Arteixo, 21 de abril de 2008
El archipopular dicho que en mi patria infiere el “quedar montado” podría aplicarse someramente a mi realidad española. Solo que la casa es un piso alquilado, el carro es un objeto muy útil que no tengo y de la beca solo tengo el título: becaria. Como me lo recuerda mi carné todas las mañanas y todas las tardes cuando lo paso por las puertas de ingreso a mi nuevo empleo y pita desenfrenadamente.
Tras casi quince días de alquilar una pieza, de esas de “eche pa´la pieza”, en el hotel más cercano a la multinacional de modas, ambiente familiar, tv color, sin piscina ni jacuzzi, pero con wi-fi, siga ud., por fin y tras mucho buscar, encontré un piso. Para ser sincera, fue el primer piso que ví, y tras ver muchos tantos más, decidí quedarme con éste. La búsqueda era fácil y cómoda, claro, por Internet todo se ve bello. Pero hay que ir a mirar el barrio, si el arrendador es “gente de bien, gente decente” y contabilizar los consabidos minutos que este par de perniles extra-large deben esforzarse para llegar al laburo. Como aún sigo en la eterna y grata soltería, a más de no haber metido las patas, no tengo que preocuparme por el acceso a parque infantil ni la cercanía de colegio. Solo que cumpla mis expectativas de solterona que con el tiempo se acentúan y dejan en el limbo mi tolerancia juvenil de otros tiempos.
Las arcas, como era de esperarse, se encogieron más pronto de lo planeado, y por obvias razones, el afán de conseguir algo era inmenso. La decisión estaba entre vivir en Coruña y vivir en Arteixo: si vivía en la primera, debía tomar un bello autobús todos los días, ida y vuelta, en un trayecto que unas veces se demora 20 minutos, pero otras hasta una hora; unas veces toma ruta directa, y otra se va por entre los pueblos. Si vivía en Arteixo, tenía que sacrificar las bondades de vivir en una ciudad más grande, y por ende, mi vida social; pero eso me representaba poder dormir hasta una hora más y en la tarde llegar una hora antes a casa. Además, la economía del pueblillo es mejor para el bolsillo criollo, y claro, no tener vida social también.
Total, hice moñona: me quedé con el sueño, el ahorro y el juicio. Claro, ahora pago la cara cuenta del cambio de vida, pues ni Laura Pausini en alarido herido ha podido expresar la soledad de esta domada fiera, con todo y con que Marco se ha marchado para no volver. Bueno, muchos pensarán que es muy positivo, que qué tan bueno tener un tiempo para la introspección, que qué bueno tener un nuevo comienzo, que igual el sacrificio vale la pena.
Y pues sí, con esos y con otros consuelos de novia fea, me he sabido llevar, entre el madrugón y las horas extras no pagas, entre el yogurt con cereal y el comedor de empresa, entre la almohada que me saca el allien que habita en mi cuello y el zapato puntudo pro ampolla.
Los dueños del piso son cartageneros, vaya coincidencia, viven con el hermano de ella, y antes vivían con toda la familia. Llevan cinco años en Coruña y con el trabajo en una peluquería han pagado parte del piso, durante el último año, mientras la hipoteca sigue corriendo mes a mes. Su único hijo, de doce años, se devolvió a Cartagena con su abuela, la mamá de él, pues no quería vivir más acá. La separación de esta y de otras tantas familias me hacen ser más fuerte. Siempre hablo con el de la cafetería, con el barman, con el del aseo. La realidad es la misma: la búsqueda de un mejor futuro, en un país extraño, con costumbres diferentes y una sensación permanente de no ser de aquí ni de allá. La eterna pregunta es si las ganas de triunfar ameritan tanto esfuerzo. Hijos y padres en destinos diferentes, cada quien luchando por lo suyo. A todos nos motiva algo, si no fuera por ello, no tendría sentido todo ésto.
