011. C.e.r.o- O.n.c.e. esa era la respuesta favorita, preferida y única de mi querido padre para todos mis lamentos desde que decidí, hace más de año y medio, quedarme por Madrid. Por ironías de la vida, hoy vuelo a casa, no en ese AV011 sino en el IB6585. Y aún no me lo creo.
La llamada a media madrugada de un par de beodos amigos requiriendo mi presencia en Bogotá de forma “inmediata” desveló esas pocas horas en las que pude acariciar las bondades de Morfeo. Un improperio tras otro provocó la carcajada continua, a más de aumentar la ansiedad por este viaje, que hasta el momento había podido controlar de la mejor manera.
Tras un día de locos, lleno de mil diligencias y bastantes contratiempos, apuré la compra de los encargos de última hora y, después de una merecida (y necesaria) ducha, me dispuse a hacer la maleta, una sola, la única que ahora admite Iberia por una política “ahorrativa” de empresa, que pretende menguar la devastadora crisis (y a su competencia). Más fue la tortura de pasarme de los 23 kilos que lo que realmente empaqué.
Faltan solo treinta minutos para escuchar ese mensaje de bienvenida al “Aeropuerto Internacional El Dorado de la ciudad de Bogotá”, que ya auguraba en pasadas letras. Solo unos breves minutos me separan de ese abrazo, de esa sonrisa, de ese amor con el que siempre me han bendecido mis entrañables parientes y amigos.
No puedo evitar volver a la realidad de este avión con tanta gente ansiosa por llegar. Gracias a esa especial habilidad heredada de mis años en la política que me permite escuchas cinco conversaciones al tiempo, he escuchado historias de tantos colombianos que al igual que yo, se han ido en busca de lo que no siempre se encuentra. Me estremezco.
La cortina de primera clase queda abierta y veo al vicepresidentico Santos salir del baño y el de al lado me pregunta por los resultados de las recientes elecciones. Le dejo caer cinco que seis comentarios del panorama desalentador que nos recuerda el desmadre democrático en el que vivimos, producto de tantos egos enfrentados a diario.
Me da igual. Vuelvo a mi emoción personal, a las ganas de oler la casita, de comer comida de mamá, de ser mimada durante esos pocos días de estancia en el país más maravilloso del mundo. Este viaje es diferente a los otros que ya he hecho anteriormente, siempre por esta época, siempre de afán, siempre en el AV011. Lo siento diferente, pues pese a tener que ir a los 17 médicos habituales, esta vez viajo con la tranquilidad de estar haciéndolo bien, sin necesidad de excusas, sin historias macabras sobre la crudeza de la vida de becaria, sin el miedo a lo que me voy a encontrar, pues sé que todo será muy feliz. Qué ganas tengo de aterrizar.
Vamos con una hora de retraso. Encienden el video que proyecta la cámara ubicada estratégicamente en la cola del avión y veo la aproximación a tierra. Lo confirmo por el bordecito de la ventanilla que el cabezón de al lado ocupa en todo su esplendor. El corazón se me sale del pecho. Solo faltan unos minutos. No puedo esperar más. No nos dan la bienvenida que esperaba, solo la hora local y la temperatura, a más de los agradecimientos protocolarios por “volar con”. No importa. Acá estoy. ¡Qué ganas!
Cielo colombiano, 19 de marzo de 2010
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