuelto y he podido seguir dando la lata a este lado del Atlántico. Como este septiembre no podía ser diferente a los demás, dejé mi adorada Fundación para incursionar en el mundo de la creación de empresas. La afortunada, era una nueva agencia de comunicación, que, para no hacer larga la historia, y dejarla allí en el cajón del olvido y lo no sucedido, más que el sueño de mi vida, terminó siendo una corta y triste pesadilla.

No sé si mis neurosis por el trabajo bien hecho o mi karma de profesora sin paciencia por la incompetencia me llevaron a descubrir lo peor de mí. Nunca había vivido de mal genio día y noche; nunca me había sentido reprimida y maltratada. Nunca me había levantado tantos días seguidos, sin la más mínima ilusión por lo que viniera en el día a día. Al menos no de aquella manera. Y obvio, a pesar de invertir un esfuerzo sobrehumano para que la cosa funcionara en pro de la papelería y documentación oficial para hacer mi transición de una vez por todas, de estudiante a mujer laboriosa, pequé en creer. No todo lo que brilla es oro y las cosas, mal que bien, quedaron así, no sin antes dejar grandes enseñanzas, como por ejemplo, saber pedir. Pedir bien. Un trabajo en mi área y la posibilidad de tramitar mis papeles claramente no era suficiente si el entorno era poco más que una oficina de descerebrados.

En este penoso escenario, sumergí mi condición humana en la curva media de mi almohada y no hubo poder humano de levantar cabeza en un par de semanas. Las heridas del ego profesional me cuestan más que las de las batallas del amor y obvio, la recuperación aunque lenta, arrojó sus buenos frutos, pues de todo se aprende en esta vida. Y más de las batallas del yo con yo. Pensé en dejarlo todo y volver a mi casa, en Bogotá. Pensé tantas cosas que solo me llevaban a escapar de una coyuntura por la que ya he luchado mucho. Pensé en lo que quería, y aunque confiaba en que la vida me daba lo mejor, no me resignaba a que las cosas quedaran así. En todo caso, intenté confiar, muy en el fondo de mi quebrado corazoncito.

Una vez levanté cabeza, acudí a la ayuda divina y, contra todos los pronósticos de mi personalidad arrolladora y festiva, me fui de retiro a un encuentro en Palacios de Benaver, en Burgos. El escenario, el Monasterio de San Salvador, una preciosa construcción gótica cercana al Siglo XIII, que se pierde entre la historia y la leyenda, y que actualmente alberga a una comunidad de hermanas benedictinas en clausura, allí en Castilla. Este cenobio nos acogió en una serie de jornadas de meditación y reflexión sobre lo que verdaderamente importa en la vida: confiar, amar y ser felices. Poco más de 30 personas compartimos la enriquecedora experiencia de dejar nuestras penas aparte para pensar y sentir lo que somos y queremos ser. E irradiarlo.

De vuelta al ruedo en Madrid, me sorprendió una grata llamada de una antigua compañera de trabajo, ofreciéndome una provocativa opción laboral. Las cosas aún no se han concretado, y si decido aceptarla, tendré que posponer mi anhelado viaje navideño a tierras colombianas, pero, decidiré una vez más, permanecer por una nueva temporada en esta ciudad que tantas cosas me ha dado. Hay un par de opciones más en el stand-by de mi bitácora laboral viajera. Si salen las cosas bien, si no, algo aparecerá. Confío en que será lo mejor para mí.

Esta parece ser la condición de la eterna inmigrante. Debatirse entre el aquí y el ahora, y el allí en el mañana. Al final, el mensaje no es otro que quejarse menos y agradecer más. Tenemos más de lo que deberíamos, más de lo que creemos necesitar. Tenemos lo justo, en su justa medida y en su tiempo preciso. Aquí o allá. Recordar agradecerlo cada día, es el mejor ejercicio de autoconsciencia que se debe ensayar. Por ahora, dejo a este septiembre que se acaba hoy, ya tan tranquilo, me quito la superstición otoñal de encima y abro mi mente y mi corazón para lo que octubre se traiga entre manos. Y que la vida nos sorprenda, como siempre lo hace.


Madrid, 30 de septiembre de 2010

2 comentarios:

eva dijo...

Eres de lo mejorcito.. así que no podía se menos este Blog.

Enhorabuena!!

Humberto Tello Durán dijo...

No me he perdido ni una crónica y no es porque seas mi comadre, pero tu estilo, sarcasmo y sinceridad, son incomparables. Te felicito por la publicación del blog y sigue haciendo patria en la distancia, ya que la lejanía no siempre se mide en kilometros, sino en días sin saber de tí. besos.