Mis salvadores caribeños me ofrecieron quedarme en el piso mientras ellos emprendían su viaje a Palma de Mallorca, donde trabajarán por los próximos seis meses, durante el verano, para juntar algo más de lo que logran ganar acá. En efecto, me pasé a vivir una semana con ellos: me alimentaron, me sacaron a pasear, me enseñaron todo lo que debía saber de la ciudad, aunque ello me haga ver cual french poodle de señora bien en Multicentro, aunque sin sacar la cara por la ventana del carro para que me diera el viento en las orejas.
En la noche, nos fuimos por fin de “marcha” por A Coruña. Mientras llegaban los amigos de ellos, una pareja de venecos y un par de damiselas de compañía, nos tomamos una cañita (polita) en un bar colombiano, que es, sin mentirles, el equivalente al bar más feo que se puedan imaginar en su vida. Tenía afiches de los primeros discos de artistas salseros varios, por ejemplo, Andy Montañez sin canas, Jerry Rivera sin cara de hombre (sigue de niño) y la Guarachera de Cuba como parte del Gran Combo, sin su copito de nieve.
La mitad de la pared principal que quedaba frente a la barra, había una especie de ruana tricolor que decía en el mismo material “Colombia” en letra chicle y tenía estampada algo que hacía las veces de una chiva rumbera, pero sin Gus. Al fondo, tres trenzas de la prosperidad, como comúnmente se le conocen a los atados de grano vario adherido con colbón uno a otro a una cabulla, y un par de chivas en cerámica, a lado y lado de una cortina de pequeñas piedrecillas que caía de arriba a bajo para entrecerrar una puerta trasera que parecía ser la bodega del licor.
A la dueña/mesera/bartender/dj, sí, todas esas profesiones en una sola, porque así es el colobiano, le llegó su chico al poco tiempo: un grandulón que si fuera actor sería protector del Capitán Garfio, calvo, grandote y gordo, con arete en la oreja izquierda y barba candado, apretado al vacío en una camiseta azul y unos jeans que no dejaban mucho a la imaginación. Como era evidente, llegó a lo que llegó y con una bachata de fondo, comenzaron a darse su bailadita muy en la mitad de la pista, mientras los clientes mirábamos el amacise y esperábamos que nos atendiera con lo ya ordenado. Dos pasitos a un lado y saltico de cadera que parece el reflejo de una pisada, pero no, es parte del baile. Me sorprendió ver la bachata bailadita así no más, pero eso sería apenas el abrebocas de lo que se venía.
Fuimos a un roto que se llamaba “Firmamento” y tenía el techo completamente estrellado para hacer gala de su nombre de casa de citas. La música crossover y las dos cervecitas animaron a este cuerpo que ya con tres fines de semana de encierro, había casi olvidado el ritmo heredado de sus ancestros. Tres chicos llegan a la caza y con bailadito gallego se aproximan con ganas de ligar esa noche. Yo me pregunto si realmente los hombres gallegos, viendo a tres latinas bailar, tienen chance alguno de descrestarlas. Como más bailaba un bebé con el pañal cagado, procedimos a terminar el contenido líquido alemán de la botella verde y nos fuimos a otro lugar.
Esta vez, el bar estaba a varios metros de altura, pues aunque estaba dentro del parking de un concesionario, tenía más o menos la entrada a un cuarto piso. El lugar es redondo completamente y tiene vista a toda la ciudad. Es uno de los tres bares latinos de la ciudad, y según mis cálculos es el bar 3x3: 3 de merengue, 3 de salsa y 3 de bachata. Toda la noche se debatió entre estos tres ritmos del trópico, que eran aprovechados por muchos europeos para ensayar lo que a leguas habían aprendido en largas horas de clase de baile en un salón. Un, dos tres, un dos tres. Las chicas superproducidas lucían vestidos algo cortos para tanta vuelta salsera y ellos, con su zapato de material, recorrían las blancas baldosas dando vueltas, saltos y pasos que solo se ven en Baila Conmigo con Chayanne o en Dirty Dancing con Patrick Swayce.
