sábado, 5 de junio de 2010

XXXIX: DULCE NAVIDAD

Un mordisquito al polvorón. Y vuelvo al sabor de esas lluviosas noches en Alicante. Dulce, arenoso y con un ligero toque de canela. La misma canela que echo de menos de las natillas de mamá y del arequipe casero que bate durante horas la tía Teresa. Apenas he vuelto de allí y encuentro en mi maleta algunos dulces navideños que me han dado para llevar pues fue muy poco tiempo para comerlos todos. Les he dejado hace apenas unas horas y desde ya les echo de menos.

Toda vez que el viaje a la patria se convirtió en un imposible por las tarifas usureras de las aerolíneas, aparecieron mis grandes salvadores: mis ahijados, María José y Manuel, los padres de nuestra futura primogénita. Hace unos meses me convidaron a pasar con ellos la Navidad. Y así fue. Pero ese viaje que se presagiaba bueno desde mucho antes, comenzó siendo una auténtica pesadilla.

Apenas un par de días atrás, el Aeropuerto de Barajas había colapsado producto de una fuerte nevada que azotó a Madrid y que me recordaba esa que les conté hace ya casi un año. Dos días de vuelos represados y unas condiciones climáticas propias de un mundo que llora nuestros excesos significaron ocho horas de mi vida dejadas en las salas de espera de la Terminal 1. Es mi culpa por comprar vuelos de bajo coste, pienso.

No importa. Confirmé mi cada vez más extraña actitud de calma ante la adversidad e intenté no estresarme por una situación que no podía cambiar. Además mi nuevo libro estaba más interesante que la histeria colectiva. Tarde, pero llegué. Tarde pero con nuevos amigos de vuelo. Tarde, pero sana y salva, aunque con algo de vergüenza por esas horas perdidas para mis amables salvadores que esperaron el equivalente en el aeropuerto y sus cercanías.

Una raclette en casa de Guada y Santi y con la amable compañía de toda la nueva familia me devuelve el alma al cuerpo. No solo por la deliciosa comida –que no había probado en todo el día- sino también por la grata sensación de estar en familia. Es mi tercer año lejos de casa en estas épocas. Y la verdad, no logro acostumbrarme a no prender las velitas la noche del siete de diciembre, a la falta de tres novenas por noche con comilonas y bebetas, y de Jorge Barón vestido de blanco a juego con su cabellera, anunciando cuanta agrupación vallenata y de tecno-popó existe, supuestas revelaciones del año, secundados por la patadita de la buena suerte…No, no puedo evitar echarlo de menos.

La ginebra rodaba una tras de otra mientras adelantábamos el cuaderno. También lo hicieron los días siguientes las cervecitas que en la terraza bebíamos cada vez que nos provocaba y las buenas caminatas por Elda mientras hacíamos las compras para la comida de Navidad. Un cevichito peruano y una bandeja paisa con todos los fierros ambientaron la mesa ese 25 de diciembre que es realmente el día importante para celebrar en familia y que fue el ápice de la temporada por tierras valencianas. Qué gusto dar estar con personas que te reciben tan bien y que te hacen sentir como en casa hasta con el más mínimo detalle. Tantos sabores de los platillos preparados con sazón de mamá, tanta atención, tanto cariño, parecieran no merecerse.

También lo amenizó la repartición de regalos que, a pesar de hacerse el día de Reyes, como reza la tradición local, permitió la concesión de hacerlo durante la comida gracias a esa familia española que cada vez se integra más a nuestra colombianidad y que optó por acatar las costumbres bulliciosas de dicho momentum: Del Niño Dios para…Marcelaaaaa!.... Eeeeeeee! Si señoras y señores, llegó el Niño Dios aún estando lejos de Él. Lejos y cerca, porque además de mis lindos regalos también hubo sendas manifestaciones afectuosas del extranjero en forma de giros bancarios que no me caen nada mal para mi próximo viaje, del que hablaré más adelante, así como llamadas y mensajes que me hicieron muy feliz. ¡Qué se lo ponga, que se lo ponga!... qué a gustito tanto desorden con el café y el aguardientito antioqueño digestivo!

La temporada alicantina cerró con broche de oro con la visita de nuestra querida Casitas, con la que una vez más, pudimos conformar el trío maravilla que fuimos otrora en la universidad, tal cual sucedió hace dos navidades en Barcelona. Unas cañitas para ellos, muchas sodas digestivas para mí, y entre chisme y chanza, con la lluvia haciendo eco de fondo, reímos sin parar hasta que hubo que volver para madrugar a viajar.

Faltan solo cinco días para que se acabe este maravilloso año. Otro mordisquito al polvorón y un suspirito por los que no pude abrazar este año. No importa, seguro en este gran 2010 que se avecina podré hacerlo. Al fin y al cabo, como bien lo sabemos, en 365 días pasan muchas cosas.


Madrid, 26 de diciembre de 2009

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