domingo, 19 de julio de 2009

XXV: El puerto del águila

Crónica de Recolonización XXV
EL PUERTO DEL ÁGUILA



Aún intento recuperarme de ese fin de semana. Me esfuerzo por tratar de respirar el mismo aire fresco de tan encantador lugar y de no olvidar nunca sus atardeceres. Vuelvo a Llerena, en la Baja Extremadura, al extremo suroeste de España. Es el centro económico de la Comarca de la Campiña, pues tiene el privilegio de hallarse equidistante de 20 municipios. Su gente es amable y en sus sonrisas se nota la buena vida que el campo da. El centro del pueblo es blanco como las nubes escasas del azul e intenso cielo. En tan solo unas pocas manzanas, se agrupa todo tipo de comercio y de facilidades que se pueden necesitar para vivir.



Apenas medio día y las cinco horas de viaje en coche nos obligan, casi por tortura, a tomar unas cervecitas ahí, en la plaza del pueblo que fungiría como punto de encuentro. Aquella madrugada, desperté muy temprano aún. Con apenas dos horas de sueño, debía alistarme a tiempo para tomar el primer bus del día y llegar a la Plaza de Toros de Las Ventas, que pese a vivir muy cerca de ella, apenas un par de días antes la había visto por primera vez, con su majestuosidad e imponencia. La noche había sido muy larga, pues esta vida de proletaria no me da para más. Como había pedido el viernes libre, el jueves salí a las 11pm dejando todo listo. Tenía que lavar, ordenar, terminar de desempacar lo de la mudanza y empacar mi maleta para lo que sería, uno de los mejores fines de semana por estas tierras.

Allí, en Ventas, fue nuestro punto de encuentro para viajar con Amalia, mi compi de trabajo, copas y playa en Coruña y su novio. La convocatoria fue extendida a unos cuantos de la compañía y a algunos amigos extremeños.


Llegamos al Puerto del Águila. Su blanca entrada, muy cerca de la carretera, recordaba las grandes haciendas de tiempos inmemorables. La construcción, con varias décadas encima, parecía recién inaugurada. Todas las habitaciones llevaban a una siguiente habitación y los pasillos nos perdían entre antigüedades y reliquias familiares. Un cuadro con el árbol genealógico de los dueños de casa pendía de una de los corredores, recordando un antepasado ilustre. (Amalí, que no te hago propaganda ¿eh?, tu siempre serás una princess para mí). Tiene su propia capilla, en la que hasta hace relativamente poco aún se oficiaba la Santa Misa para propios y vecinos.

Habíamos entrado por la parte de atrás, pues habíamos aparcado en lo que otrora fuera el establo. Los caballos, a medio ensillar, esperaban ansiosos a la sombra para ser montados en la tarde. Del otro lado, una imponente fachada en blanco le hacía sombra al patio central en el que reposaba una mesa metálica blanca de jardín, con sus cuatro sillas.

Conocimos a los colaboradores de la finca. Ella estaba apurada en alistar las camas para todos los visitantes que habían confirmado su llegada. Él se había quedado con los caballos y verificando los arreglos que le hacían a la fachada de la casa. La cocina, en la segunda planta, despedía un olor a comida de mamá que nos abrió el apetito de inmediato. El platillo de bienvenida era un cocido extremeño: garbanzos, chorizo, morcilla, tocino y carne de cerdo habían sido fusionados en una mezcla exquisita para el paladar (Y que conste que no como garbanzos).

Salimos al pueblo a hacer la compra de lo que faltaba y a dar una vuelta para conocer un poco más. Seis seres halando un carrito de la compra y echando en él cuanta cosa se nos atravesaba. No pude evitar pensar en las compras familiares de otros tiempos, cuando era joven, todos los sábados. Pasamos al pueblo a buscar insumos etílicos y cómo no, hubo que amainar la sed y el cansancio que produce todo ese follón de la compra con una cervecita en plena plaza. El solecito no se había asomado en meses por nuestras blancas carnes y así las cosas, no había tiempo qué perder.

El hielo que se derretía en el coche no podía esperar por mucho. Así que volvimos pronto. Debajo de la cocina había una habitación llena de embutidos de marranito y ya arriba nos esperaba nuestra propia ración. Después de un aperitivo en terracita al sol, armados de rebujitos fríos con hierbabuena, subimos a la terraza del frente de casa, desde la que se veía todo el valle de Llerena y allí tomamos el delicioso cocido extremeño.



La tarde fue de cabalgata y caminata. El tapete verde de varias tonalidades se extendía más allá de lo que daba la vista y se confundía con los rayos de sol que se reflejaban en el poco caudaloso río. Las demás chicas se habían ido al galope y yo, con los chicos, a pie. Y ya saben cuánto me gusta caminar en el campo. Cuán campestre soy (risas grabadas). Me sentía en pleno reality de esos de vida extrema. Claro, eso en mi mundo exagerado pues como bien saben, me entiendo mejor con el asfalto de la ciudad que con el verde del campo. La verdadera prueba en la que iba a obtener mi inmunidad, lastimosamente no diplomática, era cruzar el río de un solo salto. Y bueno, este par de perniles no es que dieran para mucho y eso de tener 3 esguinces en cada tobillo tampoco me hacía sentir como la campeona mundial de salto largo.

Total, los chicos se apañaron para buscar el mejor lugar para cruzar, el más delgado, y cargaron una roca, grande y pesada, que lanzada a mitad de río, me permitiría cruzar. Y curiosamente, lo hice, solo que caí en un espino, cuyas marcas no se fueron de mis brazos varios días después, no sin antes meter las patas en el rio. Me imaginaba a las chicas dándolo todo a caballo, mientras yo, no hacía más que retrasar la caminata a mis avezados colaboradores de travesía. Vimos cerdos ibéricos andando por ahí en manada con sus apetitosos pernilitos y bueno, esto del aire puro tampoco es que nos sentara tan mal.

Apenas las chicas volvieron en sus pobres animalitos, que a día de hoy me niego a montar, volvimos a casa. Allí, por supuesto, teníamos toda una galería de víveres y viandas que esperaba por nosotros. Cerveza tras cerveza, nos quedamos en la cocina hasta que oscureció y puede ser que por varias horas más. Hicimos varios jueguitos de esos mentales en los que uno termina siempre muy borracho y luego de que las 25 tortillas de patatas que cocinaron los anfitriones estuvieron listas, nos pasamos al gran salón presidido por el cuadro de la doña original dueña de la casa. Allí, guitarra en mano, bebimos cubatas y seguimos de cuento en cuento, en lo que llegaban más y más amigos de nuestros queridos anfitriones. Total, para la cena de media noche ya ocupábamos la mesa principal a tope.

El día dos transcurrió muy similar. Confieso que aunque el campo no es lo mío, la tranquilidad y el buen aire, se agradecen después de tanto caos. Ellas se fueron a darle de mamar a un becerro, cosa que, por mi aversión a la leche, ni de coña quise ver o hacer. Ellos se fueron a montar, otros a lanzar con el arco.

Granada, nos cocinaba un par de cochinillos que habían pasado a mejor vida a primera hora de la mañana y que aún despedían vapor de lo que otrora fueran sus cuerpecitos juguetones. Yo me limité a transportar mi cuerpo decadente a la terraza para allí, apoderarme de las letras de ese libro que quería terminar.



Cuando todos volvieron, tuvimos tres intentos de caminata frustrados. Hacía mucho calor y las amazonas ya estaban de vuelta después de dos horas de paseo. Total, volvimos a la terraza y allí tomamos el aperitivo en lo que estuvieron los puerquitos, que luego disgustamos en la terraza, seguidos de una demostración de tiro con arco. Habiendo reposado salimos de caminata de nuevo, eso sí, armados de vasos, botellas y hielo. Pese al cansancio de mis pobres perniles y a la mala escogencia del atuendo, se caminó, se rió, se charló y se gozó. El cielo de Extremadura nos despidió con sus mejores rosas y violetas y abrimos paso a una noche más de viandas y licor.



El momento cumbre de la noche lo caracterizó un amigo que en compañía de un secuaz, logró apañarse para fabricarse un traje igual al que ostentaba la doña en el cuadro milenario y llegó a sacarnos lágrimas de risa. Guitarra, copitas, baile y más risa, entre juego y juego nos llegó la hora de dormir.

Nuestra última mañana, la del domingo, se enredó entre los quehaceres del desayuno y de acomodar la casa para poder partir de nuevo a nuestra realidad. En la capilla privada de la casa, las chicas y  escribieron su condena, vistiendo los trajes de quien antes fungiera de oficiador de misas. Nos tomamos las fotos oficiales de la visita consular y los de Coruña procedieron a abandonarnos para tomar su vuelo de vuelta. Nosotros terminamos de apañarnos con la recogida y de igual manera, marchamos de vuelta.

El viaje, con el atardecer que caía a nuestra derecha, se hizo menos tedioso al recordar cuánto valió la pena. Cuánto se gozó, cuánto se rió, cuánto se conoció. Estoy más que agradecida por la invitación, por la compañía y cómo no, espero con ansias locas un nuevo encuentro, si no en el Puerto del Águila, en cualquier otro lugar de este país que no deja de sorprenderme.


Comenzada un 16 de febrero de 2009 y terminado casi un mes después.

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