domingo, 19 de julio de 2009

XVIII: Vacaciones de verano para mí

Arteixo, 14, 18, 22 y 24 de julio de 2008

(De a poquitos y cuando hubo ganas y tiempo. ¡OJO! Estos NO son los números recomendados para el Balotto de esta semana)



Entrega Fracturada del Diario de Viaje



VACACIONES DE VERANO PARA MÍ

Decimoctava Crónica de Recolonización




Hoy he vuelto a mi vida real. La de levantarme temprano para ir a la oficina, volver a casita sobre las ocho, hacer de cenar, ver la tele y dormir temprano, para al día siguiente, volver a repetir la misma rutina. Pareciera una queja, pero es solo una observación. La verdad es que me siento muy a gusto en mi entorno, aunque, por motivos de información y entretenimiento, aquí expongo mi querido diario viajero, para que sea leído como y cuando a bien lo tengan, de corrido o por partes, en familia o individualmente, con devolución de observaciones o con apatía de lector (Tan acentuada últimamente). Así, podrán comparar que mi vida de Sor Piedad en Galicia no tiene nada que ver con la juerga veraniega de las demás tierras europeas.


XVIII – 1. DÍGAME MAESTRA: tengo un cartón que lo certifica

Amanece en la soleada Coruña y por fin llega el día que viajo a Pamplona para graduarme. Seis meses de clase en Pamplona, uno en Washington y tres de prácticas en Coruña, así me lo permiten. Un máster rápido pero sustancioso. Se estudiaba de día y la noche se dividía entre las clases, las cañas y el cansancio. Para los que aún no lo creen, sí se estudió y bastante. Tengo testigos que así lo corroboran. Aunque claro, mi palabra debería ser más que suficiente.

Pamplona se alistaba para su gran evento anual, los Sanfermines, una fiesta en la que más allá del tradicional encierro, las corridas de toros con grandes carteles y los habituales saltos desde el monumento, hordas de jóvenes y viejos que visten de blanco con pañuelos rojos atados al cuello, se emborrachan como locos, duermen en las calles y mean en la esquina que más les apetece. La imagen crucial que se emite en los telediarios del mundo entero es la de unas bestias corriendo tras de otras. Así que, querid@ lector(a), ese era el escenario que allí se vivía en cuanto a preparativos se refiere.

Mi gran amiga de la República Bolivariana me recibe en su casa y tras dejar las maletas, nos vamos a dar una vuelta de reconocimiento de territorio. Es la misma ciudad que tantos días de invierno recorrí de arriba abajo. En la noche, me veo con mis antiguas compañeras de piso y con la firme intención de solo tomarnos una, terminamos casi a las cuatro de la mañana, entre el vodka y el rulo. La vida cambia más de lo que uno se imagina en tan solo tres meses. Todas tenemos diferentes perspectivas y la experiencia que hemos vivido juntas, curiosamente, ha pero no ha sido la misma.

Amanece y se hace tarde entre la planchada del pelo, de la ojera y del vestido. Todo perfecto y salimos rumbo a la emblemática Universidad. En el lobby del edificio que nos sirvió como aula nos encontramos con profesores, alumnos y demás familiares que asisten a la ceremonia. Los saludos y abrazos se reparten cual Señorita Colombia, y en el fondo, me siento feliz de volver. Como era de esperarse, primero que todo, celebran una misa. Agradezco esta gran oportunidad y me siento privilegiada. Salimos a un café que nos esperaba fuera de la capilla y ahí continuamos con los saludos de los que llegaron tarde o los que caparon misa, que fueron bastantitos. Salimos hacia el salón en el que se realizaría la ceremonia de graduación en el mítico Edificio Central. Un espacio lleno de obras de arte que cuentan las grandes hazañas de nobles españoles y con unas sillas que cuentan el paso de muchos visitantes y graduandos, que como nosotros, han pasado por esa sala de otrora.

