domingo, 19 de julio de 2009

XXII: Tutaina Tuturumá


Crónicas de Recolonización – XXII Versión

TUTAINA
TUTURUMÁNavidad, Nieve y Natilla

Madrid, 6 de enero de 2008.

Desde la ventana del quinto piso izquierdo en la calle Nuñez de Balboa veo nevar por primera vez aquí. Es la casa de mi amiga mexicana y acabo de despertar de una siesta que se me antojó perfecta en ese incómodo sillón después de un delicioso brunch con mimosas. Con medio cuerpo dormido, hago el mejor esfuerzo por incorporarme y estirar mi cuello de sharpei hasta rozar la punta de mi helada nariz con el cristal. En efecto, los rayos de sol dejaban ver a contraluz ese espectáculo de minúsculas lágrimas blancas que escapaban del cielo para terminar rotas en el piso y así, convertirse en la trampa mortal de los culos mojados, esa trampa que el mío conoce muy bien.

Oficialmente hoy terminan las fiestas navideñas. Lo tengo muy presente porque mañana mismo comienzan las rebajas. Y aún con la nostalgia que me deja mi condición de expatriada, de no haber corrido faltando cinco pa´ las doce a abrazar a mi mamá, de no pasar todo el mes de ventas en la empresa familiar reafirmando por qué no quiero tener hijos por lo pronto, de haber pasado diciembre invicta de tamal, buñuelo y pernil de cerdo, de no escuchar el “mamá dónde están los juguetes” en su versión ochentera ni los aguinaldos con Tropicana, de no haber visto canastados de cuco-suerte amarillo por toda la carrera 13, así como ni la propaganda radial de Las Gatas que los anuncian año tras año sin cambio musical alguno, y claro está, sin el regaño maternal básico por cantar la versión porno-española de Los Pastores de Belén en cada novena familiar con la presencia de menores (si me llamas te la canto a viva voz), aún sin todo ello, me sentí feliz y con mucho qué agradecer por todo ese 2008 maravilloso que apenas nos pasó por encima.

Ese año, mi segundo lejos de casa por estas fechas, tuve la fortuna de estar rodeada de gente maravillosa y durante una semana, por algunos valientes de mi familia: mis abuelos, mis tías y su prole, es decir, una docena de parientes, arribaron a la capital española el 23 de diciembre y con ellos, gran parte del significado familiar de la navidad. Parece que la coraza que se fabrica para evitar esa ausencia de una parte tan importante de nuestras vidas, de la familia, no es más que eso, una frágil capita de autosuficiencia que se rompe con tan solo un abrazo. Estuvimos en Madrid, Toledo, Segovia y Barcelona en una semana inolvidable. Volver a sentir ese calorcito y esa protección tan propia del nidito, no estuvo para nada mal.

La Nochebuena nos cogió desprevenidos, recién llegados a casa después de un largo día de paseo y sin las más mínimas ganas de cocinar. Salimos del paso con algunos pinchos de tortilla, chorizo, jamón, salmón y otras delicias y tuvimos un emotivo momento cuando cada quien elevó su copa para compartir un brindis. Al fin y al cabo, estábamos juntos y felices.

Entre el trabajo, el corre-corre de fin de año y demás cuestiones mi diario vivir, no pude atenderlos tan bien como me hubiera gustado, pero sé que ellos pudieron compartir, conocer y entender algo de mi vida en Madrid y quedarse con todo mi cariñito y amor. Además, cuatro ciudades en seis días no está nada mal, ¿no?

Si tuviera un poco más de tiempo y de disposición por la escritura podría escribir más de cada una de estas maravillosas ciudades, cada una daría para una crónica de esas que les enviaba al mero comienzo de esta entrega de las crónicas de recolonización.

En teoría, viajaba a Paris para pasar el Año Nuevo con todos los parientes viajeros, pero, una vez más mi condición de expatriada truncó mis planes malévolos de ver la Torre Eiffel y sus famosos fuegos artificiales de fin de año (bueno, hay que confesarlo, a verificar las inversiones en un par de modelitos parisinos que tampoco me sentaba mal, ¿no?)

