Arteixo, 29 de mayo de 2008
OPORTO, MUITO BONITO
Crónica de Recolonización XV
A la media noche del viernes se había concretado el plan: saldríamos en el primer bus rumbo a Oporto, en Portugal. Es inminente viajar al vecino ibérico, si se tienen en cuenta la cercanía y las facilidades. Después de dos meses de fines de semana en mi pueblito industrial, y entre ires y venires a la capital de la comunidad autónoma, Coruña, ya me merecía cruzar algún otro charco, diferente a los que veo casi todos los días con la llovedera que no cesa, y que a juzgar por las noticias, no es tan diferente a la coyuntura del terruño.
El madrugón estuvo bestial, pero para esa y para muy pocas cosas, se madruga con mucho gusto. El punto de encuentro sería en la estación de buses de Coruña y tomaríamos el bus de las nueve. Las viajeras, Saray, Amalia y su servidora, llegamos muy puntualillas. Como aún no estaba abierto el puesto para comprar el billete, nos sentamos a tomar un café. Diez para las nueve llegamos a comprarlo y para nuestra sorpresa, cuando llegamos al mostrador, cinco minutos antes de las nueve, el bus ya se había marchado.
Con la sensación de impotencia que da “quedarse” de cualquier medio de transporte, nos miramos las fauces sin saber qué hacer. Las opciones eran pocas: viajar con múltiples transbordos en varias ciudades intermedias, volver a casa y pasar el finde en Coruña o, la que escogimos, ir por Fitipaldi, el “coche” de Sari, hasta su casa.
Con nuestro equipaje al hombro, caminamos por las calles de una Coruña que apenas amanecía a su habitual rutina de sábado, y claro, a esas horas en este país asustan. Muy pocas personas sacaban a pasear a sus canes, que tienden a ser muy pequeños, peludos y sin raza determinada en general; otros seres apenas llegaban de la juerga nocturna y otros abrían sus panaderías y tiendillas de barrio para comenzar con la venta del día.
Al ver que el coche parqueado en la calle estaba siendo bloqueado por otro que había aparcado en segunda fila, llegué a pensar que el viaje entero era una locura. Acababa de intentar sacar el dinero y el cajero no me dio más que un escueto “Disculpe las molestias. No nos podemos comunicar con su banco”. Toda la coyuntura, me hizo sentir que una señal divina aparecía para convencernos de abortar el plan portugués.
De manera atinada, pasamos por una gasolinera para tanquear antes del recorrido de cuatro horas que nos esperaba. El bombero, más amable de lo normal, y nada feo él, nos revisó el aceite (al coche), y sorprendido descubrió que era el primer coche en la historia de la automovilística que andaba por arte de birlibirloque sin aceite. Después de un follón para cambiarlo, le pusimos gasolina e intentamos inflar las llantas. El amigo bombero, muerto de la risa, viendo a tres chicas muy majas intentando fungir como mecánicas expertas, no tuvo más remedio que hacerlo también. Los usuarios habituales de la bomba nos miraban extrañados, e inclusive uno se atrevió a acercarse y hacerle el reclamo de por qué a él nunca le hacía todo lo que nos había hecho a nosotras. Fue tan amable que casi nos lo encaramamos para llevarlo de paseo. Intenté darle una propinita, "para lo de la gaseosa, patrón", como se hace en Colombia cuando alguien te ayuda, pero no quiso aceptar nada. Acá es casi una ofensa. En fin, dijo que con que volviéramos pronto a alegrarle el día, tenía más que suficiente. Un encanto.
Sin más, comenzó nuestra odisea turística. Charlas, pensamientos, disquisiciones de Thelma, Louis y Compañía, con la música, el canto y la risa, hicieron que las horas parecieran minutos. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en una vía notoriamente más cómoda para el motorista y con unos paisajes que, aunque parecidos a los gallegos, nos hacían sentir en otra tierra, hasta entonces, desconocida.
Por fin llegamos a la ciudad y gracias a la ayuda tecnológica del Google Map coronamos con facilidad el hotel. Aparcamos, dejamos las cosas en la habitación y salimos en la búsqueda de lo que la ciudad tenía para ofrecernos. Tomamos un bus que demoró casi 30 minutos en pasar, contra los pronósticos de los horarios de la pantalla, mientras el cielo lloraba a mares, Llegamos pasados breves 10 minutos al centro de Oporto que se abría ante nuestros ojos con toda la fuerza de su legado histórico y sus bellas estructuras. Oporto, es sin duda, “muito bonito”.
