“Nosotras lo que estamos, es bien”, dice Diana. Allí estamos, la colombianada en plenaria, en ese Anfiteatro del Palacio de Linares que después de albergar los Molinos de Plata y el Pósito Real, sería la vivienda de los marqueses del mismo nombre y que hoy es sede de la cultura y la academia latinoamericana, y también, de esta noche inesperada.
“Estamos bien, lo sé”, pienso. Mucho mejor que todos esos 53.000 personas excombatientes que ya se han reintegrado a la sociedad en los últimos años. Y que tantos otros. Apenas terminamos de escuchar las palabras de cuanto político dicta el protocolo y que me deja recordar solo las del Alto Comisionado para la Paz, con ese dejo de gran orador y estadista. Chapeau.
Vuelvo al escenario que ocupa una banda de colombianos y cubanos que afinan sus primeras notas y que acompañan a los artistas de la noche en su proyecto de una nueva vida. Mientras me concentro en la delicia que toca la guitarra eléctrica, frente al micrófono aparece ella, Sara. Una morena de corta estatura y con una barrigota que anuncia la próxima llegada al mundo de Juan Sebastián, su cuarto hijo. Fue reclutada a los once años, los mismos que tuvo que permanecer involuntariamente en las filas de las FARC. Contó su historia, habló de los niños y niñas que murieron a su lado por esa guerra injusta que nunca llegaron a entender del todo. El miedo y las amenazas contra su familia fueron el motor de su permanencia. La falta de opciones, la causa de una infancia perdida en el silencio de la selva.
Dos años después, canta para olvidar. Canta para dar su mensaje de perdón y paz. Así lo hacen los otros once integrantes de “Canta Conmigo” que han iniciado su gira por Europa en Londres y que vestidos de negro, esperan en las primeras filas del público su turno para cantar. Comienza su balada rockera con una voz que sorprende, que enternece. Es inevitable la sensación de impotencia y a la vez, de emoción. Allí estamos más de cien personas escuchando con el corazón arrugado y la piel erizada esas voces del conflicto.
Continúa Bryan, excombatiente de las AUC, que a ritmo de vallenato rockero nos saca de la timidez a punta de palmas y siguiendo sus coros. La mayoría de las canciones son composiciones propias, muchas de ellas inspiradas en las selvas y montañas colombianas. El que sigue, un moreno alto y de sonrisa blanca y amable, cuenta su primera noche en el monte. Tendió su hamaca donde mejor pudo y no pegó el ojo en toda la noche por culpa de una raíz que se incrustaba en su espalda. Hoy nos dice que ha arrancado esa raíz de su pasado, para sembrar de nuevo el árbol de esa nueva vida que él mismo ha escogido.
Uno tras de otro, excombatientes y vecinos de los barrios donde éstos viven ahora, cuentan su historia y prosiguen con el canto. El coctel de emociones entre la efusividad de esas vidas que parecen propias, porque todos hemos sufrido el conflicto de alguna forma, y la añoranza de esa patria que tanto duele, refuerza mi ya aguda “saudade” navideña. Pero sí, como dice Diana, estamos bien. Tenemos lo que necesitamos en el momento que debemos tenerlo. No importa cuán difícil sea la experiencia siempre y cuando la podamos superar y aprender de ella.
La velada termina con una canción grupal. Todos ellos cantan esperanza. Desde el público les ovacionamos de pie y vibramos con esa mezcla de sensaciones que solo puede producir un sinnúmero de historias de vida que pudieron ser las nuestras. Somos afortunados, a nuestra manera, de tener tantas cosas cada día. Tenemos el amor de una familia maravillosa, la amistad de los hermanos escogidos, la capacidad de trabajar para alcanzar nuestros sueños y ayudar en los de muchos otros, y mucho amor para dar y regalar.
Esta noche, aunque no les cante (por su propio bien auditivo) llevo la voz cantante de esa Colombia que siempre vive en mí y que no olvido en ningún momento. Además, tengo la foto con Su Majestad “Papito” y con Andrés Cepeda, y como no, a ustedes, mis lectores favoritos. Qué más le puedo pedir a la vida. Definitivamente SÍ: ¡Estamos bien!
Madrid, 10 de diciembre de 2009
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