El show era majestuoso y para qué, pero me morí de la envidia de lo bien que bailaban los presentes. No con esta sabrosura que mi Dios me dio, pero sí con la técnica que unos cuantos euros y mucha paciencia pueden comprar. Se bailó con veneco vario, con colombiano y recordé que hacía ya mucho tiempo no estaba en ese plan rumbero de salsa camará, merengue ripiado y bachata dominicana.
La tarde del sábado mejoró notablemente con la cazuela de mariscos, arrocito con coco (coco de verdad) y patacones que la señora de casa cocinó con la ayuda de estas manos de pianista. El manjar estuvo de rechupete. Me sentí como en casa.
Ya hoy se han marchado y por fin he podido tomar posesión como ama y señora del hogar. Obvio, eso implica ser zoila: soy la que limpia, soy la que cocina, soy la que lava. Acabo de acomodar todo mi trasteo, todo el de dos maletas de mediano tamaño y que me quitó tres horas de lectura o escritura. Noto cuán grande es este piso para una sola persona. Noto la necesidad imperiosa de decirles cuánto los quiero. Me convenzo más y más que prefiero no pasar mi vida lejos de mi familia, de mis amigos que son como familia y de mi país, donde sí me siento propia, donde no atardece a las 10 de “la tarde”, donde los hombres ven más telenovelas que las mujeres, todos andan idiotizados por un enanito paisa mandón y de mal genio y donde caminar por la berma es más común que el vino de palma en carretera del Tolima.
Como ven, ha vuelto mi nostalgia viajera. Esto es duro, pero asumo mi responsabilidad. El trabajo es fácil, pero repetitivo, pues son labores de asistonta que no requieren mayor voltaje ni neurona. Poco a poco se avanza en la cruzada laboral, y para finales de esta odisea en el centro de la moda gallega, se habrá culminado con éxito el plan macabro que tengo planillado con mi Caballito de Troya, mi Cajita de Pandora y mi almanaque Bristol. Todo puede pasar. Amanecerá y veremos.
El archipopular dicho que en mi patria infiere el “quedar montado” podría aplicarse someramente a mi realidad española. Solo que la casa es un piso alquilado, el carro es un objeto muy útil que no tengo y de la beca solo tengo el título: becaria. Como me lo recuerda mi carné todas las mañanas y todas las tardes cuando lo paso por las puertas de ingreso a mi nuevo empleo y pita desenfrenadamente.
Tras casi quince días de alquilar una pieza, de esas de “eche pa´la pieza”, en el hotel más cercano a la multinacional de modas, ambiente familiar, tv color, sin piscina ni jacuzzi, pero con wi-fi, siga ud., por fin y tras mucho buscar, encontré un piso. Para ser sincera, fue el primer piso que ví, y tras ver muchos tantos más, decidí quedarme con éste. La búsqueda era fácil y cómoda, claro, por Internet todo se ve bello. Pero hay que ir a mirar el barrio, si el arrendador es “gente de bien, gente decente” y contabilizar los consabidos minutos que este par de perniles extra-large deben esforzarse para llegar al laburo. Como aún sigo en la eterna y grata soltería, a más de no haber metido las patas, no tengo que preocuparme por el acceso a parque infantil ni la cercanía de colegio. Solo que cumpla mis expectativas de solterona que con el tiempo se acentúan y dejan en el limbo mi tolerancia juvenil de otros tiempos.
Las arcas, como era de esperarse, se encogieron más pronto de lo planeado, y por obvias razones, el afán de conseguir algo era inmenso. La decisión estaba entre vivir en Coruña y vivir en Arteixo: si vivía en la primera, debía tomar un bello autobús todos los días, ida y vuelta, en un trayecto que unas veces se demora 20 minutos, pero otras hasta una hora; unas veces toma ruta directa, y otra se va por entre los pueblos. Si vivía en Arteixo, tenía que sacrificar las bondades de vivir en una ciudad más grande, y por ende, mi vida social; pero eso me representaba poder dormir hasta una hora más y en la tarde llegar una hora antes a casa. Además, la economía del pueblillo es mejor para el bolsillo criollo, y claro, no tener vida social también.