Fotico aquí, fotico allá. Todo era “muito bonito”. Y aparentemente ésta sería la frase más repetida en todo el fin de semana. Pude recordar el portugués que tenía olvidado tras 10 años de mi viaje al Brasil y comprobé que lo aprendido no se olvida del todo. A tan solo unas pocas horas, hablábamos otro idioma, seguíamos otras costumbres y veíamos otros paisajes.
Encontré mi bebida favorita del viaje que hice a Brasil el siglo pasado: la Antártica Guaraná, y con ella disfruté la caminata por el centro. Papilo y Mamila llamaron como caídos del cielo a decirme que acababan de consignarme en la cuenta mi regalo de cumpleaños. También el de mi hermana Carolina y el de mi Agüis; dinero que he invertido en las mejores acciones: vestir y viajar. Tenía que aprovechar la sacada a pasear para adquirir prendas en la tienda de la competencia, pues, como entenderán muy bien, vestir de las cadenas de la empresa que nos emplea significa encontrarse a media cafetería con prendas muy similares. Y esto, amigos míos, puede ser castigado con cinco años de mal gusto: ¡Ni de coña! Una futura Primera Dama, de lo que sea, no puede permitirse semejantes improperios.
Caminamos para arriba y para abajo. Mis compis (compañeras y compinches) de paseo, embebidas en la Guaraná, me hacían reír hasta llorar con las guarradas y varios que se les ocurrían. De puro milagro, terminamos llegando al puerto, así no más, sin buscarlo, pero haciendo la jugada maestra de colarnos al final de la fila de una excursión de viejillos latinoamericanos que seguían atentos las órdenes de un escueto guía que se comunicaba con un megáfono y haciendo variadas señas con elevación de brazo. Ellos tomarían un barquito. Nosotras continuaríamos con nuestro caminar.
La típica escena que cuando niños veíamos en la televisión ochentera de lo que era Europa en el verano, llena de gente en las terrazas, bebiendo cervezas, comiendo tapas y más colorados que culo quemado de bebé, se abría ante estos castos ojos acostumbrados a ver bebetas de andén, con cuellito de pollo relleno en vez de croquetas, morcilla en vez de tortilla y haba tostada en vez de aceituna de lujo.
Cruzamos uno de los puentes que comunica a Oporto con Vila Nova de Gaia y allí fuimos a parar a una de esas dichosas terrazas de antojo visual, una Babel horizontal, de europeo a la espera del verano que no llega, latinoamericano que aprovecha los precios de la primavera y oriental de cámara fotográfica colgada al cuello que va borracho de tanto oporto. Es la zona de las bodegas, donde se venden las mejores cosechas del producto local, en sus distintas versiones.
Comemos algo, brindamos por haber coronado el viaje y continuamos nuestra travesía, ya al caer de la tarde, con el firme propósito de encontrar una tienda H&M, mientras hacíamos turismo visual. Caminamos por empinadas calles de espacios barriales poco cuidados y nada conservados, pero que aún guardan esa gracia de las construcciones viejas, ante la mirada atenta de los nativos que nos miraban sorprendidos, imagino que por la cara y pinta de turistas. Se respira historia. La calle está llena de anticuarios que ofrecen productos multiatemporales de esos que uno no necesita: vasinillas (ojo, prefiero al campo abierto porque la puntería de esas zonas no es mi fuerte), juego de jarra y platón metálico divinamente pintado a mano para el baño, herbarios, armarios, baúles, marcos dorados para espejos, lámparas con capotas rucias, muñecas de porcelana de infancias ajenas y los consabidos relojes que se quedaron parados a falta de cuerda.
Después de una larga caminata descubrimos que estábamos justo al lado contrario de donde debíamos estar, así que tomamos un bus que nos dejó en la estación más cercana a nuestro destino. Por fin pisamos Santa Catarina, el paseo peatonal del comercio por excelencia de la ciudad. Todas las tiendas, todas las marcas, toda la gente estaba allí. Se iba apagando la luz del poco sol que esporádicamente apareció durante el día y nuestra caminata no cesaba.
Encontramos nuestra tienda objetivo y obtuvimos de ella lo que quisimos y nos fue humana y económicamente posible. La vuelta al hotel se hizo en el metro y a pocas cuadras, tras descubrir el centro comercial que teníamos cerca, paramos para comprar algo de cenar. Los planes macabros de irnos de fiesta habían quedado relegados a un segundo plano, pues el cansancio era bárbaro y los piesitos no daban para más. Compramos y arrastrando los pies llegamos a nuestra bella habitación de hotel, a ver Eurovsión, el show europeo que hace las veces del Festival de Viña del Mar, pero que claramente no cuenta con el mismo prestigio, en el que se presentaba un ser del que muy seguramente escucharán pronto y que causó fuertes debates en el seno de la comunidad española y europea: el Chickiricuate.