El director del Máster preside. El discurso de inicio le corresponde al padrino de la promoción que abía ganado por elección ese padrinazgo, gracias a un empujoncito de Lobby, y su discurso nos elevó todo tipo de emociones. Luego siguió nuestro compañero de clase “Made in Panama”, delegado del curso, que contextualizó al público con el papel que cada uno tuvo durante este tiempo y de una manera divertida, logró capturar la experiencia de muchos de nosotros, a más de los consejos que tan bien nos sentarán a más de uno. Siguió la decana, el director del programa en Washington y finalmente, el director del Máster. Aunque suene una eternidad, todas las palabras llegaron al alma y en cortos pero sustanciosos discursos, lograron celebrarnos y honrarnos en nuestro día.

Cómo me hubiera gustado tenerlos ahí, viéndome en mi vestidito de marca de la empresa, que mis propios compañeros de oficina me acompañaron a escoger para el gran día. La felicidad era evidente, pero sin ustedes, sin su abrazo y presencia como en otros actos iguales, algo incompleta.

Fuimos a almorzar a un rico restaurante y tras las llamadas de felicitación de la familia y algunos amigos, se procedió a la consabida siesta. La fiesta que se avecinaba en la noche parecía tener la mejor de las pintas, pero todo ello se quedó en veremos, pues muchos habían bebido desde medio día y otros tantos habían vuelto a su casa o estaban con su familia. Muy a las 2 de la mañana estaba en casita de mis venezolanos favoritos, durmiendo como el angelito que soy, pues aparte de todo, el domingo viajábamos a Madrid. Allí me quedaría en casa de Kay, amiguita de Bogotá que no veía hacía ya casi un año, como a muchos de ustedes, con la diferencia que ella vive en Madrid.

Diploma en mano, foto en facebook y todos informados, he cumplido con la misión de lo que inicialmente vine a hacer a España. Ahora continuaré en mis tres meses extra como becaria en la empresa de modas y a la espera de tener una oportunidad que satisfaga mis expectativas profesionales. Aquí o allá. Ya veremos.


XVIII-2. AQUÍ EN LONDRES: Visita a Juandaví

A pasos agigantados recorro el Aeropuerto barajas de Madrid tratando de llegar a tiempo al blanco corcel que me llevará a la tierra del príncipe Carlos, de la finada LadyDi, del Fish & Chips y cómo no, de las variadas cervecitas servidas en “pintas”; en pocas palabras, al Reino Unido de Inglaterra.


En la mañana toda había sido algo caótico. El guayabo, producto de la final de la Eurocopa que arrojó como ganador al país que hoy me alberga había sido motivo suficiente para desocupar hasta el agua de las múltiples estatuas acuáticas que abundan en la capital.




El baño no menguó los calores retenidos de los 43°C de los últimos días. Salí jalando maleta por Sol, la zona histórica del centro de Madrid, y aún algunos beodos fanáticos enarbolaban sus banderas patrias vistiendo las camisetas con el bicolor nacional. Recuerdo los tragos de más, la bailada y la marcha madrileña, pero dejo mis recuerdos rumberos atrás, cuando de vuelta a la vida real siento un líquido calientito que se verte sobre mi pie: Alfie, el can de mis bellos amigos Jose y Kay que tan amablemente me hospedaron en su hogar, acababa de mearme el pie derecho en una clara reclamación por ese espacio que le había arrebatado por dos días en la casa de sus dueños. Me lo merecía, varias veces lo bajé de mi cama, digo, de la de ellos, o de la de él.

Corro al metro, no sin antes juagarme con una botella de agua de 2 euros y la despedida es una vez más difícil y dolorosa. Dejar a los que se quiere y con los que se crece no es fácil. Kaycita, se te extraña un montón. Una vez dentro, encuentro una vieja amiga de la universidad, embarazada y arreglando su regreso a Colombia. Saludos pertinentes, felicidades y variosº, y huyo por la plataforma correspondiente a mi destino.

Después de 45 minutos de tedioso metro, llego a la T2. Corro a la T1, voy sobre el tiempo, pero este par de piernas perniles no me responden como esperaría. Me registro y me dirijo con el tiempo exacto a la sala señalada, que como siempre pasa en estos casos, fue cambiada a último momento por la sala más lejana posible. A punto del preinfarto, ya no siento los pies y la congestión es evidente, pero corono y me encaramo de última, sana y salva.