Total, hice moñona: me quedé con el sueño, el ahorro y el juicio. Claro, ahora pago la cara cuenta del cambio de vida, pues ni Laura Pausini en alarido herido ha podido expresar la soledad de esta domada fiera, con todo y con que Marco se ha marchado para no volver. Bueno, muchos pensarán que es muy positivo, que qué tan bueno tener un tiempo para la introspección, que qué bueno tener un nuevo comienzo, que igual el sacrificio vale la pena.
Y pues sí, con esos y con otros consuelos de novia fea, me he sabido llevar, entre el madrugón y las horas extras no pagas, entre el yogurt con cereal y el comedor de empresa, entre la almohada que me saca el allien que habita en mi cuello y el zapato puntudo pro ampolla.
Los dueños del piso son cartageneros, vaya coincidencia, viven con el hermano de ella, y antes vivían con toda la familia. Llevan cinco años en Coruña y con el trabajo en una peluquería han pagado parte del piso, durante el último año, mientras la hipoteca sigue corriendo mes a mes. Su único hijo, de doce años, se devolvió a Cartagena con su abuela, la mamá de él, pues no quería vivir más acá. La separación de esta y de otras tantas familias me hacen ser más fuerte. Siempre hablo con el de la cafetería, con el barman, con el del aseo. La realidad es la misma: la búsqueda de un mejor futuro, en un país extraño, con costumbres diferentes y una sensación permanente de no ser de aquí ni de allá. La eterna pregunta es si las ganas de triunfar ameritan tanto esfuerzo. Hijos y padres en destinos diferentes, cada quien luchando por lo suyo. A todos nos motiva algo, si no fuera por ello, no tendría sentido todo ésto.
Mis salvadores caribeños me ofrecieron quedarme en el piso mientras ellos emprendían su viaje a Palma de Mallorca, donde trabajarán por los próximos seis meses, durante el verano, para juntar algo más de lo que logran ganar acá. En efecto, me pasé a vivir una semana con ellos: me alimentaron, me sacaron a pasear, me enseñaron todo lo que debía saber de la ciudad, aunque ello me haga ver cual french poodle de señora bien en Multicentro, aunque sin sacar la cara por la ventana del carro para que me diera el viento en las orejas.
En la noche, nos fuimos por fin de “marcha” por A Coruña. Mientras llegaban los amigos de ellos, una pareja de venecos y un par de damiselas de compañía, nos tomamos una cañita (polita) en un bar colombiano, que es, sin mentirles, el equivalente al bar más feo que se puedan imaginar en su vida. Tenía afiches de los primeros discos de artistas salseros varios, por ejemplo, Andy Montañez sin canas, Jerry Rivera sin cara de hombre (sigue de niño) y la Guarachera de Cuba como parte del Gran Combo, sin su copito de nieve.
La mitad de la pared principal que quedaba frente a la barra, había una especie de ruana tricolor que decía en el mismo material “Colombia” en letra chicle y tenía estampada algo que hacía las veces de una chiva rumbera, pero sin Gus. Al fondo, tres trenzas de la prosperidad, como comúnmente se le conocen a los atados de grano vario adherido con colbón uno a otro a una cabulla, y un par de chivas en cerámica, a lado y lado de una cortina de pequeñas piedrecillas que caía de arriba a bajo para entrecerrar una puerta trasera que parecía ser la bodega del licor.
A la dueña/mesera/bartender/dj, sí, todas esas profesiones en una sola, porque así es el colobiano, le llegó su chico al poco tiempo: un grandulón que si fuera actor sería protector del Capitán Garfio, calvo, grandote y gordo, con arete en la oreja izquierda y barba candado, apretado al vacío en una camiseta azul y unos jeans que no dejaban mucho a la imaginación. Como era evidente, llegó a lo que llegó y con una bachata de fondo, comenzaron a darse su bailadita muy en la mitad de la pista, mientras los clientes mirábamos el amacise y esperábamos que nos atendiera con lo ya ordenado. Dos pasitos a un lado y saltico de cadera que parece el reflejo de una pisada, pero no, es parte del baile. Me sorprendió ver la bachata bailadita así no más, pero eso sería apenas el abrebocas de lo que se venía.
