Faltan veinte minutos para bajarme del pajarraco alemán y parecen ser los veinte más largos de la historia. Desde esta silla en el pasillo puedo ver a duras penas una ventana en la que se ve ya mi tierrita. Mi compañero de silla, un amable polaco economista que disfruta de viajar en sus ratos libres para tomar fotos por el mundo, ha distraído mis once horas previas de vuelo con sus historias. Increíblemente, encontré una persona que habla más que yo. Creo que entre las risas y las charlas no hemos dejado dormir a más de uno.
Veinte minutos y el tiempo no pasa. Entre tantas cosas que hubo que dejar listas y en orden, poco tiempo tuve para emocionarme con este precipitado viaje. Emoción, sí, siempre. Pero no sentía la ansiedad propia de volver a casa hasta este preciso instante. El capitán anuncia el descenso y nos recomienda ajustar nuestros cinturones. Retoco el maquillaje, destapo un chiclecito y bebo un largo sorbo de agua. Siento que el corazón se me sale del pecho y no logro diseñar mentalmente mi mejor entrada triunfal para sorprender a esos padres que no saben aún que llegaré para Nochevieja.
El polaco insiste en comparar su guía sobre Colombia de LonelyPlanet con mis verdades poco absolutas. Rio con el párrafo sobre la mujer colombiana en donde nos pintan poco más, poco menos, como las brujas del paseo. Las recomendaciones gastronómicas hacen ver nuestros platos típicos como una mezcolanza de ingredientes sinsentido y los antecedentes sobre nuestra violencia pintan un panorama poco pacífico para el turista. Yo, en mi pequeño mundo, disfruto de estos instantes de ansiedad, felicidad y angustia, todo junto, y siento mi colombianidad a flor de piel.
Dejar el trabajo listo una semana antes de terminar, hacer una mudanza con repartición de pertenencias entre varios amigos para su albacea, hacer algunas compritas para no llegar con las manos vacías y despedirme de todos cuantos quisieron hacerlo, me había dejado con saldo en rojo de sueño y con exceso de cansancio. Y obvio, en este avión no consigo pegar el ojo, pese a haber pasado tres días ya sin dormir, por culpa del nuevo amigo polaco. También por mi ansiedad. Pero aquí estoy y lo que se viene es solo emoción.
Hace poco más de dos semanas me entró el arrebato. El mismo día se había definido el futuro inmediato de mi vida laboral y mi vivienda. Una charla con mi hermana mayor reafirmó la imperiosa necesidad de volver a casa, estar con los papilos y darme una oportunidad de reivindicar todo aquello de lo que aparentemente he huido en todo este tiempo. Más de tres años lejos del hogar, dejan secuelas en las relaciones con el entorno, aunque también grandes aprendizajes de esos que no se enseñan en ningún otro lugar.
He llegado a ese meridiano vivencial en el que debo decidir si me quedo en España, y continúo en la dura lucha por abrirme un espacio en ese país que tanto me gusta y que tanto me ha dado, o si por el contrario, como hija pródiga vuelvo a casa y hago de mi destino permanente, ese que lo fue durante mis primeros 27 años. Como siempre, voy dejando que la vida me sorprenda y aunque sigo haciendo todo lo que esté a mi alcance, aquí y allá, pienso tomarme este mes sabático como una temporada de descanso y relajación que ya me merecía desde hace un buen.
Siento cansancio, del mental y del físico. Quiero relajarme, desconectar. Espero que nada me atormente por estos días y que una vez dé por terminada mi consultoría con la empresa de comunicaciones, cierre por fin esta etapa para comenzar una nueva, que coincida con un 2011 lleno de nuevos retos y oportunidades.
Esto de tener el corazón partío entre dos lugares a más de 8 mil kilómetros entre sí me mantiene con un sinsabor. En España he prometido volver. En Colombia he prometido intentar. Pero, salvo que se inventen la teletransportación o los hologramas durante enero, creo que al final de cuentas, tendré que decantarme por un solo destino. Y tomar una sola decisión. Llegará febrero y lo sabremos.
Compré un vuelo Madrid-Frankfurt-Bogotá. Aproveché para visitar de nuevo y por breves horas a esos amigos con los que pasé Nochevieja hace un año en Berlín. He viajado por 25 horas. Un día más que se le suma a esos tres sin dormir. Me siento felizmente cansada. Pero ya de esos veinte minutos no quedan sino un par. Llego a El Dorado. Allí fuera me esperan mis hermanos Carolina y Andrés. Muero por correr rápidamente esos pasillos que me separan de ellos para darles un abrazo en condiciones y con suerte, en veinte minutos más, llegar al hogar a abrazar a papá y mamá.
Cielo colombiano, 30 de diciembre de 2010
1 comentario:
Excelente decisión es dedicar un poco de tiempo al descanso y la reflexión. Por otra parte se aclara a los novatos en este blog que el bichejo amarillo es nada mas ni nada menos que el mariquita de Bob Esponja.
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