Dormimos plácidamente. El regreso a casa lo hicimos por entre las tiendas. Paramos en Braga con el sol de medio día que calentaba a los pocos habitantes de la ciudad con nombre de calzón, mientras algunas terrazas servían de escenario dominical de padres que de lejos observaban jugar a sus niños en plazas y parques cercanos, amigas con el cotilleo de las conquistas de la noche anterior y parejas de viejitos que felices leían la prensa atentos a los detalles de la actualidad local.
Nos tomamos el algo y continuamos rumbo a España. La parada a comer sería en Pontevedra, una ciudad muy pija, muy gomela, que queda justo en la frontera y que, a diferencia de las ciudades fronterizas de nuestra Latinoamérica, sí es muy bonita y agradable.
Calamar, tortilla, filete y ensalada y al coche por dos horas más. Llegamos muertas de cansancio, pero felices de haber concretado nuestro plan que un comienzo pareció frustrado: conocer Oporto, un lugar “muito bonito”.
Adenda 1
Ayer me llamaron de Llorente y Cuenca, una consultora multinacional, para que les colaborara con la organización del Congreso Anual Petrolero. Por tres semanas me pagaban lo que gano en tres meses. Les interesó mi hoja de vida y me hicieron el ofrecimiento. Hoy decliné a la propuesta, porque no tengo el tiempo y además, estoy comprometida con alma, corazón y cuerpo a la noble causa de vestir bellamente al mundo y a erradicar al mal gusto de los armarios del prójimo. Jajaja
Adenda 2
Me harán mucha falta en el transcurso de las celebraciones múltiples motivo conmemoración del nacimiento de esta belleza hace 28 añitos. Ojo, querido público, planeo quedarme en este número, mientras las arrugas o la gravedad no me delaten. Los quiero y los extraño mucho. Cada uno ha formado parte importante de mi crecimiento como persona, y aunque en distintas épocas, por diferentes periodos de tiempo y en circunstancias disímiles, han sido agregados a mi bandeja de contactos de mi alma y mi corazón. Y de ahí, ya nada ni nadie los saca.
OPORTO, MUITO BONITO
Crónica de Recolonización XV
A la media noche del viernes se había concretado el plan: saldríamos en el primer bus rumbo a Oporto, en Portugal. Es inminente viajar al vecino ibérico, si se tienen en cuenta la cercanía y las facilidades. Después de dos meses de fines de semana en mi pueblito industrial, y entre ires y venires a la capital de la comunidad autónoma, Coruña, ya me merecía cruzar algún otro charco, diferente a los que veo casi todos los días con la llovedera que no cesa, y que a juzgar por las noticias, no es tan diferente a la coyuntura del terruño.
El madrugón estuvo bestial, pero para esa y para muy pocas cosas, se madruga con mucho gusto. El punto de encuentro sería en la estación de buses de Coruña y tomaríamos el bus de las nueve. Las viajeras, Saray, Amalia y su servidora, llegamos muy puntualillas. Como aún no estaba abierto el puesto para comprar el billete, nos sentamos a tomar un café. Diez para las nueve llegamos a comprarlo y para nuestra sorpresa, cuando llegamos al mostrador, cinco minutos antes de las nueve, el bus ya se había marchado.
Con la sensación de impotencia que da “quedarse” de cualquier medio de transporte, nos miramos las fauces sin saber qué hacer. Las opciones eran pocas: viajar con múltiples transbordos en varias ciudades intermedias, volver a casa y pasar el finde en Coruña o, la que escogimos, ir por Fitipaldi, el “coche” de Sari, hasta su casa.
Con nuestro equipaje al hombro, caminamos por las calles de una Coruña que apenas amanecía a su habitual rutina de sábado, y claro, a esas horas en este país asustan. Muy pocas personas sacaban a pasear a sus canes, que tienden a ser muy pequeños, peludos y sin raza determinada en general; otros seres apenas llegaban de la juerga nocturna y otros abrían sus panaderías y tiendillas de barrio para comenzar con la venta del día.
Al ver que el coche parqueado en la calle estaba siendo bloqueado por otro que había aparcado en segunda fila, llegué a pensar que el viaje entero era una locura. Acababa de intentar sacar el dinero y el cajero no me dio más que un escueto “Disculpe las molestias. No nos podemos comunicar con su banco”. Toda la coyuntura, me hizo sentir que una señal divina aparecía para convencernos de abortar el plan portugués.
