sábado, 5 de junio de 2010

XXXVII: Que me quiten lo bailao

Un oscuro salón se esconde tras esas dos puertas al final del restaurante. Al calor de un buen riojano de reserva, cenamos las típicas delicias de la España Cañí, mientras intercambiamos los grandes avances del día y algunas cuitas de la filial en Colombia. El mesero de turno, con un chaleco dos tallas menos y con la amenaza permanente de ametrallarnos un botón, después de aprovisionarnos de sendos cafés y flanes caseros, nos reparte los ingresos con el consumo etílico de la noche. Uno per cápita. Pasamos por la vigilada puerta. Una tarima en la esquina alumbrada por luces rojizas y naranjas es lo único que se ve en la lúgubre sala llena de mesas y sillas que parecen apilarse unas encima de otras, con sus ocupantes en ellas. Todo y todos parecen estar listos para el espectáculo. La bohemia se vive entre el tufillo de tabaco y sudor de tantas noches de baile y palma.

Estamos en un tablado. Cenita y flamenco. Típico plan de turista que quiere llevarse algo de la cultura española, o de aquellos nostálgicos de tierras del sur que solo van a por el show. Desde esa primera fila estratégicamente reservada, veo salir al escenario dos guitarristas cuarentones, seguidos del bajista con pinta más rockera que flamenquita y el de la caja de percusión con un extraño tic de parpadeo permanente. Dos cantaores de largos pelos atados en una cola completan el grupo. Ella, ya entradita en años y con una larga cabellera azabache rizada, va de falda negra de boleros con vistosas flores en verdes y rojos que caen en cascada hasta rozar el piso. Él, candonga en oreja, espera un paso detrás vestido con un traje gris platinado que acentúa sus destellos con cada movimiento y ese color canela de las pieles moras típicas del sur.

El cante comienza con la compañía de las palmas. Algunos del público se animan a seguir el ritmo. No es fácil colonizar un oído poco acostumbrado a esos tiempos. El dolor y el amor se entremezclan en una composición de alma gitana que resalta en la penumbra del lugar. El baile comienza con ella. Sus gesticulaciones contrastan con el esfuerzo por respirar entre zapateo, vuelta y palma. Él se une. La idiosincrasia del pueblo gitano se fusiona al tac-tac de esa tabla que resuena cientos de años de una cultura sufrida y ampliamente criticada. Sus caras me dejan sin habla. Sus compases, sin respiración.

Las gotas que caen de los pelos húmedos del bailaor a cada giro me devuelven a la tierra. Aunque no lo parezca estoy en una cena corporativa. Es el cierre de dos días del encuentro de todos los equipos latinoamericanos en Madrid. Es la primera vez que vienen a las oficinas centrales, al meollo del asunto institucional. Pero el verdadero quid está allí, en nuestros países en vía de desarrollo donde hay tanto por hacer. Y eso es lo que más me emociona de este nuevo trabajo al que me he incorporado desde el lunes: su contenido social, la capacidad de tomar decisiones de coordinar y ejecutar proyectos que cambien vidas vulnerables, que nos hagan una mejor sociedad, con la ayuda de las grandes empresas y desde el centro donde todo se gesta. Miles de niños son beneficiarios de los programas de la Fundación y todo su entorno, maestros, ong´s, entidades públicas, organismos internacionales y empresas privadas forman parte de este gran esfuerzo y aúnan sus fuerzas bajo este precioso fin.

Finalmente he logrado la beca que tanto había buscado. Esa que complementara mis ocupaciones de consultora freelance en Comunicación y mis estudios en RSC. Desde el lunes formo parte de una Fundación. Matando varios pájaros de un solo tiro, en esta plaza podré torear diversos temas en los que me serán muy útiles todas mis profesiones. Hablo desde la emoción de los primeros días, desde la felicidad de volver a mis faenas de oficina, de hablar con la gente, de comunicar. Tantos días en el encierro del hogar y el trabajo unipersonal ya me tenían al borde del colapso nervioso, pues la lengua ya me estaba haciendo huelga de hambre y la producción de saliva había decrecido a límites nunca antes vistos. Una prueba de fuego más superada, aunque no de fácil manera.

Allí, desde el emblemático edificio de la Gran Vía madrileña, la Fundación desarrolla su función social en cinco grandes programas. Todos transversalizan sus funciones y actuaciones y requieren de un esfuerzo casi infrahumano para lograr todas las buenas acciones que implementan en toda Latinoamérica, España y algunos países de Europa donde el grupo opera con otras marcas.

Durante esta semana y la próxima se llevarán a cabo varias reuniones de las delegaciones y de todos los programas, así que el escenario ha sido propicio para relanzarme al ruedo de la acción social, pues además de conocer a todo el equipo de trabajo, me entero de la política de cada programa, sus fortalezas y debilidades y la forma como se gestiona en cada país y de cómo podemos colaborar desde el nuestro. Mi jefa me ha comentado lo bien que ha sentado mi llegada en el grupo de trabajo y eso me hace más feliz y me impulsa a darlo todo y a hacer las cosas lo mejor posible.

Poco me importa volver a los madrugones y el corre-corre del agitado metro mañanero, o dejar mis ojos cansados en consultorías de media noche, cuando se trabaja con un sentido más amplio que el mero hecho de ganar dinero para cubrir deseos personales de riqueza y propiedad. Esa nunca he sido yo. Y darle sentido a tanto esfuerzo me llena de buenos argumentos para continuar pese a la adversidad.

Pasito a pasito, un tac-tac tras de otro voy logrando aquello que me hace feliz. Y redescubro grandes significados. A veces giro, a veces zapateo. Tomo aire para continuar el ajetreo. Unas de dolor, otras de alegría. Bulería, bulería. Un Ole! por esta nueva etapa y aquí continuo, como el famoso tema de la mágica guitarra de Paco de Lucía, “entre dos aguas”. Solo que ahora, me bañaré en una y me salpicaré en otra.

Madrid, 25 de noviembre de 2009

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