domingo, 19 de julio de 2009

XX: Meditaciones varias en la lejanía

Crónicas de Recolonización - XX Versión

MEDITACIONES VARIAS EN LA LEJANÍA
…Y de cómo decidí quedarme
Fin de la Primera Temporada

Arteixo, 30 de agosto de 2008.

Probablemente este no sea más que un compendio de pensamientos, quejas y letanías. En pocas palabras, de maricaditas varias. Llevo unos cuántos días pensando en mi futuro, en la vida, en el fin de las etapas y el comienzo de los nuevos proyectos. Y claro, la vida se me hace un ocho.

Si fuera fácil conseguir siempre lo que se quiere, no habría tanto resentido caminando por ahí y no se hubieran inventado el diente rojo o el puño negro apretado a manera de amuleto contra el consabido mal de ojo. El incienso de sándalo y el jabón de hierbas del indio amazónico. Si supiera qué quiero hacer con mi vida, simplemente lo haría. Pero queridos amigos, el problema es que no lo sé. Simple y llanamente, no lo sé.

Lejos estoy de convertir esta crónica en un muro de las lamentaciones, ni en un vademécum de los males a los que se está propenso en lejanas tierras. No. Simplemente quiero llegar a entender, y a que me entiendan, por medio de estas paupérrimas letras, lo que se vive en una experiencia colonizadora de esta envergadura. (La palabra va junta)

Vine a este lado del charco buscando una experiencia alentadora que al final del camino me permitiera simple y llanamente, ser una mejor persona. Y el crecimiento académico y profesional, vino de la mano del personal, sin dejar de lado también el crecimiento de las deudas, cómo no.

Vine a recolonizar, como queda claro en el compendio que largas horas de su tiempo les habrá arrebatado con acciones de lectura, crítica y emoción, y siento, simplemente, que la colonización ha sido mutua. Dejo mucho, pero me llevo más. Pero me siento incompleta.

Este es un país que le ha abierto las puertas a muchos. Lastimosamente, no todos vienen a portarse como una. Como gente decente y elegante. Y eso, necesariamente hace que todos, absolutamente todos los que no pronunciamos distintamente la s, la z y la c, nos convirtamos en sujetos extraños y ajenos al paisaje. España tiene ahora más del 10% de su población de inmigrantes. Este fenómeno se ha dado al cabo de los últimos años y como es de esperarse, la gente no estaba preparada para recibirlo.

Así las cosas, no veo cómo podría sentirme como en casa aquí. A veces me encanta la idea de currármela acá y a veces quisiera coger el próximo avión y llegar de la nada a El Dorado. El desespero lo entienden muy bien varios de mis colegas que andan al igual que yo, convirtiendo pobres pesos en fuerte euro, saliendo ya borracho para no tomar en los bares y viendo los precios antes de entrar a comer. Aunque, como dice Juan, el que convierte no se divierte, es mejor no olvidarlo de este lado porque al final de cuentas, lo poco que parece gastarse acá, es muchísimo allá.

(El resto de la historia se quedó sin escribir, por sueño, capítulo de Dr. House o llamada de Juan. Y hoy, la retomo para hacer el consabido contraste. Ahora, júzguenlo ustedes mismos)

***

Estos tres asteriscos solamente separan mi vida con pocos días de diferencia. La que escribió esas líneas lejos está de ser la misma de hoy. Y claro, como ya lo saben, la perspectiva del futuro cambió para mí en un abrir y cerrar de ojos.

El miércoles de la semana pasada recibí la llamada ganadora. No era Jotamario, gracias a Dios, mucho menos Calero en su nuevo y bogotanizado tono jovial. Ninguna gallina gigante me otorgaba un tv plasma en color, ni una seudomodelo post-señorita Guainía me pedía el santo y seña de un programa que no veía. Era el director de comunicaciones de uno de los grandes grupos mediáticos de España que me informaba de que estaban interesados en concretar una entrevista conmigo para trabajar allí. La necesidad inminente de ir a Madrid a tal entrevista, coincidió con el paseíto que ya me había organizado unos días antes para “despedirme” de mis compis de allí y así, dar por cerrado mi ciclo español. Qué gran coincidencia.

Así que le comenté que viajaba el fin de semana y él, José María (así y a secas porque acá ninguno es don ni doctor) me dijo que le interesaba verme cuanto antes porque la cosa era de afán. Quedamos en conversar el viernes para coordinar hora y lugar del encuentro el sábado. Y así fue. Tras un largo viaje en coche con los compis de la oficina, con parada, requisa y mucho chisme de por medio, llegamos a Madrid en la madrugada.

En mi hogar de paso, la casa de Richi y Rosse, me esperaban varios amigos y otros seres, agregados culturales y nativos varios, para cenar y hacer algo de botellón (dícese de las primeras copas que se toman en casa para ya llegar prendidillos a los bares y no pagar los desalmados 12 euros -36 mil pesitos colombianos- que te bajan por un escueto y escaso licor). Me adelanté en la tarea como era debido y tras un pequeño retoque, procedimos al lugar para guiris (dícese del término que nuestros queridos amigos españoles utilizan en equivalencia al consabido “gringo”) para azotar baldosa, en este caso de la fina, mientras éramos vigilados constantemente por una gavilla de no menos de 30 gorilas vestidos debidamente en esmoquin y camisa negra con pajarita blanca.

