Para mis chicas,
Paso de hacer un discurso feminista. De eso, no irá esta crónica. Y espero que así, queridos lectores y lectoras, no lo reciban. Para eso los remito a aquella tesis con la que me gradué de politóloga y en la que demostraba el acceso femenino al poder con réplicas del comportamiento masculino. En fin. Escribo estas letras desde el corazón. Desde mi experiencia, desde la experiencia de tantas otras que he escuchado en desayunos corporativos, aperitivos frugales, comidas de afán, tardes de cañas, en noches de copas.
Es viernes en la noche. Con unas cuantas copas de vino que acompañan estas películas, Julie & Julia y North Country, o “En tierra de hombres”, como le han traducido, veo el papel que jugamos en la sociedad. Qué roles desempeñamos, quiénes somos, qué es lo que hacemos para salir adelante y por cuántas cosas tenemos que pasar para conseguirlo. Y el séptimo arte no es más que el mero reflejo de la vida real. Quién no ha estado en alguna de esas situaciones de amores perfectos, de proyectos por realizar, de hombres estupendos de los que nunca nos enamoramos pues preferimos a los canallas, de dificultades para sobresalir, de frustración profesional, de duda existencial, de malparidez y cabreo ante la impotencia…
Pero más allá de eso, veo la vida de estupendas mujeres que han sido mi bastón en este andar. Mujeres que son el reflejo de muchas situaciones ya vividas, de sentimientos, de actuaciones, que nos han pasado a muchas, de esos instantes en los que todas somos susceptibles de estar. Cuántas historias no he escuchado ya para éste momento. Cuántas veces no habré querido que las cosas fuesen diferentes, que nos amaran, que nos respetaran, que nos dieran nuestro lugar. Que abriéramos los ojos y fuéramos más conscientes de nosotras mismas.
Llevamos una vida que nos obliga a responder a más roles de los que podemos asumir. Somos estudiantes, profesionales, parejas, amantes, novias, esposas, madres, pero ante todo: MUJERES. Veo a mi madre, una persona estupenda, una madre ejemplar, una esposa inigualable, una mujer que dejó de lado durante muchos años su propia vida personal y profesional, para dedicarse a sus cuatro retoñitos, de lo cuales ya tres hemos salido del nido.
Veo a mis chicas del Máster, a las de Ecomoda, a las de "la empresa", a las de la Fundación, a tantas amigas de aquí y de allá, cada una con su historia, con un dolor, con amor o desamor, con ganas de salir siempre adelante y de intentar superar tantas barreras que la sociedad nos impone, pues aparentemente, si lo queremos todo, debemos luchar con sangre, sudor y lágrimas por ello.
No puedo evitar pensar esos treinta años que llegarán antes de lo que me imaginaba. No puedo dejar de pensar en lo que siempre pensé para este momento: éxito profesional, marido espléndido (y ojala presidenciable), hijos estupendos. Casa, carro beca, en definidas cuentas, todo lo que, básicamente, no tengo.
Le he apostado al éxito profesional, a los logros personales, a crecer en espíritu. Y bueno, claramente, eso tiene su precio. No me he casado porque no he querido. No he querido aceptar trabajos con promisorios futuros y no he decidido vivir en una vida muy acomodada, porque simplemente no me hacía feliz. He decidido seguir adelante, con mis propias metas, con mis propios objetivos, como los he marcado para mí.
Y no es fácil, he de deciros. No siento ese llamado de la naturaleza que me hace seguir los cánones de una sociedad que me impone tiempos y funciones. Y así medio lo escuche, porque tampoco soy ajena a ello, no quiero seguirlo así. Es difícil de entender, lo sé. Yo misma, muchas veces, no quiero que sea así. Pero soy feliz, y de eso, ya he hablado muchas veces en estas escuetas letras que de cuando en cuando os envío.
Trabajo en mi consultoría, que aunque se acabe pronto, me hace feliz. Trabajo en la Fundación, que aunque a medio tiempo, me llena profesionalmente, al saber que puedo interferir en lo que hacemos para tantos niños y niñas en trece países de Latinoamérica. La verdad es que estoy en un buen lugar en el que tengo lo que quiero y hago lo que quiero. Claro, como todo en la vida, las cosas no son fáciles y hay muchas más propuestas que me hacen dudar en seguir aquí.
Sin ánimo de extenderme más, este es mi pequeño homenaje a sus lágrimas, a sus suspiros, a sus dolores, a sus esfuerzos, a sus sueños. Porque chicas, todo lo que queramos, lo podemos conseguir, porque somos grandes, no, grandiosas. Nunca lo olvidéis.
Madrid, 5 de febrero de 2010
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