Fuimos a un roto que se llamaba “Firmamento” y tenía el techo completamente estrellado para hacer gala de su nombre de casa de citas. La música crossover y las dos cervecitas animaron a este cuerpo que ya con tres fines de semana de encierro, había casi olvidado el ritmo heredado de sus ancestros. Tres chicos llegan a la caza y con bailadito gallego se aproximan con ganas de ligar esa noche. Yo me pregunto si realmente los hombres gallegos, viendo a tres latinas bailar, tienen chance alguno de descrestarlas. Como más bailaba un bebé con el pañal cagado, procedimos a terminar el contenido líquido alemán de la botella verde y nos fuimos a otro lugar.
Esta vez, el bar estaba a varios metros de altura, pues aunque estaba dentro del parking de un concesionario, tenía más o menos la entrada a un cuarto piso. El lugar es redondo completamente y tiene vista a toda la ciudad. Es uno de los tres bares latinos de la ciudad, y según mis cálculos es el bar 3x3: 3 de merengue, 3 de salsa y 3 de bachata. Toda la noche se debatió entre estos tres ritmos del trópico, que eran aprovechados por muchos europeos para ensayar lo que a leguas habían aprendido en largas horas de clase de baile en un salón. Un, dos tres, un dos tres. Las chicas superproducidas lucían vestidos algo cortos para tanta vuelta salsera y ellos, con su zapato de material, recorrían las blancas baldosas dando vueltas, saltos y pasos que solo se ven en Baila Conmigo con Chayanne o en Dirty Dancing con Patrick Swayce.
El show era majestuoso y para qué, pero me morí de la envidia de lo bien que bailaban los presentes. No con esta sabrosura que mi Dios me dio, pero sí con la técnica que unos cuantos euros y mucha paciencia pueden comprar. Se bailó con veneco vario, con colombiano y recordé que hacía ya mucho tiempo no estaba en ese plan rumbero de salsa camará, merengue ripiado y bachata dominicana.
La tarde del sábado mejoró notablemente con la cazuela de mariscos, arrocito con coco (coco de verdad) y patacones que la señora de casa cocinó con la ayuda de estas manos de pianista. El manjar estuvo de rechupete. Me sentí como en casa.
Ya hoy se han marchado y por fin he podido tomar posesión como ama y señora del hogar. Obvio, eso implica ser zoila: soy la que limpia, soy la que cocina, soy la que lava. Acabo de acomodar todo mi trasteo, todo el de dos maletas de mediano tamaño y que me quitó tres horas de lectura o escritura. Noto cuán grande es este piso para una sola persona. Noto la necesidad imperiosa de decirles cuánto los quiero. Me convenzo más y más que prefiero no pasar mi vida lejos de mi familia, de mis amigos que son como familia y de mi país, donde sí me siento propia, donde no atardece a las 10 de “la tarde”, donde los hombres ven más telenovelas que las mujeres, todos andan idiotizados por un enanito paisa mandón y de mal genio y donde caminar por la berma es más común que el vino de palma en carretera del Tolima.
Como ven, ha vuelto mi nostalgia viajera. Esto es duro, pero asumo mi responsabilidad. El trabajo es fácil, pero repetitivo, pues son labores de asistonta que no requieren mayor voltaje ni neurona. Poco a poco se avanza en la cruzada laboral, y para finales de esta odisea en el centro de la moda gallega, se habrá culminado con éxito el plan macabro que tengo planillado con mi Caballito de Troya, mi Cajita de Pandora y mi almanaque Bristol. Todo puede pasar. Amanecerá y veremos.
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