Cinturón abrochado, zapato afuera (no recomendado), silla enderezada, y de fondo, instrucción de azafata gaga y nasal que no se entiende pero que no me impide caer de inmediato en los brazos de mi amado Morfeo.

Un zangoloteo me devuelve a la vida terrenal y desde la ventanilla veo la islita, verde, inmensa. Valles se entremezclan con pequeñas montañas en un clásico escenario de casas antiguas, castillos de otras vidas y uno que otro bovino rondando. Unos minutos más y el paisaje rural se pierde en las nuevas construcciones de las grandes hazañas del hoy y con esas sobresalientes estructuras emblemáticas que todo viajero visita obligadamente en una ciudad tan turística como Londres.

Mi guapo Juandaví me espera en la estación. Lo veo de lejos. Él no a mí. Lleva su camisa de cuadros, tan de moda por estos días. Grito de la emoción pero mi voz se pierde en la congestionada Victoria Station en plena hora pico. Un abrazo eterno que nos merecíamos hacía tiempo y el confort que solo se siente en brazos de los grandes amigos. Él se apaña con mi maleta y yo me quito la carga de atravesármele a media humanidad con mi torpeza de pueblerina gallega de veinte mil habitantes.

Bus, Tren, Metro, Bus. Juanito se mueve como pez en el agua y yo voy como esposa sometida del Medio Oriente, unos pasos atrás. Se ve gente de todo tipo, de todas las razas, los colores y sabores. No me siento tan diferente, tan turista, como con esa sensación que siempre me deja España. Llegamos a su casa en Hackney, al este de la ciudad. Intercambiamos regalos, chisme va y viene. El hambre acumulada del día entero no me da para más y él me lleva a un restaurante turco. Devoramos todas las delicias del cercano país y luego rematamos tomando las archipopulares pintas de cerveza en una terraza, con un atardecer cálido que cae a nuestra espalda con la extravagancia propia de una ciudad donde cada quien es como quiere ser.



Despierta Londres. Ducha, tenis, gafa de sol y manga sisa para el día más caluroso del verano, como lo habían pronosticado todos los medios de comunicación. Six Pack de cervecita en la maleta y pa´la calle. Subimos al bus de dos pisos y como buen turista, ocupamos la primera fila del segundo nivel. La vista es extraordinaria y la sensación de estar andando en una ciudad al revés es permanente.



Tower Bridge, Tate Museum. El día no puede ser mejor. El clima nos permite estar muy a gustito, sin excesos climáticos de los que tanto cansan. Llegamos al London Bridge y por fin Natalia, el Nat, aparece por el camino que la trae de Guilford, su ciudad de residencia. Otro gran encuentro y creo no merecerme tanta dicha.





Seguimos nuestro camino turístico: London Eye, Big Ben, Abadía de Westminister, Saint James Park y mi más añorado Buckingham Palace (ver foto correspondiente), donde me siento como la reina que soy, me tomo la foto con la autoridad y me pongo la corona que me queda grande. Siendo ya casi las seis, buscamos un rico lugar para almorzar/comer y para matar dos pájaros de un solo tiro, decidimos ir a China Town, pues, como en toda ciudad elegante, siempre hay un barrio chino con restaurante (ojo a la rima).




El pie ampollado hasta más no poderse me obliga a menguar la caminata. Nos sentamos en Covent Garden y vemos la gente pasar. Por mi parte, puedo decir que logré enamorarme en cada esquina. La gente es bonita, muy bonita, unos mas que otros; se visten con estilo y llevan ese dejo de “me importa un culo” que tanto me fascina.

Con los primeros rayos de la luna lunera nos permitimos comenzar la marcha y armamos gavilla. Los amigos del Master de Juan aparecen y terminamos en varios lugares en Soho, Picadilly Circus e intermedias.



Un nuevo día comienza y nos vamos “a conocer”, como dicen las señoras. Candem, Oxford y Regent Street llenas de tiendas de todos los formatos, con turista vario ataviado de bolsas, cámara fotográfica, niño malcriado y citadino local que trata de esquivar la calma del visitante en su camino apurado al despacho.

