domingo, 19 de julio de 2009

XXIII: Madrid en blanco

Crónicas de Recolonización – XXIII

MADRID EN BLANCO

Viernes 9 de enero de 2009


Con la manga de mi abrigo limpio el cristal que me protege de esta ciudad que hoy ha amanecido bañada en blanco. Giro el antebrazo a la altura de mis ojos. Voy en la ruta de bus 114, esa que todas las mañanas en cuestión de veinte minutos, me deja frente al portal del número 7, allí donde trabajo.

Como cualquier día, he puesto los pies en el frío parqué de mi habitación y he intentado caminar sin chocarme con todo el desorden de mi leonera. La ducha calientita no me ha sentado mal, madrugar sí. Salgo a regañadientes, sin desayunar y como si fuera poco, con el deber de pasar por el banco a pagar el alquiler, para luego llegar a tiempo y entregar el consabido resumen de prensa de todas las mañanas.

Abro la puerta del edificio y veo que ha comenzado a nevar. Los coches aparcados están cubiertos de una gruesa capa de producto para raspado[1] y cada quien hace su mejor esfuerzo en la faena callejera. Camino un par de manzanas y descubro que mi elección de calzado fue la peor posible. Vuelvo al piso y opto por unas botas con antideslizante. Armada de sombrero, paraguas, guantes, bufanda y obvio, las botas, salgo a la caza, haciendo mi mejor esfuerzo para no llevar mi plano trasero directico al frío asfalto.

Ya en la fila del bus escucho los anuncios por altavoz:
- “La Empresa de Transporte de Madrid informa a sus usuarios que el servicio a Barcelona, Pamplona, Valencia, Coruña, Murcia, Toledo, Segovia y Universitaria han sido cancelados por el temporal” ; y una no tan noble adenda:
- “También informa que se pueden presentar retrasos en las rutas urbanas habituales”.

¡Coño! Espero no correr con tan mala suerte, pero el llavero con pata de conejo no me llegó este año en el cargamento de los Reyes. Varios compañeros de fila desisten en el intento. Intrépidos pasajeros suben y bajan de todos los buses que circulan por esta estación, una de las principales de Madrid, con ese gesto entre afán y resignación que solo se tiene cuando ya se llega demasiado tarde. Todos los buses llegan y salen, menos el mío, el 114.

No tengo opción. El metro me deja muy lejos. Sigo a la espera. Vamos, que no es tanto tiempo. Aún puedo esperar. Si me ajusto, llego a tiempo con el resumen. Pero no. El más esperado de los desesperados hace su entrada triunfal casi 50 minutos después. Tomo asiento. Me distraigo intentando encender el reproductor de música, regalo del Niño Dios, que ya agotó su batería. Fallo en mi intento. Un grito me vuelve a ese bus de vidrios empañados. Una viejita muy listilla se coló en la fila y un grupo de cinco señoras proceden a gritarle cuán cara dura es. Ella, en su defensa, se dirige a la única con acento extranjero y le dice:

- Y tú por qué mejor no te devuelves a tu país. No vengas al mío a decirme qué hacer.

Un silencio se apodera del bus. Caras de desconcierto y desaprobación acompañadas de un poco de terror. Me pregunto qué sería de un linchamiento urbano en época de guerra blanca y en plena crisis. También me pregunto si la condición de inmigrante la inhabilita para hacer un juicio de valor sobre un comportamiento cívico. La coletas sigue vociferando. Ella iba a trabajar y eso, aparentemente justificaba que se le colara en la cara a 200 parroquianos del mundo que sí hacían la fila. Sigue intentando callar a la dominicana, que ya sentada, también le replica. Por mí, que cierren el hocico las dos.

Salimos de la estación y el panorama es desalentador. Ningún carril se mueve. Esa sola imagen de tráfico genera un único acto: llamar a la oficina a avisar que se llegará tarde. Varias voces suenan repitiendo la misma historia. Como mi jefe está de vacaciones, no tenía que avisarme sino a mí misma. Genial. Pronto escucho la voz de Magdalena, la secretaria de presidencia que también corrió con la misma suerte. Asomo la cabeza y ahí está ella. – Ya te había visto, me dice. Me delató mi paraguas corporativo.

En breves instantes ya varios solitarios pasajeros han hecho la conversa, de a parejas o en grupo. Yo analizo mis opciones: la que tengo al frente se concentra, lápiz divinamente tajado, en una lectura que parece estar editando. Aprovecho mi habilidad para leer documentos al revés y supongo que es una novela. Lleva unas faldas con medias veladas y obvio, no dejo de pensar lo impropio del atuendo para un día como éste. Menos mal no me puse mi faldita nueva de novicia, pienso. El de mi lado derecho finge leer un libro llamado “El Calendario Maya”, pero tras cinco minutos, se decanta por una partidita de póker en el móvil/celular. Compite con una rubia pechugona de pelo corto y atuendo de dominatriz y un tío de gafas de pasta, con pelos parados y playera verde. Son solo animaciones. Frente a él, una chica muy normalita, que no deja de mirarme. Yo lo sé, porque con mi delirio de persecución, aún conservo la mala maña de, como dicen las señoras, “mirar por el rabillo del ojo”. Esa es una de las fallas de esas sillas frente a frente. Terminas siempre inspeccionando hasta el mugre de las uñas del compañero de viaje. Lo mismo pasa en el metro. ¿O seré yo la loca miretas?

