Click. Borrado. Click. Bloqueado. Click. Eliminado. La devolución de peluches, credenciales y cassettes ha sido reemplazada por el bloqueo virtual, que muchas veces puede ser hasta más doloroso. No quiero ver tus estados de ánimo en Facebook ni tus galletas de la fortuna, si te has vuelto fan de la Madre Teresa de Calcuta o si tienes una noticia importante que compartir sobre los guardabosques y los scouts; si te has conectado al Messenger o si has cambiado de nick; si sigues disponible al Skype o si podemos hablar por el GTalk.
Las relaciones han cambiado, las formas de relacionarnos han cambiado. Tenemos más información y más posibilidad de transmitir nuestros sentimientos en tiempo real por diversos medios que nos ayudan a reemplazar un espacio físico que no siempre nos es posible. Pero eso no ha evitado, aún que las relaciones terminen, que los vínculos se rompan, que las peleas sean inevitables.
Ahogada en el licor, producto de festejos varios por mi despedida de aquella empresa muy mentada ya para estas alturas, le conocí. El nombre y el expediente, lo guardamos para la lista de intentonas fracasadas de mi enciclopedia personal de amores, odios, eternas continuaciones y deslices. Acababa de conocerle por medio de una amiga de la oficina y así, simplemente salimos a beber algo más, en una noche que aún con los calores del verano, recordaba la llegada del inminente otoño. Cuatro horas al teléfono la tarde del sábado, en posición de quinceañera, sobre la cama, con la voz nerviosa de mera primeriza en las artes de ligar. Si hablar es un don, yo he sido bendecida. Eso ya lo sabrá más de uno, si no, preguntarle a la oreja del pobre ser. Un domingo de aperitivo en una terracita y una semana llena de charlas y conexión. Nos estábamos conociendo. Nos gustábamos de más.
Después de varios años, no había logrado encauzarme en ningún compromiso por miedo quizá, a volver a fracasar (Además, como véis, ando muy ocupada en ciertos menesteres laborales y educativos en mi camino hacia ser la Primera Dama, aunque no sepamos de qué "Presidenciable"). Ya sabemos de los estragos de cierto impresentable en mi vida sentimental y en mi corazoncito lleno de callo, condición inherente para poder salir con el que me apetece a expensas de volverla a cagar. Esa es la buena vida del soltero: sin compromisos, sin obligaciones. Sin involucrarse, sin perder. O al menos eso es lo que uno cree.
Las tías de mi madre desde joven me preguntaban si tenía novio. La respuesta variaba entre el “sí”, el “no” y el natural sonrojamiento, que no evitaba el interrogatorio sobre el candidato, en el primer caso, y sentirse como el culo, en el segundo. Visita a visita, año tras año, el cuestionario monopregunta se repetía hasta que algún día se me ocurrió contestar: “No, no tengo novio, pero sí varios amantes”. Santo remedio… Santo remedio que casi me cuesta ser familiarmente excomulgada, a más del par de ojos saltones de mi madre a punto de estallar. Pero bueno, esa es la vida que nos toca a nosotras, las mismas solteronas de siempre.
Salvo esa crónica número diecisiete en la que conmemoraba nuestro status quo de solteras codiciadas a propósito de la boda de mi prima, creo que nunca había tocado tema sentimental alguno en estas letras. De esos de pareja, de esos tan aburridores. Y obvio, de historias estaríamos cansados si se me hubiera ocurrido escribir la Crónica Paralela, la Crónica Roja. Esas historias que por lo variopinto del lector, no se pueden compartir tan abiertamente, pues quedaría al destape en más de una artimaña femenina y aún me queda algo de reputación por cuidar, máxime si seré próxima portada de la People, la Caras o el Hola! Además, en mis condiciones actuales, es mal negocio no tener claro el “dónde” ni el “cómo”, para enrollarse un poco más en el “con quién”.
Total, para no hacer la historia larga (y para pasar de agache con los detalles), mi intentona por ser monógama, devota y estable ha quedado reducida en un abrir y cerrar de ojos, y cuando menos me lo esperaba. Claro, el instinto debería prevalecer sobre el encantamiento; el método científico sobre la pasión. Observar, analizar, probar, son solo pasos que nos recuerdan cómo llegar al éxito del proyecto, a comprobar nuestras propias teorías. Teorías que a veces no son sostenibles, teorías que queremos que funcionen porque sí, sin siquiera ser lógicas.
Si este dichoso método se sustenta en dos pilares, la reproducibilidad y la falsabilidad, no debería irme tan mal. Insisto. Por una parte, la capacidad de repetirme la tengo casi innata, independientemente del lugar y de la persona. Siempre caigo en lo mismo y casi siempre la cago igual (A más de contar siempre los mismos chistes y reirme solita con mis propios comentarios, como siempre me lo recuerda mi amado Juandaví). Por otra, mi susceptibilidad a ser “falsada” está más que apegada a mi condición de fémina cuya educación emocional está regida en gran parte por la telenovela colombovenecomexicana. ¿La de quién no?
Así las cosas, mis pruebas e hipótesis no me hacen mejor ni peor. Solo más fuerte, solo más recorrida, solo más versada. De ahí que, como gran resolución del año, ya antes comentada en otra entrega de estas, menos larga y enrollada, he decidido vivir el hoy, el ya y el ahora como el momento, mí gran momento.
No me afanaré si no doy con el indicado, si la vuelvo a cagar, si me enamoro en cinco segundos y me desenamoro en dos más (situación muy frecuente). Eso sí, consciente del esfuerzo que requiere el lanzamiento de peluche, el corte con tijera de credenciales o la desenrollada de cassettes, seguiré entrenando mi dedo índice para darle con el gusto que se da a ese click que saca automáticamente de tu vida a quien no quieres más en ella. ¡Así de fácil!
La vida está a un click. ¿Cambio de trabajo? Adjunte su CV y haga click. ¿Pedir perdón? Escriba un mensajito y haga click. ¿Volverse millonario? Compre online y con suerte, haga click. ¿Pereza por ir de compras? Seleccione el producto y haga click. No hace falta tener un mando, un control remoto que nos permita atrasar o adelantar nuestra vida para saltarnos los peores momentos o volver a vivir los más felices, como pasa en aquella peli hollywoodense. Solo hace falta vivir el hoy y el ahora con la plena consciencia de hacerlo bien, con los cinco o más sentidos, con el amor que se siente, el que se recibe y que se da, con la fuerza de nuestras almas y con todas las ganas y la pasión que se nos dé la regalada voluntad de invertir y cultivar... Y claro, sin olvidar darle el "click" al botón mágico para responderme a esta pastoral.
CHIC@S, A POR ELL@S!
Madrid, 11 de noviembre de 2009
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