Aprovechamos la cercanía a un lugar muy recomendado para tomar el té, tradición milenaria de la gente más divinamente, como nosotros. El lugar es un sueño loco. Rococó, modernismo y arte confluyen en un mismo espacio, con una luz minimalista que contrasta con la fina vajilla, de flores para ella, dorada para él, a más de los lujosos baños que quitan cualquier intención de realizar tan bajos oficios, pues las incrustaciones de pedrería, los cristales que hacen las veces de puertas, las luces divinamente pensadas y los grandes acabados arquitectónicos se llevan el primer lugar en atención.



Continuamos nuestro peregrinaje, camino a casa y luego de la consabida arreglada procedemos al karaoke, no sin antes empujarnos un par de laticas de juguito de cebada, para ahorrar adentro. Es la locura. Ellos cantan como desaforados, como el artista que todos llevamos dentro, y ellas bailan como si sus cuerpos no les fueran propios. Se me quedó en la retina una española que pretendía bailar salsa mientras su amigo cantaba La Vida Loca de Ricky Martin. Era tan delgada que un pasito para adelante avecinaba una fractura de cadera.

Procedemos a rematar en uno de los pocos lugares abiertos después de la una de la mañana, pues, contrario a lo que me esperaba, los pubs y bares cierran a las 11 o sobre la una, según la licencia de funcionamiento que hayan adquirido. Claro, los que cierran sobre las cinco, no son de lo más recomendable, pero una vez prendidos, pues qué más da.

Poco tiempo me demoro en notar que el baño, más que ser un lugar para sacar cosas del cuerpo, es un espacio para meterle cosas al cuerpo. Dos veces pasan ofreciéndome aditamentos para una mejor diversión y cuando por fin voy al baño, corroboro mis sospechas. No gracias, y acá no ha pasado nada. Volvemos a casa justo para dormir un poco, hacer la maleta y volar a la cuna de la civilización occidental. Después de una semana volveré a la capital inglesa y allí, tendré algo más de lo que no alcancé a tener en estos tres días. No sé qué…pero la ciudad es grande, las ganas son muchas y el presupuesto muy bajo. Así que seguro con algo damos.


XVIII-3. EN LA RUINA: Atenas y Mykonos



Siglos y siglos de historia nos esperaban en esta cálida ciudad mediterránea. Historia por recrear e historia para luego contar. History and Story. Llegamos para el atardecer que de la mano de nuestro guía de cabecera, Giorgos, nos coge de sorpresa en el equivalente al Monserrate ateniense.



Esta escultura griega, es un amigo de Juan y estudia con él en Londres. Comemos en un chiringuito las delicias locales -algo parecido a un kebab, que está buenísimo- y terminamos la noche recorriendo algunas calles armados de cervezas. Cerca de la media noche, nos vamos para el puerto donde tomaremos el ferry que nos llevará a Mykonos. Seis horas y media de viaje por el Mar Egeo, nos hacen sentir como Leonardo y Kate en Titanic, medidas las proporciones, pero con semejante sueño y cansancio acumulado, qué más da seguir soñando.

Las definiciones de las “clases” que uno compra en el tiquete, permiten saber quién es quién en el barco, y al menos, así nos lo recuerdan las malas horas de sueño y los encargados que de cuando en vez se dan su vuelto para ver qué tal vamos los clientes. Justo antes del amanecer subimos a la cubierta y esperamos esos rayitos de sol tan merecidos después de tanto frío marítimo.





De lejos se ve el trozo de tierra bañado por un espléndido mar azul en el que pasaremos tres días. El sol apenas hace presencia con sus tímidos rayos. Nuestra habitación solo estará lista al medio día y apenas son las siete de la mañana. No nos queda más remedio que comenzar desde ya, la travesía y el reconocimiento de zona. Caminamos todas las tranquilas calles y conocemos nuestro destino viajero. Las construcciones son todas blancas, con azul o rojo. Parecen hechas por el mismo dios, con solo dos pisos y coloridas puertas. Una iglesia en cada esquina y los avisos de los comercios y demás espacios turísticos nos avecinan la juerga. Identificamos los lugares, las discos a las que iremos en la noche.



