Y llegó la hora. Tras los abrazos y la congestión propia de la salida del muelle internacional en El Dorado, mi querido hermanito Andrés me purgó andando por la Avenida 26, en construcción y terriblemente demarcada, pues la prisa por llegar era, aparentemente, mucha. Carolina había salido de casa dando como excusa un supuesto café con una amiga, mientras que Andrés había mentido con unas inaplazables horas extras en la oficina. Ya eran las nueve de la noche y si pasaba más tiempo, más sospechoso sería su ausencia.
Papá Valencia había citado a una de las míticas reuniones familiares, en las que debemos siempre estar todos, para tomar decisiones trascendentales. En este caso sería, qué plan hacer en Nochevieja, pues había varias propuestas que incluían a la familia paterna en Melgar, a los tíos maternos en Bogotá y a los amigos de antaño en casa. Desde que hemos impuesto una democracia para este tipo de decisiones en casa, el gran jefe pluma blanca sabe que no puede ordenar sino que debe consultar. Y así quería hacerlo. Total, con el corazón en la boca, entré en casa, de puntitas para que no se escuchara un juego de huellas más rozando el suelo, mientras que mis queridos hermanazos hacían la pantomima de entrar peleando. Carolina anunció una “sorpresa”, todos hablaban, cada uno en lo suyo. Mientras mi papá convocaba al orden, dijo:
- He citado a una reunión familiar para decidir qué haremos mañana 31 de diciembre.
Y ahí entré en la escena:
- - Pues como dijeron que había reunión familiar…¡aquí estoy!
Todos me miran. Papá Valencia queda en shock. En el lecho nupcial, mamá sonríe pero no se mueve. La pequeña de la casa abre la boca y no se inmuta. Pasan varios segundos, que parecen horas, y salvo las risas nerviosas de fondo de mis hermanos, nadie se mueve, no suena nada más que House de fondo en la televisión.
Pido que alguien me abrace. Al menos, que me saluden. He venido de muy lejos, ¿o no? No reaccionan. Se acerca la pequeña gritando a darme un abrazo. Mi mamá, después de darle las gracias a Dios por haberme “traído” a casa, hace lo propio. Mientras, papá sigue en su silla, inmóvil.
Su cara pasa del tono habitual a un verde pre-desmayo y siento la imperiosa necesidad de acercarme y abrazarle. El pobre hombre tiembla, no habla. No cierra la boca. Se para y se come un chocolate. Camina de un lado para el otro. Se hace preguntas que se responde a sí mismo. Por fin me abraza. Comienza a hacer preguntas. Bueno, al menos ya me habla. Retahíla de explicaciones, historias de vuelo y todos felices.
Decidimos terminar el año en Melgar. Y así lo hacemos. Viajamos madrugados, apenas con un par de horas de sueño encima. Llegamos de sorpresa. Los abuelos, aún en pijama, lloran de la emoción. Y así uno por uno de todos los parientes que se han congregado en la casa de fin de semana para celebrar la llegada del año once. Me ataca un gripazo importado de España que me deja muda y lela, y que se aloja en mi humanidad por un par de días más. Duermo como un lirón, como de a poquitos e intento recuperar las fuerzas perdidas por los excesos de los últimos días.
Llega el nuevo año y con él, el gran asado, la gran barbacoa a la que se convocó a toda la familia. 50 parientes llegan en grupos de 4 o 5 y vuelve y juega la misma operación. Me acerco a saludar a cada tío, a cada primo, y todos se sorprenden con mi presencia y preguntan qué diantres hago acá. Alegría total. Comida, bebida, piscina, chistes, cuentos. Aprovecho mi paso por el Tolima para visitar en Ibagué a mis tías abuelas, que me reciben con un delicioso sancocho de leña en familia. Paso mi primera semana acostumbrándome de nuevo a la comida, a la hora, a mi propia cama que ya no siento mía. Llamadas, mensajes y un poco de trabajo que nunca viene mal.
Sorpresa es hasta para mí misma sentirme en estas tierras. Sorpresa sigue siendo para el que se entera, por ye o por zeta, que aquí estoy. Sorpresa es que por primera vez, me quede más de dos semanas y tenga tiempo, si Dios quiere, de hacer todo lo que quiero, de ver a todo el que quiero. Sorpresa es tener la oportunidad de estar aquí y de sentirme así de bien como me han hecho sentir hasta hoy.
Melgar, Tolima, 7 de enero de 2011
1 comentario:
Terminas el año "felizmente cansada" y aunque quizás en algún momento hubieras preferido decir "felizmente casada", estoy segura que las razones de tu cansancio -esa especie de maratón de experiencias que han sido la constante de este último año- ponen máyusculas a "Felizmente". Ahora es el tiempo de descansar (¿recuerdas lo que signfica?) y de disfrutar, como sabes hacerlo, de cada momento con los tuyos de allí (sin olvidar a los de aquí, espero...). El mejor de los años para ti, princess. Estoy segura que te encargarás de hacer que así sea (y ojalá, siendo poco imparcial, el escenario que escojas para vivirlo sea Madrid!!).
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