domingo, 19 de julio de 2009

XXVI: Y volver, volver...

Y VOLVER, VOLVER...
Crónica de Recolonización XXVI



Me rindo. Esto no va a funcionar, no entiendo siquiera cómo lo consideré. Saco la mano y aunque intento una y otra vez, sé que esto ya no tiene remedio. No es la primera vez que me pasa, pero pude haberlo previsto cuando ya no daba para más. Antes de que entréis en pánico, aclaro que no hablo de otra cosa más que de mi portátil, de mi laptop, que ha cambiado las decenas de desordenados íconos del escritorio por un odioso pantallazo negro que no dice ni "Mú".

Como los más asiduos lectores ya lo pudieron notar, el número de esta crónica de recolonización, marca registrada, va dos números más allá de la última entrega. Esto solo responde a que, tanto la XXIV como la XXV han quedado a medio hacer en lo que otrora fuera mi vívido computador y que ahora se ha convertido en una inerte caja negra que emite sonidos de motor a medio andar.

Me niego, cómo no, a volverlas a escribir hasta que un sabio ingeniero me devuelva la esperanza de recuperar dichas crónicas y toda la información de los últimos dos años de mi vida, la misma edad que cumpliría el condenado aparato. Eso, o hasta que declare, con la hora puntual a viva voz, el fin de su existencia. Así las cosas, hasta que no me haya sido confirmado el diagnóstico, seguiré con mi pluma azul y mi cuaderno de finas carrileras, saltándome las líneas indistintamente, mientras veo el programa español al que me he enganchado desde que decidí asumir la españolidad con toda. Y ese momento, señoras y señores, solo se asume cuando no solo se ve más de una hora de televisión local, sino cuando además, se disfruta, se entiende el chiste y se persigue el canal o el programa con ahínco durante el zapping.

Hoy por fin he sentido ese tímido impulso por escribir, que había perdido inconscientemente, como algunas otras veces de las que ya ustedes fueran testigos. Como no tengo una vía más rápida que me haga la vida más fácil, escribo a mano con mi incipiente mal del túnel del carpo, rezongando entre dolor y dolor...lo que cambiaría esta pluma azul por tecla de letra varia, sin pensarlo dos veces.

Y es que esta mañana he despertado especialmente inspirada. No por lo que más de un malpensado intuiría, sino porque al sonar mi celular/móvil/despertador, en vez de ver la fatídica hora, como ocurre todos los días, lo primero que vi fue la fecha, 11 de marzo de 2009, y no pude evitar pensar, de inmediato, aún entre sueño y bostezo, que en tan solo 17 días me hallaré entre el apetecible terruño que me vio nacer. Y volver, volver.... y vooooolveeeeer!

Sí, señoras y señores, para los que aún no lo sabían, voy a Colombia por un par de semanas, pues los planetas se alinearon a nuestro favor: se vencía mi bono de una suma nada despreciable otorgado por Avianca después de dejarme 3 días viajando entre Bogotá y Coruña, información que pueden corroborar en la entrega de “Aviestancados” hecha hace casi ya un año; Avianca lanzaba una promoción nunca antes visa y justo, esa semana me pagaron; también, había negociado las vacaciones con el jefecito, para que él tomara sus días en enero y yo en Semana Santa; y además, por lo más importante, y es que me apetece un montón. El calorcito del hogar y el amor de los seres queridos “de por allá” hace ya mucha falta. Y que conste que no me quejo de todo el amort que me dan "por acá".

Sí, ya un año lejos. Sí, ya han pasado cuatro estaciones con sus días y sus noches (divertidas, no me he de quejar) y lo que apenas serían unos meses de academia, se han convertido ya en más de año y medio en la lejanía, sufriendo de tanto viajar y conocer gente maja, de aprender tantas cosas tan útiles, de comer platos y experimentar bebidas, de ver amaneceres, caminar por la historia y pillar unas cuantas boquitas por el camino. Esto ha sido muy duro, es en serio.

Para este punto no sé qué va a suceder conmigo. Estoy a la mitad de mi contrato y quisiera poder llevarlo a feliz término. Sin embargo, soportar con salario de estudiante en una ciudad con tanta marcha no es fácil y los esfuerzos cuando no se ven remunerados, a veces, pareciera que no valen la pena. Sigo a la espera de algo mejor, y sé que llegará y mientras tanto, me preparo para ello. Esa es mi incesante idea un poco ilusa que me anima a seguir adelante cuando todo se vuelve tan difícil. Mi trabajo está en firme, pero no sé si sea capaz de rechazar las buenas ofertas, en Colombia o en España, si es que vienen más.

El jefe quiere que me quede, pero ello implica comenzar a tramitar mi residencia laboral aquí. No sé en qué parará todo esto, pero lo que sí sé, es que haré todo lo que tenga que hacer y dejaré, una vez más, que el destino y mi suerte, decidan por mí.

La economía no colabora ni aquí ni allá. España atraviesa una crisis que engrosa las filas del desempleo mes a mes, con cifras que no se habían visto en décadas en esta joven democracia europea, cuando las vacas gordas permitieron que nosotros, los inmigrantes, lo tuviéramos un poco más fácil de este lado.

Las reglas del juego han cambiado y justo hoy leía un artículo en El Tiempo sobre los 15.000 colombianos que se calcula han regresado a la patria, con un tiquete de solo ida, en el último año. Y los entiendo perfectamente. Las cosas no están fáciles, ni para locales ni para visitantes. Las familias se vuelven a separar y cada quien se busca la vida como mejor puede.

Así el panorama, y con esta especial habilidad que tenemos los de sangre caliente para adaptarnos a “lo que hay” espero poder tomar la mejor decisión para mi y mi entorno. En todo caso, y dejando el drama de lado, celebremos por lo pronto que podré tener esta vez un poco más de tiempo que en mi última visita y porque antes de acostarme veré, cómo no, el "¡Oh! gloria inmarcesible" de las seis de la mañana, en tanto cumplo con verlos a todos y logro sentirme en júbilo inmortal. Sé que así será. Lo siento, papilo y mamila, no puedo perder las sanas costumbres que ya tengo acá y que tanto trabajo me costó aprender.

Los veo pronto,

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