Pasadas las ocho, por fin logramos encontrar una panadería que nos sirve un desayuno. Cafecito, juguito, panecito y la marcha continúa. Llegan los ardientes rayos de medio día, la hora más esperada de todas y agotados hasta el cogote, por fin nos entregan nuestra habitación. La espera valió la pena. Aunque no era lujosa, tenía la mejor terraza de todas y todo lo que necesitábamos. Un bañito muy limpito, las camas, neverita, tele y el tan necesario aire acondicionado (38°-42° en promedio).



Tras una merecida siesta procedimos a infundarnos el consabido chingue y partimos a la prometedora Paradise Beach, que, para las cuatro o cinco de la tarde, era el equivalente a esas imágenes de Wild On de E! Entertainment Television.

Una playa atestada de gente en bañadores, o con pequeñas piezas de lycra que hacen su equivalente, con cuerpos dorados e irresistibles, que se explayaban de lado a lado de la delgada franja arenosa al punto de llegar muchos hasta enfriarse las pezuñas en aguas mediterráneas.



En el centro de todo, estaba Tropicana, un bar con diyei u DJ que en sus tangas multicolores todos los días ofrece gran animación al mejor estilo discotequero de los noventas y que además, cuenta con el plus de saludar a los beodos turistas en su propia lengua tras preguntarles su país de origen. Da igual lunes o martes. Las vacaciones son lo mismo cualquier día de la semana. Aún guardo la gran sospecha que es uno de esos que hizo prácticas en Radioactiva o La Mega y encontró la cumbre de su carrera en una de las miles islas griegas. Al menos me gusta mi teoría.

En este lugar el licor no corre en vasos sino en jarras. No importa si es margarita, mojito o cerveza. Alcohol, cigarro, música y gente bonita. Es uno de esos escenarios que más que invitar a unirse, asustan un poco. Debo aceptar que los tíos en tanga, por más que estén buenos, aún me repelen. Prefiero no tener la tentación de ver lo evidente, de verles sus cosas. Son algo amenazantes.

El éxito de verano suena de fondo y nos disponemos a salir de esta paradisíaca playa, cansados ya de tanto paraíso, cuando, entre la arena y la chancla, me pierdo de Juan. Intentar salir era como sentirse atraída de vuelta por manos que me halaban al mismo centro del parrandón. Debo aparecer en las fotos de varios excursionistas italianos, los más cachondos de todos, me bañaron en cerveza y me gané más de un piropo bien cachondo. Por fin me encuentro con mi Olafito y tras la consabida pelea después de media hora de búsqueda nos vamos a la casita y rematamos con la botella de champaña (si Juan, ya sé que no era cava) y otrita de vinaco rosadito, como el cielo que tenía ese sol que con sus dorados rayitos nos bañó y que cae lentamente en el horizonte que tan perfectamente se divisa desde nuestra terraza. Recordamos los amigos comunes y una vez más, comentamos lo increíble que se siente estar sentados ahí, en Mykonos, en un lugar de esos que uno nunca cree que va a conocer, y con ello, en la falta que nos hacen.



La rutina de la arreglada, en medio de la borrachera fue bastante divertida. Un improperio tras otro y como era de esperarse, sin haber comido nada, la prendida estaba cada vez más cruda. Volamos en el mágico mundo nocturno de viernes en la noche y seguimos las hordas de turistas muy bien arreglados que parecieran caminar siempre hacia el mismo lado. Paramos en el restaurante que más griego nos pareció y tratando de conocer las gastronomías culturales, cometimos el error de pedir los únicos dos platos que en el menú internacional, aún conservaban su nombre griego. Pues bien, no terminó siendo más que una lasagna de carne y un molde de puré, berenjena y carne. Aprovechamos la terracita, mientras voy al baño Juan hace amigas vecinas de mesa y de ahí partimos a dar la consabida vuelta.

