Crónica de Recolonización XXIV
LA NOVENA MUDANZA
A la tierra de las Vírgenes
Acabo de realizar la novena mudanza en poco más de año y medio. Y es que esto de andar con la vida empacada en dos maletas (bueno, ahora es mucho más que eso) no sé si me deja con el sinsabor de ser una judía errante o más bien, con la felicidad de no tener peso sobre mis espaldas ni nada (o nadie) que me ate. Lejos de pretender equipararme a la Potra Zaina, esta nueva mudanza es para mí, simplemente, el comenzar de una nueva etapa. Otra más por estos lares.
Mi querida compi que me acompañó en Pamplona y desde septiembre en Madrid, había tomado la decisión de volver a Guatemala. No bastaron mis ruegos y mis súplicas para que entendiera por qué debería estar al otro lado del charco, como becaria y con muchas limitaciones, en vez de estar en casita, con la familia y los amigos. Todavía no lo entiendo ;)
Así las cosas, la búsqueda de un nuevo piso era inminente. Con mi amiga de México y otra de Murcia aceptarían el reto y durante tres semanas, nos cepillamos la zona de nuestra preferencia en la penosa tarea de encontrar un techito digno y barato para vivir. Desde viejos, nuevos, hasta pequeños, feos, bonitos, caros, pasamos por todas las opciones de nuestro abanico de posibilidades. El tiempo se acortaba y dado que las opciones eran pocas, decidimos disolver nuestra sociedad innata y cada quien buscarse la vida por su lado.
En Internet encontré un piso que me venía como anillo al dedo, fui a verlo el viernes y luego de pensarlo, lo tomé el lunes. Tenía la opción de vivir con la chica que estaba antes en el puesto que ahora ocupo, pero el lugar me pillaba casi a una hora del trabajo, así que me decanté por la comodidad de estar a ocho minutos en bus.
Vivo en Barrio de la Concepción, un barrio muy de ambiente familiar que tiene una curiosidad maravillosa: todas sus calles tienen nombres de vírgenes. Yo vivo en la Virgen del Sagrario, esquina con Virgen del Portillo, a dos manzanas del metro y justo frente a la parada del bus. Tengo tienda, lavandería, cafetería, estanco, todo en la misma calle. La verdad, no me puedo quejar, me siento feliz y tranquila.
Otra de sus curiosidades, es que se convirtió en parte de Madrid el día de mi cumpleaños pero treinta años antes. Un 30 de mayo de 1950, el antiguo municipio de Canillas entró a formar parte de lo que hoy es el distrito de Ciudad Lineal. Tiendas, bares, restaurantes, centros comerciales, escuelas y centros sociales y culturales, confluyen en esta acogedora zona que cada día me gusta más.
El piso, al ser de agencia, tiene una gran movilidad. Vivo con una chica Rusa que se va a finales de mes, y que vino a hacer un MBA en el IE. La otra es una chica de Parma que trabaja en una agencia de eventos italiana con sede en Madrid y la última, una española, que es peluquera canina, o como me dijo mi amiga Casas, perruquerra. jeje! (luego descubrí que así se dice peluquera en Catalán). Las tres son muy majas y llevamos la vida del piso muy cómodamente. Las zonas comunes están siempre ordenadas y cada quien hace en su leonera lo que le plazca.
Todo este maremágnum de movidas también incluyó algunas cuitas laborales. La cuesta de enero no fue fácil de sobrellevar y la depre me tenía más que cansada, totalmente cabreada con mi vida aquí. Mucho trabajo, poca remuneración y además, esa sensación de soledad y privación que es tan harta.
Uno no debería despertar y salir a la calle con ganas de más bien haberse quedado en cama, por más de tres días seguidos, como lo recomienda el conocidísimo Steve Jobs. Y bueno, sintiéndome así, pensé que lo mejor era buscar algo que me hiciera más feliz. El hecho de que mi jefe se hubiera ido de vacaciones y yo hubiera quedado a cargo del chiringuito tampoco colaboró mucho y la recarga de trabajo me llevó al límite. Todas las órdenes que venían de diferentes puntos colisionaron con mi precario estado anímico y sentí colapsar con el acelerador al fondo y en plena curva.
