Rojo, rojo, rojo. No hay otro color a mí alrededor, salvo los brochazos de números y letras amarillas que contrastan con ese cielo azul, abierto, sin nubes. Cae agua bendita, no del cielo, sino de los amables citadinos que desde los balcones reparten a diestra y siniestra el líquido divino con botellas, baldes, platones y hasta mangueras. Hace calor, un calor de verano que aumenta con la ansiosa espera de esa masa enardecida que entre cántico y cerveza, salta y vibra por su selección, por su país, por su condición de campeón. Esto es Madrid y estamos a la espera del equipo campeón.
“Yo soy español, español, español”, vociferan centenares de alicorados aficionados. Poco a poco la gente se ha ido acomodando como mejor ha podido. Llegan de todos los rincones y por primera vez en la vida, parece que el país es uno solo. Todos con “La Roja”. No importan las nacionalidades, el color de la piel ni el idioma. Todos estamos ahí, emocionados, ansiosos, felices, en pocas palabras, ROJOS. Compartimos, reímos, hablamos con el vecino. “Villa, Villa, Villa…Villa Maravilla”. La espera se hace menos tediosa con los baldados de agua que le caen a los desprevenidos transeúntes y que nos parten de risa a todos los que ya caímos en franca mojadura una o varias veces.
Han venido Caro y Mao a visitarme. Llegaron el miércoles de la semifinal entre Alemania y España, que el bendito pulpo Paul bien predijo como ganadora a la patria que me acoge. Y así fue, un sorpresivo resultado que a duras penas pude ver, pues salí para el aeropuerto como alma que lleva el diablo. Y allí estábamos, sincronizados y emocionados. Una visita más que me recuerda lo que he dejado atrás y que me llena de fuerza para seguir adelante. La intentona por sentarnos a hablar un rato se vio frustrada por la inminente celebración de ser, después de décadas de intentonas fracasadas, finalistas en una copa mundial de fútbol. Así que, entre caña y caña, terminamos rodeados de rojos y más rojos cuyos gritos no dejaban siquiera oír la música de la disco, pero bailando como si nadie nos mirara y disfrutando de un verano futbolero en la ciudad, el segundo que me toca, pues hace dos años también lo tuve con la Eurocopa.
La visita coincidió con una temporada relativamente calmada en mi vida. Aún la burocracia local no se digna a tramitar mi autorización para trabajar y así las cosas, no he podido incorporarme a la Fundación. La consultora me tiene trabajando a tope, pero pude organizar mis días para que no afectara en nada mi atención al 100% dedicada a los viajeros. Y aunque he sido afortunada en términos del tiempo, no lo soy tanto en términos financieros, pues sin trabajar, no se cobra, así como, sin jugar bien, no se anota un gol.
Los preparativos para el domingo se hicieron poco a poco entre algo de turismo local, cañitas refrescantes y mucho cotilleo: terrazas, monumentos, restaurantes, bares, algo de turibus, gafas y protector solar. Pocas horas después, allí estábamos, en Valdecarros, al suroriente de Madrid, entre varios colombianos radicados en estas tierras, con quienes departimos una tarde de piscina, barbacoa, bebeta y fútbol. Nos hemos vestido con “La Roja” y nos hemos pintado en la cara la bandera española. Tengo a la mano la bandera que “honoris causa” me gané la noche anterior y todo parece estar dispuesto para el encuentro. La presentación de Shakira, nos llena de orgullo patrio y se entremezcla con esas ansias de victoria. 90 minutos no han sido suficientes para lograrlo, pero, por arte o por milagro, ahí está el tanto de Iniesta que consagra a España como campeón del mundo.
Cae el sol y con éste, el equipo holandés que pierde 1-0 ante el onceno que para esta ocasión va vestido de azul oscuro, el mismo color de ese cielo que funge de tapiz en el que resaltan las luces de colores que se vislumbran desde distintos puntos de la ciudad. El eco de los gritos y las vuvuzelas proclaman al campeón. Acá estoy, acá estamos, siendo parte de un momento inolvidable que marcará para siempre la historia del deporte español.
Cierro los ojos y vuelvo al centro de Madrid. La semana comienza con un tufillo de victoria que se huele en el casco viejo de esta ciudad que ya me sé de memoria. Es lunes y los ánimos aumentan con el paso de las horas y hordas de gente comienzan a agolparse a lado y lado de las calles que recorrerán el equipo español y sus patrocinadores, como parte de los actos de bienvenida que les han sido organizados. Nosotros hacemos lo propio, en la Gran Vía, a la altura de Callao. Sale gente a mares de las bocas del metro. Cierran la vía. O coches o gente y hoy, la gente es más. Me duelen los pies, especialmente ese por el que me dieron una semana de baja, pero sé que la espera vale la pena. Tomamos fotos, reímos, nos llega la brisa húmeda desde los balcones.
Y ahí están, Iniesta, Villa, Xavi, Busquets, Ramos, Torres, Piqué. Todos, los 23. Una selección de grandes, con coraje y garra, que nos han dado una felicidad a españoles, turistas y acogidos. Grabo su breve paso, en mi cámara y en mi memoria. Me quedo con la emoción de sus caras y la felicidad que emana de sus cuerpos. Ramos besa la copa y la sacude sobre todos. No llegan a los 30 años y ya son aclamados por millones. Pienso lo que se debe sentir estar ahí arriba, celebrando, festejando el triunfo de un trabajo bien hecho. Me prometo a mí misma recordar esa sensación, con la que quisiera irme a la cama todas las noches de mi vida. Pasión, felicidad, trabajo bien hecho y mucha, mucha emoción.
Madrid, 16 de julio de 2010
PD/ Caro, Mao, gracias por venir a verme. Su visita fue refrescante y motivadora. Gracias por todo su cariño y amor.


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