EL RETIRO
XXXV
No hablo de ese parque que oxigena de verdes colores a esta ciudad sumida entre edificios de otras épocas y otros más modernos, de ese pulmón por el que respira Madrid. No hablo de ese momento de la vida en el que cada madrugada y después de mucho renegar, por fin no se trabaja más aunque sí se quiera hacerlo, más por costumbre y por el miedo a dejarlo, que por ganas. No hablo de Uribito cediendo el trono y aceptando su calidad de expresidenciable. Hablo del retiro espiritual al que fui este fin de semana. Un retiro de verdad, de esos que le vendrían muy bien a más de uno.
Aunque parezca increíble viniendo de este ser tan terrenal y carnal, he sido partícipe de una de las grandes experiencias de esta recolonización. Y obvio, no hay mejor forma de contarlo y de intentar explicarlo que ésta, la consabida crónica de los hitos viajeros de esta servidora planetaria e interespacial…aunque de antemano sepa que las palabras se me quedarán cortas.
Con la diferencia de otros sábados, ésta vez salí de casa muy temprano en vez de llegar a ella. Un morralito con apenas lo necesario y un buen libro eran mis acompañantes del fin de semana. El encuentro con Diana, la que me llevaría hasta el lugar de la convivencia y uno de los angelitos de la guarda que me han surgido por estos lares, sería en la dársena de la estación de buses de La Moncloa. Una hora después estaríamos allí, en Collado Villalba, uno de los pueblitos de la Sierra de Guadarrama, surcado por el río que lleva el mismo nombre y ubicado a unos 30 minutos al noroeste de Madrid capital.
El autobús nos dejó en medio de la carretera y caminamos un breve pasaje hacia la casa elegida para este encuentro. Una gran construcción de dos niveles rodeada de árboles de madroño, típicos de la zona, y de una vegetación que eleva a la tranquilidad. En cada uno de los pisos, un largo pasillo con habitaciones a lado y lado de esas que recuerdan las convivencias colegiales, dotadas con lo necesario: una cama, un escritorio, un armario y un baño. En la primera planta, una sala que sería nuestro espacio de reunión y un gran comedor donde aprovecharíamos para hablar de todo un poco mientras degustábamos las delicias preparadas por las majísimas señoras encargadas del centro.
El grupo, que no supera las 45 personas, está compuesto por muchos líderes espirituales, de muchas religiones y creencias que confluyen en un solo sentir y vibrar de paz y amor para el mundo. Llevan más de cinco años reuniéndose al menos tres veces al año. Todos se conocen, se quieren, se ayudan entre sí. Mi presentación en sociedad fue precedida con un recibimiento lleno de sonrisas y abrazos. Al sonar de la campana, tomamos nuestras sillas y procedimos a integrarnos a las charlas que habían dado comienzo desde la noche del viernes.
Sorprende cómo a pesar de ser tan diferentes todos estamos allí buscando lo mismo, intentando resolver las dudas de nuestras existencias y de retomar fuerzas para seguir adelante en un camino que no siempre es fácil. Cada quien a su nivel, cada quien a su ritmo, cada uno desde ese momento cuando lo sintió necesario. Conocí personas maravillosas, dotadas de altas dosis de energía. Dancé bailes canalizadores y escuché conciertos con cuencos de cuarzo; escuché grandes mensajes, recibí todo el amor y la paz de seres presentes y ausentes, oré por todos vosotros y agradecí por lo grande que ha sido nuestra vida hasta hoy. Y digo nuestra, porque vosotros siempre habéis estado presente de una u otra forma en la mía.
En la noche del sábado, uno de estos versados en el tema, me hizo una terapia que me permitió entrar en contacto con mi cuerpo y con mi espíritu en absoluta conciencia de ambos, y así, después de mucho tiempo, no sentí dolor y fui liberada de toda mala sensación. Dormí como un lirón. Me sorprende ver cómo todas las funciones de nuestro cuerpo están controladas por la mente y el dolor no es más que un estado de opresión del que no hemos querido salir por una u otra circunstancia. Pasaron unas semanas muy complicadas mientras asumí, una vez más, la decisión de quedarme en España; mientras logré acomodarme en un nuevo piso, cogerle el ritmo al nuevo trabajo y empezar desde ceros, nuevamente, otro capítulo de mi vida. Algunos días muy malos me llevaron a pensar si estaba haciendo lo correcto y a sumirme en una tristeza y soledad que hacía mucho tiempo no me atacaba, al menos no, teniendo todo lo que quiero y haciendo lo que más me nace. La confusión no me dejaba ver todo lo bueno que hay por delante, aunque menos mal, las manos amigas siempre están presentes y el ánimo no me desampara.
Las cosas llegan a la vida cuando uno está preparado para ellas. Haber ido a este encuentro energizante cambió mi perspectiva sobre muchos planos vivenciales y quiero de corazón ser cada día mejor. Para muchos será un motivo de sonrisita socarrona, para otros, algún síntoma de que ahora sí me enloquecí y otros querrán pedirme el dato para algún conocido que podría estar interesado. No, no consumo sustancias de aquellas y no, no estoy poseída. Tampoco seré fanática religiosa ni mucho menos una santa en vía de canonización (eso ya lo sabemos todos). No importa qué cause esta lectura en vuestras mentes y corazones siempre y cuando reciban todo el amor y el cariño que os envío desde lo más profundo de mi alma.
***
Pronto comenzaré a estudiar de nuevo. El curso elegido es el de Experto en Responsabilidad Social Corporativa y Comunicación en la Empresa. Es una formación online que me permitirá, ojala y así sea, obtener un trabajo complementario en calidad de beca y además, renovar el permiso de residencia que se vence en febrero del año que viene. Ese febrero será otro momento de reflexión de mi estadía en tierras ibéricas, pero para ello falta mucho. Por ahora me concentro en lo que debo, en lo inmediato, y trato de despertar cada mañana con la felicidad de un nuevo día que comienza, lleno de retos y positivismo.
Madrid, 26 de octubre de 2009
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