La dinámica era sencilla. Tienda: se compra cerveza. Calles: caminar. Cansancio: andén para las nalgas sentar. Y vuelve el ciclo a repetirse. Hasta que logramos emparejar la embriaguez que nos llevaba por las calles con impulso e instinto, decidimos acampar en otra terracita, que para este punto, ya estará muy claro que todo son terracitas, y más en verano.

Cuando por fin la fiesta se prende, entramos a la disco y nos dedicamos a sudar nuestros grados de licor a punta de baile. Conocimos mucha gente muy bonita y muy amable. Qué más se puede pedir. Llegamos sobre las cinco y al otro día, como bien lo merecíamos, dormimos unas pocas horas para seguirla en otra playa, esta vez, en Ornos, otra ciudad cercana, a unos 20 minutos del centro de Mykonos. A diferencia de Paradise, esta playita era el dechado de tranquilidad de ambiente familiar perfecto para pasar la resaca con un poco más de cerveza, helado y bañito de sales. Luego volvimos al hotel con la firme intención de alquilar una motico para ir de paseo pero nos enredamos y total, terminamos volviendo en bus a Paradise. Un poco más de lo mismo del día anterior. Esta vez, sin embargo, sí nos apoderamos de un par de mojitos y sillas decentes y pudimos descansar, leer y ver a los apetecibles vecinos que nos rodeaban.

Cuando ya fue suficiente y pertinente, emigramos al hotel. Cenamos, arregladita y a callejear en nuestra última noche en la isla. Más fiesta, más rumba, más travestis, más gente guapa, más licor y más excesos. El amanecer nos pegó en el puerto, justo a una cuadra de la última disco de la que nos echaron y bueno, para no hacer más larga la historia, llegamos apenas para tomar un bañito, hacer la maleta y salir corriendo al puerto, pues el ferry que debíamos tomar salía muy a las 8 am.

Sentados en el andencito lo vimos llegar y esta vez, el viaje se hizo menos largo porque pudimos ubicarnos mejor y dormir, a pesar de las señoras gritonas, el señor que tocaba el banjo en una sala donde todos dormíamos y la señora africana que hablaba en lenguas por su móvil.

En Atenas de vuelta pasado el medio día llegamos a casa de Giorgos y tras acicalarnos un poco, partimos a una playa de esas que solo los nativos conocen y aunque no lo crean, hice algo riesgoso: me clave de patas en el mar desde una roca a no más de cinco metros. Para mi, esto es más extremo que todo lo que he hecho en la vida. Tras el consabido baño intestinal que produce un salto de este tipo, procedimos al bronceo.



Ya en la noche comimos algo y partimos de juerga a conocer la vida nocturna de la capital griega un domingo. Y créanme, es mucho más movida de lo que me imaginé. No demoramos mucho en ello pues, como era debido, queríamos aprovechar el día para conocer las afamadas ruinas de la Acrópolis. Y así lo hicimos muy a medio día, muy mala decisión.



El sol golpeaba con sus 42°C nuestras cansadas espaldas y la escalada era grave en tales circunstancias, y más, si seguíamos a alguno de esos grupos de turistas que caminan como paticos detrás de su guía pago o intentábamos tomar una foto en algún espacio perfecto de esos donde la multitud siempre se aglutina. Pero la meta era fija. La Acrópolis incrustada en esa montaña se veía imponente y sus murallas clamaban a gritos que descubriéramos sus secretos milenarios.

La tarde tan histórica contrasta con nuestra noche de juerga que nos hace terminar tomando cerveza en un andén, práctica más común que extraña entre los nativos. Conocemos muchas personas que pasan por esta zona de Colonaki y que con sorpresa reciben siempre la respuesta a la pregunta por nuestra nacionalidad. Claro, un par de colombianos no tienen mucho qué ir a hacer por allí. En fin.

La mañana nos amanece para estar listos casi sobre el medio día. Partimos con ganas de caminar y así lo hacemos. Como era de esperarse, las ganas de conocimiento histórico se ven menguadas ante la inminente necesidad de shopping. Cinco bolsas de más y nos encontramos con nuestra amiga Danai, otra local que estudia con Juan y que es ahora quien nos hospeda en un piso hermoso que comparte con su hermana, Eva. Ambas muy guapas y majas, se encargaron de hacernos muy felices durante nuestra estadía.

Volvemos a las ruinas y visitamos el Templo de Efesios que habíamos omitido el día anterior, así como otras construcciones de la época y otras un poco más jóvenes. Paramos casi cada hora por algo de beber pues el pesado sol de 41°C nos lleva con el impulso de dromedarios pero tampoco nos da para tanto.



Casi sobre las ocho volvemos a casa a degustar la famosa pasta bolognesa griega, cuyo toque secreto es la canela y los clavos. Par ouzos, el licor local, que es lo más parecido a un aguardientico de nuestra entrañable patria y después de la probadita de amabilidad, nos pasamos a la afamada sangría de caja.

Salimos de nuevo de juerga, es martes, pero nuevamente, eso allí no importa. Llegamos a Ruta 65, un bar que queda en la azotea de un edificio y que está a reventar. Cerveza a siete euros y después de pagarla y consumirla, salimos disparados. Otra disco, nada muy guay, así que vamos a otro lugar. Y así pasamos dos horas de marcha hasta que terminamos cerca de Monasteraki en un bar que en vez de sillas tenía unas cómodas camas. El cansancio es más que notorio; Juan bebe coca cola y yo una cerveza. Partimos sobre las cuatro a casa y dormimos como los angelitos que somos pues, sobre el medio día de mañana, estaremos volando de vuelta a Londres.

Mykonos es un lugar muy sexy, la gente es bella, la isla maravillosa. La sensación de sentirse vedette de Hollywood es inevitable (aunque con 30 centímetros menos de estatura y 30 kilos más). Mentiría si dijera que no me gusta, pero mentiría más si aceptara que podría pasar más de una semana allí, rodeada de tanto lujo y perfección. En contraste, Atenas es histórica, es colonial, es turística, es punk y a la vez conservadora. Cada piedra, cada columna, conserva la historia de todas las generaciones que han pasado por allí. El desarrollo no ha devastado con su mano invisible siglos y siglos de perfección. Es una ciudad que cuenta la grandeza de una civilización aventajada, creadora de muchas de las bases de lo que hoy somos. Qué gusto da haber podido ir y qué ganas dan de volver.


XVIII-4. BACK TO LONDON
Segunda Parte

Londres de vuelta nos dio un poco más de todo. Llegamos tan cansados que apenas pudimos enfundarnos el pijama y meternos a la cama. Creo que fue el único día que no salimos. Lo cambiamos por el Internet que teníamos abandonado desde hacía tanto. Colgamos fotos, intercambiamos chisme y a seguir durmiendo.

Un nuevo día y ya solo quedan pocos. Vamos al legendario Meridiano de Greenwich, punto geográfico que divide a la tierra en hemisferio oriental y occidental. Hacemos la fila, tomamos la foto, entramos al museo. Nos divertimos como enanos. Aprovechando la cercanía, vamos a The City, el emporio oficinístico por excelencia de Londres, donde se mueve todo el dinero, donde está el poder. Busco marido en casa esquina y mejor paso de tanta corbata. Caminamos hasta la calle donde está el restaurante indio del que teníamos antojo, y luego de currys y otras condimentadas delicias, entramos a las exposiciones de fin de curso de los colleges y universidades de la zona, que incluían bebidas gratis y una muestra artística tan variada como la pinta de los asistentes. La llenura no da para beber gratis pero sí para caminar con gusto entre las exposiciones.

Volvemos a casa para cambiarnos de afán, pues queríamos conocer un lugar que está supuestamente debajo de una estación de metro y del cual se habían escuchado muchos comentarios por su rareza. El lugar parece de esos a donde uno lleva al pioresnada para que nadie lo vea a uno mal acompañado. La humedad golpea con fuerza en la nariz y la oscuridad obliga a forzar la vista. Un carrito de esos pequeños que abundan en las construcciones o en los aeropuertos lleva a borrachines de lado a lado del lugar. En un ala, varios beodos son preparados para hacer saltos con arnés por una cuerda que alcanza los diez metros en bajada; mesas de billar, una mini cancha de fútbol y hasta un piano. Los diversos ambientes nos hacen recrear fiestas de sala en la casa de un desconocido y a la larga terminamos sentados viendo gente pasar.