Siete pisos de fiesta interminable albergaban en todos sus recovecos a uno y otro que escogía entre sus múltiples ambientes, la música que más le molaba. El ojo se pudo recrear oportuna y frecuentemente y también, digamos, se hizo lo que se pudo por bailar. En la pista principal se congregaba la mayoría de asistentes seducidos por los que de día eran modelitos y bailaban de noche allí, en ese lugar opulento, bastante escasitos de ropas. Qué esfuerzo para ver tanto pectoral bronceado. Era todo muy complicado aquella noche.

A la salida, un par de borrachines intentaron solucionar un problemilla a puño limpio y lo que pareció ser cosa de dos o tres se convirtió en un zaperoco de casi 40 tíos, muy majos y muy borrachos, dando patada y puño volador. Huimos del incidente y rematamos la noche en el salón de la casa, echando rulo sobre el sofá-cama dispuesto para mi pernocte, como correspondía a la ocasión y con la ansiedad de la entrevista que sería unas horas después.

Con solo tres horas de sueño encima, decidí que Morfeo ya no me quería más, así que procedí al acicalamiento, debidamente vestida, arreglada y planchada. Una vueltita por ahí y derechito al punto de encuentro para, como es evidente, tener el control total del panorama y chequear la llegada del vecino. Muy a las cuatro en punto procedió a llamarme y solo unos breves minutos más llegó a mi mesa.

Pasaron dos horas y si él no me calla, más hubiera podido y querido hablar. Hicimos muy buena conexión y se logró el cometido de encantar con tantas bondades que mi Diosito me dio y esconder tantos defectos que yo solita adquirí en la Universidad de la Vida y por maña. Le gustó mucho mi perfil y que tuviera experiencia en tantas áreas tan diferentes. Y lo mejor de todo, no me sacó del grupo de finalistas del reinado comunicativo por ser proveniente de la tierra del ajiaco y el sancocho (mmm…qué antojo).

La decisión ahora no sería fácil. Tendría que escoger entre la comodidad del hogar y los mimos de papá y mamá, ver a mis amiguitos del alma que tanta falta me hacen, dormir en mi camita con mi almohadita, comer las delicias de la tierrita y en fin, gozar de las colombianadas; y por otra parte, vivir en una ciudad como Madrid, con salario de estudiante, perder mi tiquete de regreso a la patria y lo peor de todo, no tener compis que me cedieran descuento en Zara.

Era inminente comenzar el 22 de septiembre y como el contrato en Ecomoda se me vence el 30 del mismo mes, me he tenido que ver a gatas para conseguir charlar con mi atento jefe y así, coordinar mi salida. La tarea ha sido más titánica que conseguir trabajo. La idea es hacer empalme en la semana del 22 al 26 con la chica que se va, también exalumna del máster, por si aún les queda duda de mi pertenencia a la buena rosca que en tan buena persona me ha convertido. Ella deberá en tan corto tiempo, presentarme todos los procesos y procedimientos oficinísticos, a más de presentarme y darme luces de las políticas corporativas. Todo lo administrativo, lo logístico y lo gerencial.

El periodo de “prueba” es de tres meses y la idea es que se prorrogue a un año. Entraría a firmar un convenio con la Universidad para ingresar a un programa de inserción a la empresa que me dará no solo la oportunidad de tener el seguro médico laboral, sino también el añito adicional de visa. Así que, una vez más, moñona completita.

Para este punto, después de mucho estrés somatizado en problemas estomacales y alguito de asma, supe que si no decidía pronto me mataría la ansiedad. Fácil no fue, y tengo testigos que así lo acreditan, pero sé que este es el tipo de oportunidades que solo aparecen una vez en la vida y que, sin duda alguna, se deben tomar a ojo cerrado, pues es mejor arrepentirse de lo que se hace y no de lo que se dejó de hacer. Y estoy segura que de esto no me arrepentiré.

Tan pronto como lo tengo claro, comparto mi alegría con todos ustedes y recibo de inmediato una respuesta positiva, nostálgica, pero feliz. Sé que de ahora en adelante seguirán paso a paso los eventos de la Segunda Temporada de las Crónicas de Recolonización con el mismo entusiasmo con el que han seguido la primera temporada hasta aquí.

Con el corazón arrugadito y el cansancio de los preparativos, dejo la tecla del ordenador por unos días mientras me teletransporto a mi nueva ciudad. Desde allí, más crónica y más amor para todos ustedes.

¡Por fin, lo logré, voy para la capital!

Terminado un 17 de septiembre de 2008.


Adenda: como siempre pasa en la vida, apenas ayer acepté esta oferta de trabajo y hoy me llamaron a entrevista a un trabajo en Bogotá del que estuve dos meses pendiente sin respuesta alguna. ¿No te jode?

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