Por los lares de la parentela la presión no cesaba y obvio, tiene mucho sentido que la gente no entienda porque me sacrifico “tanto” por tan “poco”. Finalmente, vi la luz al final del túnel y después de una conversación a modo de negociación, arreglé con mi jefecito querido unas nuevas condiciones. Dijo estar muy a gusto con mi desempeño y que quería hacer todo lo posible para que me quedara, y con las mejores condiciones posibles. Es decir, quiere gestionar un contrato laboral, tras la finalización de mi beca. A pesar de que sea una gran noticia, no me entusiasmo mucho con la idea porque sé cuán difícil es que eso se dé. Además, con esto de la “crisis” el ambiente anda muy pesado y será, legalmente, muy difícil lograrlo. Por otra parte, no estoy muy segura de quererme quedar acá tanto tiempo, porque, si se hacen los papeles, tendré un buen compromiso por aquí por bastante tiempo. Además, tendría que demostrar por qué ningún español, comunitario o extranjero con residencia puede hacer mi trabajo mejor o igual que yo. ¡Qué coñazo!
Por lo pronto sigo tan a gustito en el barrio de las vírgenes, tomándome a sorbos un día a la vez y gozando, como me sea posible todo lo que esta maravillosa ciudad tiene para ofrecer. Espero, cómo no, seguirles contando un poco más de mi status y prometo, volver a tomar el ritmo a estos escritos.
También, valga la oportunidad para contarles que llegaré a la capital colombiana el 28 de marzo, gracias a Avianca, que lanzó una bella promoción con una tarifa sin igual y además, que me obligaba a reclamar un bono que me había “obsequiado” como gran cosa después de los 3 días que me tuvo viajando entre Bogotá y Madrid antes de mi travesía por Coruña. De eso ya, un año. Me hace mucha ilusión este viaje, cuento los días con ansias locas de volver al terruño y cómo no, de poder verlos aunque sea por unas cuantas horas. Desde ya disculpo estas breves líneas de poco nivel literario, pero sí informativo.
Adenda:
BYE BYE ROSARIA
No te acompañé al aeropuerto. Eso lo sabemos de sobra, pues me fui de viaje a ese lugar maravilloso que ya describiré más adelante en otra historia. En esta no, Rosarito, esta es tuya, y te la escribo, porque como sabes, te voy a extrañar capulla.
Aún recuerdo esa amable sonrisa que me hizo un espacio para poderme sentar, un mes tarde, por primera vez en el salón de clases del máster. Parece que ha pasado una eternidad y si vamos a ver, todo lo que hicimos, todo lo que bebimos, todo lo que comimos, todo lo que nos divertimos, pues sí lo sería. Fuiste la primera en abrirme espacio en la última fila del salón y también la que me acompaño a mi hotel esa noche después de clase. Allí, frente a la Pensión Pasadena, sugeriste que viviéramos juntas. Con ese simple gesto, comenzó la aventura de conocernos, entendernos y respetarnos. Vaya evidencia gráfica que tenemos y tantos secretos que hay que guardar. (Esto lo digo a modo de amenaza, si no, como bien sabes, puedes ir escogiendo el color de la moto).
Esa fecha del 15 de febrero no la pudimos aplazar más. Ya no querías. Al menos, cuando sí quisiste, fue ya muy tarde. Nuestros últimos días, aunque intensos, fueron muy conscientes. Ya nos hemos separado tantas veces y la vida nos ha vuelto a unir otras tantas, que yo estoy plenamente convencida que te veré muy pronto. Bueno, el amorcito alemán que dejas en este continente llorando sus ojos por ti, también hará que eso suceda más pronto.
Reina, ya nos lo hemos dicho mucho. Agradecimiento, cariño, amistad, felicidad. Todo fue más fácil y mejor porque te tuve a mi lado siempre. Espero que la vida te traiga todo lo que anhelas y que tengas toda la felicidad y el amor que te mereces.
Madrid, 16 de febrero de 2009
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