De vuelta tomamos el bus y solo había puesto disponible en la silla de los músicos. Allí fuimos a dar y solo una parada después se sube este ser cuyo estado no daba mucho qué desear y, sentado al lado de Juan, procede a dormirse en su hombro. Tomamos fotos y tal es la algarabía del borracho arrunchado que todo el bus disfruta a costa del pobre hombre. Reímos durante todo el trayecto y el cansancio nos invade al llegar a casa.

Madrugamos para ir a la universidad de Juan y aprovechamos para andar en la zona más pija, gomela u pupy, donde están las grandes tiendas de los mejores diseñadores y marcas. Nos encontramos con Nat, tomamos cafecito y pasamos una tarde muy tranquila caminando y caminando.

En la noche terminamos en el bar de una colombiana que trata de imitar al mítico Andrés Carne de Res con trastos y vejestorios alrededor. Una burra esquinera mastica eternamente una zanahoria que nunca se acaba y la gente baila desprevenida como si el cabrón de la esquina no la mirara. Rematamos en el lugar de siempre, pero esta vez, el fin de semana se nota y la afluencia de gente con ganas de pasarla bien es evidente.

Último día completo en la capital inglesa. Paseos, vueltas varias, diligencias. Grabo el video que debo enviar a tiempo para los quince años de mi prima y trato de enviarlo por el mejor medio disponible. Se logra y sigo con el día en medio de una multitud ansiosa por acaparar una ciudad que en pleno sábado no puede dar más de sí.

En la tarde nos vemos con Nat para celebrar su cumple y terminamos en un bar llamado Cuba Libre bebiendo mojitos en Happy Hour. La prenda no es normal, tratamos de emparejarla con un kebab y luego de ir a casa para cambiarnos de ropas, terminamos de fiesta cerca de casa. La locura de días anteriores se repite y bueno, qué más da, es la última noche. Trato de disfrutarlo, pero el cansancio no se apiada de mí.

Volvemos a casa, dormimos nuestra última noche juntitos y al otro día tomo el vuelo directo Coruña. El regreso a casa es inminente. Las vacaciones han terminado y con ellas el tiempo con amigos de siempre. Desde mi taxi rumbo a casa, extraño el paisaje ajeno, reconozco el de siempre y vuelvo a mis mejores momentos. Por eso son buenos, porque son únicos y cortos. No mucho para acostumbrarse, ni poco como para quejarse. Vuelvo resignada a la vida gallega y desde aquí trato de recordar lo mejor posible aquello que me hizo tan feliz estas últimas dos semanas.







XVIII-5. ADENDA


Celebro si usted, querid@ lector@ ha llegado de una sola tanda hasta aquí. Eso quiere decir que esto no está tan malo como me imagino. Si lo hizo en dos o tres intentos, también me siento halagada. Lo importante no es demorarse, sino llegar hasta el final.

Juanito, gracias por todo lo queme diste, por todo lo que me oíste y por compartir conmigo estos días tan maravillosos. Por esperarme y esperarme, por cargarme mis maletas y paquetes y por compartir conmigo los tesoros de la comida vernácula en lata. ¡Ah! Te perdono todo lo que me hiciste.

Estas fueron las vacaciones de verano para mí. Espero hayan capturado un poco de las cosas buenas y malas de la vida salvaje en el exterior y vean que, con toda la sinceridad del mundo, esta es la vida que me merezco después de tanta paz gallega. El/La que opine lo contrario, lo reto a darme razones suficientes. Igual, nada pierdo, porque nuevamente en Arteixo, con las fiestas de pueblo veraniego y todo, retomo mi condición de Sor Piedad en Galicia. Y desde aquí, espero encontrar otra historia, que de dentro de poco, me inspire para escribirles algo que aunque no tan largo, refleje un poco de lo que se vive a este lado del charco.

Su humilde servidora, que los extraña y recuerda siempre,




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