sábado, 5 de junio de 2010

XLIV: EN LAS NUBES

El viento golpea con su calorcito sabrosón todo mi cuerpo. Voy descalza y en mangas de camisa. Miro hacia abajo y solo hay pequeños cuadros verdes y marrón, al desnivel de valles y montañas. Más allá, el imponente Cañón del Chicamocha, el segundo más grande del mundo, dividido por el río que lleva el mismo nombre, habla por sí solo de su imponente majestuosidad. Un leve mareo me devuelve a las preguntas de Reinaldo, que me abraza con sus piernas y no me deja caer. Intento acomodar el culito en la pequeña silla pero el vértigo me puede más que mis ganas de aliviar la tensión en las piernas y el dolor de espalda.



Estoy a poco más de 1650 metros sobre el nivel del mar, sobrevolando el suelo santandereano y a más de 800 metros de la tierra, en un parapente que me da las alas para vivir esa sensación de libertad y miedo, de grandeza y pequeñez, de vida e inmoratalidad. Qué mejor manera de cerrar esta maravillosa visita a la patria, pienso.




Sobrevuelo una parte de mi país y pese a las agujetas producto de varios días de vida extrema, logro abstraerme de lo complicado para reflexionar en lo más simple. Siento de nuevo tanto amor que recibí en medio de sonrisas y abrazos. Y sonrío, sonrío por esta vida tan maravillosa. Y doy gracias, muchas gracias.

Venía totalmente agotada después de unos días de completa locura y pese a las inmensas ganas de salir corriendo a abrazar a mis padres, que ansiosos esperaban a la salida del muelle internacional, la maleta decidió no venir en mi mismo vuelo, ese IB 6585 que ya mencionaba. Un par de horas más tarde de lo previsto y después de los tan anhelados abracitos, llegaba a casita con ganas de ducha, güisqui y almohada. Vaya sorpresa cuando a cambio de esas tres cositas tengo una corte de familia y amigos en un emotivo camino de sonrisas y aplausos que, sumado al soroche, casi me causa un patatus en el acto.

Abrazo y saludo uno a uno y siento que el corazón se me va a salir de la emoción. Es mi casita. Huele a comida de mamá y sobresale la decoración de papá, llena de números “30" por toda la casa, porque nadie se podía quedar sin enterarse de que este año llego al cuarto piso. El grupo vallenato no tardó en llenar con sus notas la embriaguez de esa noche de bienvenida y copa a copa, baile a baile, recibí encantada la vida de esta ciudad que siempre ha sido la mía y que pareciera haberse detenido en el tiempo. Todo está como lo dejé.



El fin de semana transcurrió entre complacencias familiares y un lindo trabajito de “última hora” y “muy urgente” que me arrebató dos días de los pocos libres que tenía. La semana pasó entre médicos, exámenes, laboratorios y citas que poco más, poco menos, confirman que no soy tan inmortal, ni tan joven, ni tan saludable como lo aparenta mi imponente (que no rellena) figura. Todo bajo control, nada de qué preocuparse, ya está claro que si adelgazo y le bajo al estrés, los galenos no tendrán más excusas para seguir robándole el dinero a mi seguro médico.

Un fin de semana tranquilo, recuperándome de los excesos de la semana, producto de intensas incursiones a la casa de uno que conozco y cuya nevera reproduce automáticamente el cava como ninguna otra, así como de la compañía de los que siempre están ahí, alegrándome la vida. Cuánta falta me hacían. En casa, intenté organizar lo que no tiene orden, pero desistí en el conato. Comiditas familiares deliciosas y visitas impajaritables, cerraron la semana bogotana que hubo que extender hasta el lunes, pues los médicos insistían en diagnosticar sendas enfermedades que no padezco, aunque ellos digan lo contrario.

Martes de Semana Santa y a las cuatro de la mañana ya estábamos camino al nororiente colombiano. La familia del seno paterno había alquilado una cabaña en la Villa de San José, a 10 minutos de San Gil, ciudad famosa por sus actividades de deportes extremos. Y a eso nos dedicamos durante los tres días siguientes: torrentismo en las cascadas de Juan Curí, espeleología por la cueva del Indio, rafting por los rápidos del río Fonce y parapente sobre el valle de Curití y el Cañón del Chicamocha. Nunca había tenido tanta adrenalina en el cuerpo y por ende, tanto dolor de cada minúsculo músculo contenido en él.



El contacto con la grandeza de esa inmensa naturaleza verde, las historias de lado y lado con sorpresas y verdades ya cantadas, las risas de días enteros de algarabía y diversión, la comida vernácula, las copas anheladas, los amigos siempre presentes, llenaron mis días de tanta felicidad, que siento no merecer.



Hoy me bajo de la nube, regreso a Madrid y desde la ventana de este último piso de Reina Victoria, no puedo evitar sentir una tristeza enorme como nunca antes experimenté en un regreso. Me he dejado media alma en Bogotá y un poquito de mi corazón en cada lágrima de papá y mamá en la sentida despedida de aeropuerto. Por lo pronto, a sacar fuercitas, a tocar tierrita y a hacer de tripas, corazón.

Bogotá y Madrid, 3 y 4 de abril de 2010

No hay comentarios: