domingo, 19 de julio de 2009

XXVII: Bogotá Vrs. Madrid

Crónicas de Recolonización XXVII

BOGOTÁ VRS MADRID

No hablo de ningún clásico entre los respectivos clubes de fútbol, aunque el pitazo final que anuncia al ganador en este combate de ciudades aún no suene en mi cabeza. Escucho la pregunta más formulada de la temporada: ¿cuándo vas a volver del todo?, en Bogotá y la correspondiente ¿hasta cuándo te quedas?, en Madrid, e insisto: será más fácil predecir el fin de la crisis económica, e inclusive, la nacionalidad del próximo heredero de Brangelina, si es que el divorcio no se aproxima, como me comentó mi fuente más fidedigna, inclusive, los días que Chávez y Uribe permanecerán en el poder.

Acabo de retornar de la Patria Boba a la Madre Patria y cada vez estoy más confundida. Es apenas obvio: en casa lo tengo todo. TODO. La familia, los amigos, la comodidad de una nevera llena y la ropa siempre limpia. Salones de belleza a precio de huevo y una diversión tras otra con le parche (piña) de siempre. Eso, claro está, y mucho, pero mucho, amortttt.

Por otra parte, en Madrid, aunque me vea siempre a gatas para llegar a fin de mes, vivo tranquila y feliz. Me siento segura. No doy explicaciones si entro o salgo, si subo o bajo. No tengo obligaciones, más allá de las laborales y el pago del alquiler. Desayuno con Coca-Cola si me apetece, sin el temor de encontrar una mirada de desaprobación en lo que empino el vaso con ese líquido que pasará por mi disfuncional esófago carmesí. Tomo mis cañitas y como mis tapitas con amigos, trabajo en lo que verdaderamente me gusta y, cómo no, conozco un despliegue de personalidades de nacionalidad varia que me permite incrementar mis banderas de conquistas en el mapamundi del amor. (Retórica papi, ni se te ocurra que sería capaz...)

El día de mi viaje llegó más rápido de lo que me esperaba. Sacar un gran proyecto adelante, como es la Memoria Anual de un holding de más de 150 empresas, me había significado varios días de trasnocho, sacrificio, cafeína y gastritis (causa y efecto). Apenas un par de días antes de tomar ese vuelo de Avianca 011, me percaté de que mis preparativos eran nulos y que en pocas horas, estaría en los brazos de papá y mamá. Así las cosas, y con la ansiedad de volver al terruño aunque fuera solo por dos semanas, no pegué el ojo ni medio minuto completo en las 11 horas de vuelo rumbo al suroeste. Esto, también patrocinado por el bello asiento en la fila 29 que daba justo al frente del lavabo del avión, que no paró de ejercer sus funciones tras las múltiples actividades que ejercían allí los pasajeros. Omito las referencias sensoriales de olfato. Sin comentarios.

En casa me esperaba un ajiaco de media noche que, cuchara en mano, agradecí con lágrima en ojo. La familia me esperaba con la calidez de siempre. El cansancio se disipó entre güisquis y cuitas, pero el sueño me pudo más y como en la infancia, casi me han de llevar en brazos a la cama, a MI CAMA.

Domingo con desayuno lechonero y almuerzo en piqueteadero, combinación suficiente para morir de indigestión en la tarde por cuenta del marrano, la criolla y cuanto tubérculo encontré. Los antojitos no podían cumplirse todos el mismo día, así que decidí llevarlo con calma. Toda la semana transcurrió entre médicos y exámenes por un lado, y almuerzos, cenas y fiestas con amig@s por el otro. Qué bueno ver a la gente que uno tanto quiere y ver que, en la mayoría de los casos, todos están muy bien, o al menos, como siempre estamos, jodidos pero contentos. Si mencionara una a una todas las atenciones que recibí de todos con los que me pude ver, no me alcanzarían ni estas líneas, que sabemos de sobra son bastante largas, para extenderme en gratitud.

El promedio de 4 horas de sueño al día me reventó más mi condición viajera, pero todos los esfuerzos son pocos cuando se vacaciona en la tierrita que nos vio nacer. Todo es felicidad y amor.

El sábado siguiente a mi viaje llegó una amiga que estudió conmigo el máster en Pamplona y quien pasaría una semana allí en la capital. Su visita implicó ceder algunos de mis planes para darle paso al plan turístico, que tampoco me vino del todo mal. Por ejemplo, no conocía, con conciencia adulta, el Museo del Oro, sólo había parado en Guatavita a comprar aguardiente alguna noche de sábado, y ni siquiera había tenido la dicha de sufrir de claustrofobia en la Catedral de Zipaquirá. Ya era Semana Santa, y con eso de las “vacaciones” familiares, aproveché también para saludar a mis tíos y primos del seno materno en Ibagué y para pasar un par de días de relax en la piscinita de Melgar con la familia del seno paterno.

Sentía como si nunca me hubiera ido de allí. La sensación de ver mi vida en Colombia como un observador omnisciente nunca me abandonó. Estar en la casa propia con la impresión de ser visitante, mantener una pelea cazada con mi almohada y colchón que tanto extrañaba porque ya no me gustaban, tener sabores en la boca de comida que se ha comido siempre por primera y última vez en mucho tiempo y, abrazar a todos los que tanto quiero para luego tener que abrazarlos en un “hasta luego” atemporal, me provocó una pelea interna con tantos conflictos e ideas que rebotaban en mi ciclotímica mente, que terminaron, por qué no decirlo, dañando algunos momentos de mi viaje, y por ende, sacándole canas a los más cercanos.

Tuve algunos días con el genio alborotado y otros, más calmados tratando de luchar con mi razón y mi corazón. Mis pobres padres soportaron berrinches varios y bueno, como ya están acostumbrados, los llevaron más que bien. Ahora lo veo como un ataque post-adolescente pasajero. Sin embargo, recuerdo esas palabras pronunciadas de mala hostia y se me arruga el corazón. Hubiera querido no pelear tanto (Excusa pública). ;(

De vuelta a Bogotá, mi último fin de semana pasó volando. Entre las compras del contrabando alimenticio para traer, los encargos y la empacada de maletas, y tantas otras atenciones de familia y amigos, dejé muchas caras por ver y muchos besos por dar (no sean malpensados).

La llegada a Barajas después de 10 horas de vuelo en el pintoresco avión de Avianca solo me recordó el cansancio acumulado de días de juerga física y estrés mental, concentrado, cómo no, en mi maltratada espalda. Pagar el alquiler, lavar los chiros y hacer la compra me trajo de vuelta a esta vida que he escogido por mi propia voluntad y de la que debería quejarme menos. Hago lo que me gusta, vivo bien, disfruto de lo más sencillo de la vida y sin grandes pretensiones, eso sí, con muchas y muy buenas intenciones.

Ya les comentaré en una futura crónica de recolonización, que siempre intento (con paupérrimos resultados) no alargar tanto, sobre el avance de mis negociaciones empresariales y si la vida decide dejarme aquí o llevarme de vuelta a esa tierrita de guaro y guayuco, pariente y amigo cuco, que siempre me recibe tan bien.

Con el amor de siempre,

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