domingo, 19 de julio de 2009

XIV: La Bendita Primavera

Arteixo, 7 de mayo de 2008


LA BENDITA PRIMAVERA
Crónica de Recolonización XIV

Yuri, gran artista ochentera la maldecía en tan melódica y pegachenta metáfora que aducía a la falta del amante pero, los que estamos en el norte del Trópico de Cáncer, más por circunstancia que por gusto, la bendecimos. Y por la autocensura, mejor omitimos el comentario que pretendía hacer sobre los amantes. Si señores, señoras y señoritas (si es que aún quedan de esas) ha llegado la estación más feliz del año. La inclemencia del invierno ha cesado para abrir ante nuestros ojos un cielo azul, una playa apetecible, el nacimiento de nuevas flores y lo mejor, una nueva colección Primavera/Verano 2008.

Sin ánimo de parecer una diabla que viste de Prada, principalmente porque el presupuesto no llega sino para Zara, y eso si acaso, he tenido que disertar sobre la falencia de estaciones en nuestro caribe eterno. Y compartir este hecho con los incautos ibéricos que todavía se atreven a preguntar cómo son las estaciones en nuestro país y se sorprenden cuando se enteran, como primera noticia, que en los trópicos no hay estaciones. Además, he podido confirmar también con asombro, cómo una gran mayoría piensa que en Bogotá hay mar y que todos vivimos a más de 30 grados durante todo el año.

Habernos bajado del bejuco y quitado el guayuco parece no ser suficiente para esta raza de avezados expedicionarios. Así que aquí van algunas anotaciones a propósito de este bello intercambio cultural en el que les enseño algo de nuestra malicia indígena y mi humor verde negruzco personal, y no hablo del sobaco, a cambio de más perlitas que alimenten nuestro ego histórico y de cultura general.

Primero, la gente realmente se mueve en términos de estaciones para referirse a otras épocas. En vez de decir hace más de un año, pueden decir, en el invierno pasado. Por ejemplo, ¿te acuerdas de la boda de la princesa de “bla” en el verano del 2005? Tema que de seguro fue seguido minuto a minuto por las asiduas lectoras de HOLA! y tanta otra revista del mismo corte y de las mismas cortes, que aún debe estar en la mayoría de las peluquerías y en una que otra casa de abuela.

Para referirse a las vacaciones, casi siempre mencionan el verano. Espérate a que llegue el verano. Me amenazan constantemente con el nuevo horario de salida, más temprano, que permite aprovechar parte de la tarde y todo el atardecer en la calmada playa. Por otra parte, si ya Rexona Me Abandona desde mediados de abril, no quiero saber lo que nos espera, a mí y a los que me rodean.

Otra variable propia del cambio de estación está íntimamente ligada al cambio de temporada. Siempre hay movimientos extraños de ropas y prendas que ni por el chiras se pueden reciclar unos meses más adelante. La bota hasta la rodilla se relega en pro de la exhibición de uña de extremidad inferior, ojalá mal cortada y amarillenta; el cuello “tortuga” (cisne) se cambia por el escote “palabra de honor” (aparentemente es el término más popular en las revistas de moda y en las abuelitas que saben de costura que en nuestro precario y americanísimo argot es el consabido strapless). Bueno, y es que la calidad de todas las prendas de vestir a este lado del charco no dan para más. Dos o tres meses y a la basura. A menos de un mes de llegar, ya he botado dos pares de zapatos, dos pantalones, tres pares de medias y dos camisetas. Pero lo que más vale la pena comentar en este punto, es que llevo casi un mes sin hacer ninguna compra. Eso, para los que me conocen bien, es un súper logro en mi vida de Material Girl.

De estos temas de moda no me fijaría tanto si no es por los informes de resultados que llevo todo el mes haciendo desde mi escritorio (de la oficina que ya habrán visto en fotos), sobre las últimas dos temporadas, sumado al de la presente. También por culpa de las revistas que inundan mi escritorio con sonrientes jovencitas talla 2 que posan ataviadas en prendas y accesorios que de seguro no se usarán en pocos meses, pues la tendencia apuntará del pantalón pitillo a la bota campana, de la mini a la maxifalda, del zapato puntudo al redondo. Esto, se les bota a manera de dato aleatorio. Si quieren información privilegiada de las nuevas tendencias, tendrán que pagar por ella.

Las obligaciones laborales encuentran una buena recepción y poco a poco es más fácil todo. Me he acostumbrado al funcionamiento de la oficina, a la existencia y la humanidad de cada compañero de trabajo; también a la escritura española, a algunas palabras de las que muchos (Juandaví) se burlan como “coche” para carro, “conducir” para “manejar”, “piso” para apartamento, “comida” para almuerzo y “cena” para comida. “Móvil” en vez de celular, “alubia” para el fríjol, “judías” para la habichuela y tantas otras como “flipada” (estado de sorpresa) y liada (enchicharronada). Me gustan más las nuestras. También he recordado mis habilidades en estadística y en los idiomas, entre otras habilidades perdidas en el historial de mi papelera de reciclaje por el desuso.

Los fines de semana son más amenos. Siempre “quedo” con alguno para comer o salir a pasear. Ya no me da tanta pereza el bus intermunicipal, u flota, para llegar a Coruña y la consabida caminata. El plan playero es buenísimo a excepción del reguero de tetas al aire que por obligación se ven expuestas, sin importar sexo, edad ni religión. Esto del desarrollo está ligado íntimamente al uso tendencioso de menos ropa en vía pública, pero con la doble moral de mirar los escotes como si fueran pecado mortal. La gente viene con sus viandas y demás adminículos propios del asoleo y el baño, este último, más bien poco, pues las aguas son frías y solo los surfistas se le miden, tabla en mano y neopreno en cuerpo. El plan es descanso total y meditación, que en mi caso también es chisme, cotilleo y vacilación.

Entre semana, mis nuevos hábitos de entretención se limitan a una pequeña caminata hasta la casa, que me permite llegar justo a mi responsable y autocensurada participación interactiva y solitaria frente a la televisión durante el Pasapalabra, un concurso con tres juegos diferentes de eliminatoria que llevan a una ronda final entre dos concursantes que deben decir la palabra exacta del significado, que el presentador lee más rápido que a toda mierda mientras su cara es redondeada con El Roscón de letras de abecedario con el que los teleadictos llevamos la cuenta y ante el cual le gritamos “bruto” al concursante seguido de cualquier falla que pudo ser propia.

Tras los titulares del noticiero nacional, además del local que es interesante porque lo dan en gallego, me retiro a mi guarida a continuar con la lectura que baba en boca de seguro dejé la noche anterior antes de caer rendida en los brazos de Morfeo. Para la fecha, ya me he leído seis libros. Acabo de terminar Travesuras de la Niña Mala, de Mario Vargas Llosa y está muy guay. (Léase cool, bacano, chévere, interesante, ameno, según su década de edad: 10, 20, 30 y 40 o más, respectivamente).

Desde la distancia he retomado amistades de otrora por medio del magnífico Facebook y espero que, gracias a estas pequeñas meditaciones escritas, pueda igualmente seguir en contacto con cada uno de ustedes, mi selecto grupo VIP, mis privilegiados y asiduos lectores que, para este punto, todavía me siguen con entusiasmo hasta el final.

Nota del autor: prometo mejorar mis momentos de vida social para contar más historias interesantes, como las que le gustan a la gente normal, llenas de puño, patada, sexo y borracho. Esto, para que variemos de tópicos y no se me aburran tanto con las travesuras de esta niña buena en la divertida tierra gallega.

Besos y abrazos,

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