Como mi número de identidad de extranjería –NIE- apenas entró a proceso de renovación el 19 de diciembre, no tengo la posibilidad de salir de España, a no ser de que saque una autorización de regreso, para la cual, es necesario solicitar una cita con mes y medio de antelación. Esto, a tan solo un par de semanas de mi viaje, claramente, no me favoreció y así las cosas, tuve que perder mi tiquete y mis ilusiones de ir a la ciudad luz.

A tan solo un par de días del cambio de año, me uní a los planes que mis Latin Queens habían organizads con nuestros amiguillos alemanes y aprovechando la visita de mi amigo Aivan y sus dos amigas del Máster que estudian en Francia, decidimos unir los grupos en una cena de fin de año que nos quedó de rechupete a las cocineras estrella. La sola idea de pasar la noche con una pizza congelada, me irizaba hasta el último pelo, así que, procedimos a preparar durante toda la tarde varios platillos en compañía de un par de botellitas de cava. Hicimos la cena en el barrio de La Latina, muy cerca de donde sería nuestro destino de la media noche, el famoso Reloj de Sol, donde es tradición vivir los doce campanazos del reloj más elevado de la zona, para celebrar en compañía de conocidos, extraños, vendedores ambulantes y policías la llegada de otros 365 días.



Con la cava divinamente encaletada entre el abrigo y un poco de malicia indígena, logramos ingresar con nuestras uvitas y copitas al meollo del asunto justo unos breves minutos antes de que comenzara todo. La alegría era contagiosa, los buenos deseos se materializaban en palabras, besos y abrazos que indiscriminadamente se veían por todas partes, la pólvora reventaba el cielo con lucecillas de muchos colores y los rezagos de la lluvia de cava llegaban a nuestras cabezas intermitentemente, en lo que entonábamos canciones típicas de estos momentos sentidos: me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra; entre otros grandes temas de la música colombiana que acompaña los previos, durantes y después de Jorge Barón y su show en “vivo”, con Tupamaros y Los Alfa Ocho en traje de luces.



Cuando las máquinas de la limpieza comenzaban su triunfal llegada, procedimos a caminar hasta la zona fiestera. La cuenta de las copas se me perdió, pues intentaba cumplir la promesa de tomarme un traguito por cada uno de los ausentes. Solo por eso lo hice. Muy a las siete y ya agonizando, volvimos a casa para un merecido descanso.

Si las cavañuelas campesinas apuntan en lo cierto y trascienden las predicciones climáticas, mi año 2009 será uno de los más movidos. El primero de enero salí a teatro a ver una obra maravillosa y luego, a llevar a los turistas a por tapas, cañas, churros y sangrías; el segundo me cogió trabajando de sol a sol y dejando a Aivan en el aeropuerto; el tres haciendo ajiaco en mi casita, cumpliendo el gran antojo que me traía desde que pensaba que volvería pronto al terruño, en compañía de mis buenos amigos y una que otra cañita. El cuatro se pasó entre diligencias, caminatas y shopping; y el cinco me dejó más trabajo y juicio que nunca. Esta semana es, claramente, un poco de lo que hace parte de mi vida por estos lares, un poquito de todo.

Extrañé las costumbres, extrañé las novenas. Extrañé muchas cosas alimenticias, fiesteras y materiales. Extrañé estar en la gran convención de Tellos allí en el Tolima, con piscina, ping-pong, bebetas, charlas y excursiones. Pero sin duda, lo que más se extraña por estas fechas son los besos y abrazos de los que queremos y más sentimos cerca. Este año conté con la bendición de tener parte de mi familia de Colombia acá. También, de seguir contando con la familia que este país me ha dado, mis grandes amigos de todos los lugares del mundo. No puedo estar más agradecida.

El pronóstico del telediario no es muy bueno para esta semana. Las temperaturas seguirán bajando y continuará nevando en bastantes lugares de la geografía local. La llegada de los Reyes trae los temidos grados menos cero y ya con mi buena colección de sombreros y bufandas, de bocadillos, arequipes, sopas y chocorramos enviados del hogar, y de la provisión de gas, que menos mal no viene de Rusia, me dispongo a llevar a feliz término este invierno, no sin antes recordarles que dondequiera que esté, siempre tendrán un lugarcito en mi casa y un lugarzote en mi corazón.

Felíz 2009.


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