Limpio el cristal que se ha vuelto a empañar. No hemos avanzado ni dos metros. Salgo de mis torcidos pensamientos, que son constantes y muchos, y me apetece echar un vistazo a los pacientes del bus. Giro mi cabeza rápidamente y ahí está esa delicia ejecutiva que ante mi rápido girar, esquiva la mirada y “se hace el loco”. Me río para mí misma. Una hora después, hemos llegado a la primera parada. El bus se desocupa a la mitad. La delicia procede a sentarse frente a mí, pero el puesto lo toma otra chica. Parece venezolana. Él se sienta a su lado. Ambos reciben un paraguazo que se me cae de las manos tras un frenazo algunos minutos después. Me pregunto si fue mi in-consciente. Pido disculpas y sigo embelezada con el paisaje.



Blanco, blanco. No se ve más. Coches accidentados, gente intentando caminar por la espesa nieve y filas interminables de vehículos aparcados a lado y lado de todas las vías. Salimos de la autopista, pero el panorama no mejora. Pasan 30 minutos más y aún sigo atascada en un tráfico imposible de derretir. A la altura de Arturo Soria, comienzo a ver buses, que también se han aparcado a lo largo de la avenida. ¡Qué putada!, pienso.

Pero no. La verdadera pesadilla comenzó cuando, a medio camino, en la mitad de la nada, el conductor decidió también terminar con la ruta. Abrió las puertas y los ánimos, aunque caldeados, eran de resignación. Muchos no sabían ni dónde estaban. Muchos no podían cruzar la avenida para tomar un bus de vuelta. Daba igual, ningún bus cubriría ninguna ruta. Paraguas abiertos, botas de pantalones levantadas y a la marcha. Yo, algo taimada, aún guardaba la esperanza de que no fuera cierto. Ya eran las once y media de la mañana. Con los pies asomados a punto de bajarme, tengo la sensación de lazarme al vacío en una de esas aventuras de reality en isla paradisíaca. Pero no.

Me lanzo al vacío y en menos de nada tengo nieve hasta en la última curvatura de la oreja. Magdalena, la secretaria de presidencia me propone devolvernos a casa. Claro que no. Si recién operada de los cordales, a mis 13 años, había ido al colegio por orden del seno paterno, podía con esto y con mucho más. “La varicela no es motivo para faltar a clase”. ¡Ja!, don Ricardo, realmente criaste gente responsable. La animo a seguir adelante. Al fin y al cabo solo sería una caminata de media hora. Y sí, las estadísticas no fallan. De cada cinco pasos, al menos se tiene una resbalada. De cada cincuenta, un atisbo de caída. De cada cien, una desculada lateral. Y mejor no sigo la cuenta. La excursión, aunque divertida, hay que confesarlo, también fue un poco irresponsable. Bueno, para este punto, era irresponsable cualquiera que estuviera en la mera calle.

Nunca el portal de mi querida empresa se me había hecho tan provocativo. Por fin coronamos la expedición del Yeti. El contraste del frío de afuera y el cálido ambiente de oficina se vio reflejado en el dolor de todas las articulaciones, especialmente en los pies que no sentía por sí mismos sino como esquirlas de dolor punzante.

Es tarde. Tarde para desayunar. Tarde para el resumen (que hice en tiempo record de 20 minutos). Tarde para una taza de café recién hecho, pues el ejército de la división de sistemas lo ha agotado. De vuelta a casa, lejos del caos, tomo una sopita que hace las veces de tres comidas en una y con la manta sobre las piernas y la tele encendida en los telediarios que me muestran las mismas imágenes del caos en la capital, escribo estas letras con un poco de ese halo romántico que mi condición tropical aún me permite tener sobre la nieve tras haber coronado un día más en la blanca Madrid.






[1] Dícese de lo que uno compra en cualquier plaza de pueblo de clima templado o cálido para refrescarse, allí en el trópico. Es un granizado elaborado con hielo recién molido al que se le añade un sirope o anilina de sabores varios (motivo por el cual, el carrito viaja siempre con un séquito de abejas), rematado con leche condensada y palito de madera para su ingesta. Dicho molino está en un carrito que pasea por toda la plaza y va pintado por fuera, generalmente, con el nombre del dueño, terminado con apóstrofe y “s”, v.g., Johnny´s, Pedro´s, Jairo´s.

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