De manera atinada, pasamos por una gasolinera para tanquear antes del recorrido de cuatro horas que nos esperaba. El bombero, más amable de lo normal, y nada feo él, nos revisó el aceite (al coche), y sorprendido descubrió que era el primer coche en la historia de la automovilística que andaba por arte de birlibirloque sin aceite. Después de un follón para cambiarlo, le pusimos gasolina e intentamos inflar las llantas. El amigo bombero, muerto de la risa, viendo a tres chicas muy majas intentando fungir como mecánicas expertas, no tuvo más remedio que hacerlo también. Los usuarios habituales de la bomba nos miraban extrañados, e inclusive uno se atrevió a acercarse y hacerle el reclamo de por qué a él nunca le hacía todo lo que nos había hecho a nosotras. Fue tan amable que casi nos lo encaramamos para llevarlo de paseo. Intenté darle una propinita, "para lo de la gaseosa, patrón", como se hace en Colombia cuando alguien te ayuda, pero no quiso aceptar nada. Acá es casi una ofensa. En fin, dijo que con que volviéramos pronto a alegrarle el día, tenía más que suficiente. Un encanto.
Sin más, comenzó nuestra odisea turística. Charlas, pensamientos, disquisiciones de Thelma, Louis y Compañía, con la música, el canto y la risa, hicieron que las horas parecieran minutos. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en una vía notoriamente más cómoda para el motorista y con unos paisajes que, aunque parecidos a los gallegos, nos hacían sentir en otra tierra, hasta entonces, desconocida.
Por fin llegamos a la ciudad y gracias a la ayuda tecnológica del Google Map coronamos con facilidad el hotel. Aparcamos, dejamos las cosas en la habitación y salimos en la búsqueda de lo que la ciudad tenía para ofrecernos. Tomamos un bus que demoró casi 30 minutos en pasar, contra los pronósticos de los horarios de la pantalla, mientras el cielo lloraba a mares, Llegamos pasados breves 10 minutos al centro de Oporto que se abría ante nuestros ojos con toda la fuerza de su legado histórico y sus bellas estructuras. Oporto, es sin duda, “muito bonito”.
Fotico aquí, fotico allá. Todo era “muito bonito”. Y aparentemente ésta sería la frase más repetida en todo el fin de semana. Pude recordar el portugués que tenía olvidado tras 10 años de mi viaje al Brasil y comprobé que lo aprendido no se olvida del todo. A tan solo unas pocas horas, hablábamos otro idioma, seguíamos otras costumbres y veíamos otros paisajes.
Encontré mi bebida favorita del viaje que hice a Brasil el siglo pasado: la Antártica Guaraná, y con ella disfruté la caminata por el centro. Papilo y Mamila llamaron como caídos del cielo a decirme que acababan de consignarme en la cuenta mi regalo de cumpleaños. También el de mi hermana Carolina y el de mi Agüis; dinero que he invertido en las mejores acciones: vestir y viajar. Tenía que aprovechar la sacada a pasear para adquirir prendas en la tienda de la competencia, pues, como entenderán muy bien, vestir de las cadenas de la empresa que nos emplea significa encontrarse a media cafetería con prendas muy similares. Y esto, amigos míos, puede ser castigado con cinco años de mal gusto: ¡Ni de coña! Una futura Primera Dama, de lo que sea, no puede permitirse semejantes improperios.
Caminamos para arriba y para abajo. Mis compis (compañeras y compinches) de paseo, embebidas en la Guaraná, me hacían reír hasta llorar con las guarradas y varios que se les ocurrían. De puro milagro, terminamos llegando al puerto, así no más, sin buscarlo, pero haciendo la jugada maestra de colarnos al final de la fila de una excursión de viejillos latinoamericanos que seguían atentos las órdenes de un escueto guía que se comunicaba con un megáfono y haciendo variadas señas con elevación de brazo. Ellos tomarían un barquito. Nosotras continuaríamos con nuestro caminar.
La típica escena que cuando niños veíamos en la televisión ochentera de lo que era Europa en el verano, llena de gente en las terrazas, bebiendo cervezas, comiendo tapas y más colorados que culo quemado de bebé, se abría ante estos castos ojos acostumbrados a ver bebetas de andén, con cuellito de pollo relleno en vez de croquetas, morcilla en vez de tortilla y haba tostada en vez de aceituna de lujo.
Cruzamos uno de los puentes que comunica a Oporto con Vila Nova de Gaia y allí fuimos a parar a una de esas dichosas terrazas de antojo visual, una Babel horizontal, de europeo a la espera del verano que no llega, latinoamericano que aprovecha los precios de la primavera y oriental de cámara fotográfica colgada al cuello que va borracho de tanto oporto. Es la zona de las bodegas, donde se venden las mejores cosechas del producto local, en sus distintas versiones.
Comemos algo, brindamos por haber coronado el viaje y continuamos nuestra travesía, ya al caer de la tarde, con el firme propósito de encontrar una tienda H&M, mientras hacíamos turismo visual. Caminamos por empinadas calles de espacios barriales poco cuidados y nada conservados, pero que aún guardan esa gracia de las construcciones viejas, ante la mirada atenta de los nativos que nos miraban sorprendidos, imagino que por la cara y pinta de turistas. Se respira historia. La calle está llena de anticuarios que ofrecen productos multiatemporales de esos que uno no necesita: vasinillas (ojo, prefiero al campo abierto porque la puntería de esas zonas no es mi fuerte), juego de jarra y platón metálico divinamente pintado a mano para el baño, herbarios, armarios, baúles, marcos dorados para espejos, lámparas con capotas rucias, muñecas de porcelana de infancias ajenas y los consabidos relojes que se quedaron parados a falta de cuerda.
Después de una larga caminata descubrimos que estábamos justo al lado contrario de donde debíamos estar, así que tomamos un bus que nos dejó en la estación más cercana a nuestro destino. Por fin pisamos Santa Catarina, el paseo peatonal del comercio por excelencia de la ciudad. Todas las tiendas, todas las marcas, toda la gente estaba allí. Se iba apagando la luz del poco sol que esporádicamente apareció durante el día y nuestra caminata no cesaba.
Encontramos nuestra tienda objetivo y obtuvimos de ella lo que quisimos y nos fue humana y económicamente posible. La vuelta al hotel se hizo en el metro y a pocas cuadras, tras descubrir el centro comercial que teníamos cerca, paramos para comprar algo de cenar. Los planes macabros de irnos de fiesta habían quedado relegados a un segundo plano, pues el cansancio era bárbaro y los piesitos no daban para más. Compramos y arrastrando los pies llegamos a nuestra bella habitación de hotel, a ver Eurovsión, el show europeo que hace las veces del Festival de Viña del Mar, pero que claramente no cuenta con el mismo prestigio, en el que se presentaba un ser del que muy seguramente escucharán pronto y que causó fuertes debates en el seno de la comunidad española y europea: el Chickiricuate.
Dormimos plácidamente. El regreso a casa lo hicimos por entre las tiendas. Paramos en Braga con el sol de medio día que calentaba a los pocos habitantes de la ciudad con nombre de calzón, mientras algunas terrazas servían de escenario dominical de padres que de lejos observaban jugar a sus niños en plazas y parques cercanos, amigas con el cotilleo de las conquistas de la noche anterior y parejas de viejitos que felices leían la prensa atentos a los detalles de la actualidad local.
Nos tomamos el algo y continuamos rumbo a España. La parada a comer sería en Pontevedra, una ciudad muy pija, muy gomela, que queda justo en la frontera y que, a diferencia de las ciudades fronterizas de nuestra Latinoamérica, sí es muy bonita y agradable.
Calamar, tortilla, filete y ensalada y al coche por dos horas más. Llegamos muertas de cansancio, pero felices de haber concretado nuestro plan que un comienzo pareció frustrado: conocer Oporto, un lugar “muito bonito”.
Adenda 1
Ayer me llamaron de Llorente y Cuenca, una consultora multinacional, para que les colaborara con la organización del Congreso Anual Petrolero. Por tres semanas me pagaban lo que gano en tres meses. Les interesó mi hoja de vida y me hicieron el ofrecimiento. Hoy decliné a la propuesta, porque no tengo el tiempo y además, estoy comprometida con alma, corazón y cuerpo a la noble causa de vestir bellamente al mundo y a erradicar al mal gusto de los armarios del prójimo. Jajaja
Adenda 2
Me harán mucha falta en el transcurso de las celebraciones múltiples motivo conmemoración del nacimiento de esta belleza hace 28 añitos. Ojo, querido público, planeo quedarme en este número, mientras las arrugas o la gravedad no me delaten. Los quiero y los extraño mucho. Cada uno ha formado parte importante de mi crecimiento como persona, y aunque en distintas épocas, por diferentes periodos de tiempo y en circunstancias disímiles, han sido agregados a mi bandeja de contactos de mi alma y mi corazón. Y de ahí, ya nada ni nadie los saca.
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